...tenía una cualidad que cautivaba... era rebelde.
Saturday, September 27, 2014
Wednesday, September 24, 2014
Él y yo
He sido una persona egoísta, he sido una persona muy egoísta y conozco el egoísmo. Éste es no más que la forma más estúpida del miedo, la más estúpida y la más ignorante. Es sólo por ignorancia que se puede ser egoísta, sólo porque no se sabe que se daña a la humanidad entera en la egolatría excesiva de nosotros; es que se ignora que el dispositivo arrogante del amor egoíco es también la forma más clara de servilismo que existe, la forma más atroz de la esclavitud: la voluntaria.
Pero repito, el egoísmo no es más que ignorancia... y olvido. Es olvido de sí mismo, distancia magnánima de uno con uno, abandono. Y yo he sido egoísta y por lo tanto olvidado y abandonado de mí mismo. Tanto que me hice psicoanalista, de los peores, me hice bueno, quizá muy bueno. Pero ¿qué es un psicoanalista bueno? No más que un agricultor que siembra y cosecha subjetividades; excesos de sí, de otredades involuntarias, inconscientes, lingüistéricas, como pueden y suelen llamarse. Lacan más de una vez dijo "me sirvo mientras me sirve" y matematizó a Hegel u objetopetitalizó a Antígona y a Ofelia. Lacan nos enseñó la siembra y la cosecha de subjetividad y la veneración de la misma y la transformó en deseo, en una barra con la que presenta a "uno" de sus sujetos al que troquela posteriormente para ligarlo, para alienarsepararlo de un objeto ficticio pero intocable, el "a" minúscula y todo lo cierra ahí, la infranqueable castración, la irrebasable falta, destino subjetivo involuntario del hombre: ignorancia, olvido, egoísmo.
¡Ah! el psicoanalista, el que no puede comprender nada, le aterra comprender porque si comprendiera quedaría fuera de la doctrina, fuera de Lacan, fuera del pase, de l'ecole. El psicoanalista, el psicoanalista. Llevo varias charlas con uno, con un muy psicoanalista, me encanta porque estamos en le punto en el que no podemos pisar el mismo terreno, cuando hablo de decisión él escucha YO DECIDO, cuando hablo de voluntad él disiente porque entiende control (y seguro escucha al hombre de las ratas freudiano), cuando digo Verdad él entiende saber, consciencia y apropiación. El psicoanalista, el psicoanalista no puede escuchar; irónico, años de entrenamiento y trabajo sobre la escucha y está sordo, en Heidegger escucha religión, sí, religión, no tiene idea de lo divino o lo sagrado, cree en un Dios que es tan único que cualquiera que hable de sacralidad estaría haciendo referencia a ese Dios. ¡Ay! el psicoanalista es muy pobrecito.
Me resulta impactante, no más triste, impactante que a décadas de inicio de una práctica se haya vuelto tan duro mi amigo, el psicoanalista, pero también me duele un poco porque en él había encontrado con quien hablar de todo, en su campo... claro, en el campo psicoanalítico. Pero ya no más, porque cuando escucha "obligación moral" escucha al enemigo más grande de la liberación del deseo y duele su ignorancia, porque cuando se le habla de una obligación moral con la existencia y con los otros, él escucha no liberación o no libertad y tristemente no tiene idea de la libertad. Nunca, jamás mi amigo entenderá qué es ser campo, qué es permitir que "eso", que lo que es salga al encuentro, nunca podrá escuchar la palabra verdad sin miedo y sin decir "¿cuál verdad?". Mi amigo está roto en sí mismo, no es ni será libre jamás porque a él le habla la lengua, los síntomas, el significante; a él no le habla el universo, no le habla el silencio, no le sale al encuentro la existencia, nunca, jamás podrá dar cuenta de nada; porque justo para él no se puede dar cuenta de, y es que eso implicaría consciencia y saber. No hay sendero, ni lo habrá, es un policía de la individualidad y del egoísmo y pensar que hace mucho estuve ahí mismo y hoy me alegra estar en el mundo y ser, por fin, un viajero.
