¿Qué pasó aquel día? Porque existe un aquel día, aquel día que ya no fue más como los demás, aquel día que el constante equilibrio que permitía vivir con tanta seguridad se había roto, aquel día que uno de los dos dijo no más. ¿No más qué? No importa, porque no era una vida de intensa violencia, no había golpes ni humillaciones, por lo menos no como dirían en los tribunales que no debe ser; tampoco era una vida de pobreza, siempre había comida en la mesa y dinero para comer incluso fuera de casa, había dinero para pagar empleados, tres en casa y casi una veintena en el negocio, no fue por dinero. Sin embargo, hubo un día que uno dijo ya no más, ya no más de esto que soy aquí, quiero ser otra cosa, quiero ser lo que sueño ser o quizá quiero ser lo que fui o tal vez quiero ser lo que estaba en mi destino ser, el punto es que de esto ya no más. Y ese día se pudo soportar como ningún otro en veinte años, ese día dijo -aunque ese día no lo cumplió sino muchos días después- es el último día de esta vida y así fue y hasta hoy se sostiene en ello.
Pero ¿qué pasó después? o ¿qué pasó ese día? Concretamente no sé si podría decir exactamente lo que pasó, ya casi duplicamos el tiempo en que pasó, ya se ve tan lejos como la infancia se veía entonces y creo que ya puedo, que ya quiero hablar sin hablar de las consecuencias que trajo para mi ese acto. Creo que hoy puedo hablar de lo que pasó, si es que algo pasó.
Aquel día todos sabíamos que lo inevitable era inevitable porque ya había sucedido, ella había tomado su camino, lejos de él o lejos de ellos o más bien lejos de lo que ella era hasta ese día, más cerca de ella tal vez y sin ellos, nunca más con ellos y quizá por eso dolía tanto saberlo, ya había pasado, no se podía frenar lo que ya en su corazón había terminado con toda liga a su acabado presente y tal vez por eso se le lloró tanto y tanto, unas veces en silencio, otras veces con escándalo; no había remedio, ella se había ido aún antes de aquella tarde que ya no estaba más donde siempre y donde ya nadie estaba más en su lugar.
Los entonces jóvenes no importan más en la historia porque al final recibieron la oportunidad de aprender a dejar atrás, si no lo han hecho es porque quizá falta valor o quizá faltan herramientas, cada uno decidirá por cuánto tiempo más. Pero de aquella pareja sí quedan restos, costales de huesos que aún se pueden leer, que aún pueden hablar desde su incompleto enterramiento y de ellos quiero hablar, porque en ellos he pensado tanto en la soledad de mi habitación mía.
Esa tarde abrí la puerta, había un pequeño ser humano tendido a lo largo de la cama, pequeño, más pequeño que nunca, infernalmente pequeño, boca abajo, hundiendo su invisible rostro en el vacío de una almohada que no se podía llenar con tantas lágrimas que brotaban de sus ojos por primera vez en por lo menos dieciocho años, pero quizá en una vida, en una completa vida. Ahí estaba, él, tendido, derrotado, sumido en un dolor que lo asfixiaba, ella lo había asesinado, no como padre -ese es nuestro trabajo- no como hombre, como ser humano; estaba tendido en su cada vez más inmensa cama, en su cada vez más vacía habitación, tendido gimiendo como si decenas de verdugos le arrancaran la piel con las manos, gritando como si los únicos oídos en todo el universo se hubieran marchado a una distancia inalcanzable, como si Dios mismo se hubiera retirado del lugar dejándolo sólo, sin alma, sin él.
¿Que si se me partió el corazón esa tarde o mejor en ese instante? Sí, se derrumbó todo aquello en lo que había creído siempre, se acabó toda la fuerza y la confianza que alguna vez era mi refugio, me quedé sin casa, me quedé sin familia, me quedé si esperanza y en el mismo acto sin Dios, sin padre y sin madre, pero con la vida por delante y sus huesos, los de ambos, en una bolsa vieja que tendría que enterrar alguna vez -hoy todavía no.
Pero no importa si mi corazón se despedazó ese día, no importa si en ese instante me volví un extranjero en mi propio país y en cualquier otro también, porque apenas eran dieciocho años, faltaban todos los demás, faltaba intentarlo al menos una vez. Lo que importa es lo que pasó con ellos y es la razón de que hoy piense en ellos como hacía tanto que no hacía o como quizá nunca había hecho.
Hoy he pensado en ese día porque ese día fue el día que él se quebró, el día de ella había llegado semanas antes, lo demás había sido tiempo para reunir fuerza y seguir su decisión que se anticipaba un poco, pero él se quebró ese día y lo que le pasó fue distinto, su destino pareció sellarse en el rostro que perdió en el fondo de esa almohada que aún hoy lo refugia lejos de sí y de todo.