Sea pues, fuera de la caverna habrá experiencia y seremos campo.
Pero repito, el egoísmo no es más que ignorancia... y olvido. Es olvido de sí mismo, distancia magnánima de uno con uno, abandono. Y yo he sido egoísta y por lo tanto olvidado y abandonado de mí mismo. Tanto que me hice psicoanalista, de los peores, me hice bueno, quizá muy bueno. Pero ¿qué es un psicoanalista bueno? No más que un agricultor que siembra y cosecha subjetividades; excesos de sí, de otredades involuntarias, inconscientes, lingüistéricas, como pueden y suelen llamarse. Lacan más de una vez dijo "me sirvo mientras me sirve" y matematizó a Hegel u objetopetitalizó a Antígona y a Ofelia. Lacan nos enseñó la siembra y la cosecha de subjetividad y la veneración de la misma y la transformó en deseo, en una barra con la que presenta a "uno" de sus sujetos al que troquela posteriormente para ligarlo, para alienarsepararlo de un objeto ficticio pero intocable, el "a" minúscula y todo lo cierra ahí, la infranqueable castración, la irrebasable falta, destino subjetivo involuntario del hombre: ignorancia, olvido, egoísmo.
¡Ah! el psicoanalista, el que no puede comprender nada, le aterra comprender porque si comprendiera quedaría fuera de la doctrina, fuera de Lacan, fuera del pase, de l'ecole. El psicoanalista, el psicoanalista. Llevo varias charlas con uno, con un muy psicoanalista, me encanta porque estamos en le punto en el que no podemos pisar el mismo terreno, cuando hablo de decisión él escucha YO DECIDO, cuando hablo de voluntad él disiente porque entiende control (y seguro escucha al hombre de las ratas freudiano), cuando digo Verdad él entiende saber, consciencia y apropiación. El psicoanalista, el psicoanalista no puede escuchar; irónico, años de entrenamiento y trabajo sobre la escucha y está sordo, en Heidegger escucha religión, sí, religión, no tiene idea de lo divino o lo sagrado, cree en un Dios que es tan único que cualquiera que hable de sacralidad estaría haciendo referencia a ese Dios. ¡Ay! el psicoanalista es muy pobrecito.
Me resulta impactante, no más triste, impactante que a décadas de inicio de una práctica se haya vuelto tan duro mi amigo, el psicoanalista, pero también me duele un poco porque en él había encontrado con quien hablar de todo, en su campo... claro, en el campo psicoanalítico. Pero ya no más, porque cuando escucha "obligación moral" escucha al enemigo más grande de la liberación del deseo y duele su ignorancia, porque cuando se le habla de una obligación moral con la existencia y con los otros, él escucha no liberación o no libertad y tristemente no tiene idea de la libertad. Nunca, jamás mi amigo entenderá qué es ser campo, qué es permitir que "eso", que lo que es salga al encuentro, nunca podrá escuchar la palabra verdad sin miedo y sin decir "¿cuál verdad?". Mi amigo está roto en sí mismo, no es ni será libre jamás porque a él le habla la lengua, los síntomas, el significante; a él no le habla el universo, no le habla el silencio, no le sale al encuentro la existencia, nunca, jamás podrá dar cuenta de nada; porque justo para él no se puede dar cuenta de, y es que eso implicaría consciencia y saber. No hay sendero, ni lo habrá, es un policía de la individualidad y del egoísmo y pensar que hace mucho estuve ahí mismo y hoy me alegra estar en el mundo y ser, por fin, un viajero.
Sea pues, fuera de la caverna habrá experiencia y seremos campo.