Ella decidió o quizá la decisión se tomó en ella y sin ella o más allá de ella y ella no se derrumbó porque al parecer ella tenía un destino que hoy cumple con rigor, con meticulosidad y con un sacrificio que parece extasiar toda su vida. Después de ese día su vida ha sido accidentada, cruel, monstruosa en muchos momentos, tensa en otros, feroz en muchos más y angustiante casi siempre, cansada y sin descanso serían las palabras adecuadas, pero ella no cae, ¿por qué? Porque ese día ella también empacó su vida, a hurtadillas también guardó lo que ella y todos eran en su edificación familiar, eso guardó, quizá en una maleta o en una caja o en una bolsa o en su corazón, nunca he sabido dónde. Empacó y se llevó su vida y por eso no la perdió, porque la tiene, se llena de recuerdos de ella, de los lugares que frecuentaba, de los viajes que hizo, de la ropa que tuvo, de los sitios que conoció, de la casa en que vivió, de los manteles que ensució y lavó, de las ventanas que decoró, de las navidades en las que se enorgulleció, ella tiene el placer de haberlo hecho y no necesita nada más porque ella sabe no mirar atrás. Ella aún tiene un esposo y dos hijos, los lleva puestos, amarrados en el alma, en el brillo perdido de sus ojos, en sus conversaciones, en su religión, en el odio que siente por aquel viejo hombre al que aún ama como siempre, en su casa que compró y decoró como aquella que alguna vez construyó y decoró, en lo que conserva y en lo que atesora ¿ella perdió? No, ella no sabe perder, porque ella sabe seguir el camino sin pensar y aceptando cada piedra, cada río, cada colina aunque ésta sea muy pronunciada, acepta y marcha y marchará hasta el último día porque ella no sabe cansarse porque ese es su destino.
Pero él es diferente, porque el fue tomado desprevenido, ciego, aún no despertaba cuando todo había sucedido, el bombardeo, cuando alcanzó a abrir los ojos ya no tenía casa, ya no tenía muebles ni pasado ni amigos ni dinero ni esposa ni alma, le habían arrebatado todo en un momento. Él estaba seguro de vivir esa eternidad por siempre y en un instante ya no había nada, ni siquiera un pasado para refugiarse porque su orgullo era su eternidad y no su pasado, porque él pensaba que sería así por siempre, porque era ciego ante la desgracia y sordo ante los anuncios, porque él pensaba que sólo tenía que soportarla para tener la misma vida siempre -qué equivocado estaba- creía que la odiaba pero que estaría con ella hasta la etrnidad, porque no se atrevía a dejarla porque no tenía a dónde ir, no tenía otra cosa qué hacer. Él era viejo desde los doce años -reza la historia que él siempre cuenta- ¿qué podía hacer? ¿a dónde ir? Por eso se acostaba durante horas a sujetar el único control que le quedaba, el de la televisión para no ver nada, para no oír nada, para dormir esperando el día de su muerte. Pero la muerte le llegó antes y lo dejó vivo pero sin él, sin la única certeza que tenía, la de su infelicidad y entonces lo perdió todo porque nunca tuvo más que el malestar con el que se movía cada día, lo perdió todo y se perdió en todo y por eso, desde entonces, su vida es un teatro de sí, una escena de la angustia que le ocasiona el haberse perdido para siempre, el haber perdido el único camino que conocía y que parecía ir a un lugar seguro: la muerte. Pero perdió ese camino y ya ni siquera sabe cómo llegar a la muerte, el día que no lo dejamos matarse o que le tuvo miedo a matarse perdió la única salida verdadera que le quedaba, hacer de ese día el final de su camino, tal y como siempre lo había creído; al no morir ese día no tuvo más que perder el camino y perder el alma y por eso el está tan vacío como su casa que se derrumba como huella de ese viejo derrumbe, tan olvidado como su habitación que huele a cementerio (¡ay oídos qué escuchan!), tan lejos de sí como ella de él.
Ella se lo llevó todo, el lo entregó sin pelear, por eso hoy vive con un remedo de ella a un costado y con una barata imitación de una vida que no es capaz de resucitar. Quizá esto es lo que es, quizá esto es lo que yo quiero ver o lo que yo quiero que sea, no sé, pero hoy escribo esto porque pensé en ellos mientras estaba en un tren, pensaba en el miedo y el dolor que me causó estar aquí sólo lejos de todo y de todos, pero principalmente pensaba en alguien más.
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