Wednesday, September 17, 2014
Invasión o recuerdos de un despojo o aquí no hay jornaleros
Un cuadro de colores vivos, bastante mexicano. Un cuadro que hace pensar en Renoir o Van Gogh, los colores, la textura y ese estilo inaugural de un siglo. Un cuadro mexicano con tintes universalistas.
La composición es simple: un hombre de edad madura, vestido con pantalones de mezclilla y una camisa de franela blanca, un sombrero de campesino y sudor en la frente. La imagen es inmóvil, denota un transitar probablemente de horas pausado por el instante de la captura por le pintor. El hombre empuja una carretilla, aparentemente pesada aunque es invisible su carga debido a la inclinación de la misma. El hombre no descansa, toma un respiro para poder continuar. No es la calle en donde está detenido, es un puente vehicular. Un auto color blanco, a penas visible porque su descenso lo oculta casi todo detrás del concreto denota dos cosas, el hombre está en la parte más alta del puente y camina en sentido contrario a los autos. Es la tarde, la luz amarilla y las sombras extendidas hacen saber que es la tarde, que el hombre camina también en dirección al sol que baña su rostro sudado y extiende su sombra por varios metros. Las pocas nubes que se aprecian por el gris del cielo citadino también tienen toques amarillos, naranjas y rosas. Las nubes están distantes, cerca del hombre sólo se aprecia el auto blanco y un edificio; parece un hotel de mediano lujo, no uno de prostitutas, uno turístico, lo que hace pensar que ese hombre camina cerca de la orilla de la ciudad. La posición del retrato muestra también una parte de lo que atraviesa el puente: unas vías y a la distancia un tren blanco, quizá el metro. Es México, es Calzada de Tlalpan. El hombre atraviesa con su carretilla una avenida que divide la ciudad en dos. No hay otra forma de atravesar, no hay rutas para personas que empujan su trabajo en una carretilla. Existen cruces peatonales que permiten atravesar caminando, escaleras, puente, escaleras, pero no hay rutas para un hombre que empuja su sustento en una carretilla. El hombre debe cruzar por un puente vehicular y en sentido contrario. Eso es el cuadro: Un hombre ha empujado una carretilla en la que lleva algo, quizá herramientas, quizá algo que vende -al ocultarlo el pintor deja claro que lo que empuja es su sustento. Empuja por un puente en el que circulan vehículos a no baja velocidad y lo hace en sentido contrario, no sólo porque tiene que cruzar -quizá su casa está al otro lado- sino porque así no queda desprotegido ante una probable colisión. En un puente hay dos puntos en los que se es ciego, en las partes más bajas se ignora la parte más baja del lado contrario, a penas hay instantes antes de encontrarse abruptamente con algo que aparece en el otro sentido. Quizá por eso el hombre camina en sentido contrario, se brinda el instante visual previo a un accidente; quizá no por prevención sino por conciencia, por mirar de frente su destino. El hombre camina en sentido contrario pero se ha detenido, no a descansar sino a tomar un respiro. Tal vez su familia lleva recorriendo esa ruta generaciones: su carretilla, su sustento y un camino que se ha visto cercado por las vías infranqueables del transporte urbano más grande de la ciudad. El camino que era recto y conocido se ha visto transformado y adaptado para vehículos y quizá peatones de las cercanías, no para una carretilla que carga algo pesado, la vida de un hombre o quizá de una familia. El camino es para automóviles y el hombre debe caminarlo cada día, empujando su carretilla y en sentido contrario para ver el auto que quizá haga de ese el último andar. No es un jornalero, es un hombre que se sustenta por aquello que lleva en su carretilla, que lleva lo incierto de la venta o del trabajo de cada día. Quizá ese día no ha ganado un peso, quizá lleva más que otros días. Tal vez esa tarde coman carne en casa, tal vez frijoles. Eso no es lo que importa. El camino es largo porque la inclinación que requiere un puente para que los autos no se caigan de él debe ser mucha. La subida para un hombre es larga. La bajada también. El hombre se ha detenido a tomar un respiro y en ese instante proyecta todo el cuadro, la composición que no es más que una metáfora de un despojo. Pobre sería pensar que es el despojo de las tierras, es el despojo de la posibilidad. Lo que era posible se esfuma al aparecer las grandes potencias capitalistas. No es sólo el camino lo que ha sido secuestrado, es también la forma de vida y sus posibilidades, es la dignidad. El hombre toma un respiro que no sabe si será el último, que no tiene lugar, que se toma como un respiro de extranjero y no como el respiro que toma el trabajador camino a casa. Él tiene que caminar por un camino que no le pertenece, que no ha andado más que por obligación y que no está hecho para él sino para el auto blanco que se pierde entre la luz del sol y el asfalto del puente, que ignora el andar ajeno del hombre que caminó milenariamente ese terreno que ya no es más terreno sino artificio. El hombre toma un respiro y el sol que no reconoce tiempos ni historias ilumina su cara. Y su sudor. No el sudor del hombre que trabaja la tierra y se alimenta de ella, el sudor de la indignidad, el sudor del forzamiento a andar caminos que no son de tierra sino de concreto, que calientan más que aquellos donde solía haber árboles. El hombre toma un respiro porque ha subido decenas de metros empujando su carretilla y su contenido por un camino que está hecho para el auto blanco que baja ignorando la historia de la tierra. Toma un respiro porque debe bajar el puente y caminar a casa llevando esta invasión a cuestas. El pintor no dice nada de la vida de ese hombre, ni del antes ni del después. Sólo ese instante donde captura un respiro que no hace sino subrayar el título: Invasión, el concreto que ha invadido la tierra; recuerdos de un despojo, el hombre que recuerda que existió un pueblo que amó la tierra y que habitó en ella; aquí no hay jornaleros, el hombre que no trabaja para otro, que no recibe un salario, que camina su vida cada día para vender lo que vende o para hacer el trabajo que sabe hacer por unos pesos. Indignación debiera llamarse porque eso provoca, pero el hombre no está indignado, suda, mira hacia el frente y camina casi estoicamente rumbo al sol que se pone frente a su rostro. El hombre no se queja, sube el puente y lo baja, diariamente. No está indignado, está orgulloso porque es un hombre que camina y toma un respiro porque inicia el descenso que, si no lo atropella un auto, será un descenso más de un día más en el que se detiene a tomar un respiro con el hotel atrás y el metro abajo. Es un despojo pero el hombre, su andar y su respiro no son más que un recuerdo y esta tarde, cuando miré ese cuadro mi garganta se apretó como nunca.
La composición es simple: un hombre de edad madura, vestido con pantalones de mezclilla y una camisa de franela blanca, un sombrero de campesino y sudor en la frente. La imagen es inmóvil, denota un transitar probablemente de horas pausado por el instante de la captura por le pintor. El hombre empuja una carretilla, aparentemente pesada aunque es invisible su carga debido a la inclinación de la misma. El hombre no descansa, toma un respiro para poder continuar. No es la calle en donde está detenido, es un puente vehicular. Un auto color blanco, a penas visible porque su descenso lo oculta casi todo detrás del concreto denota dos cosas, el hombre está en la parte más alta del puente y camina en sentido contrario a los autos. Es la tarde, la luz amarilla y las sombras extendidas hacen saber que es la tarde, que el hombre camina también en dirección al sol que baña su rostro sudado y extiende su sombra por varios metros. Las pocas nubes que se aprecian por el gris del cielo citadino también tienen toques amarillos, naranjas y rosas. Las nubes están distantes, cerca del hombre sólo se aprecia el auto blanco y un edificio; parece un hotel de mediano lujo, no uno de prostitutas, uno turístico, lo que hace pensar que ese hombre camina cerca de la orilla de la ciudad. La posición del retrato muestra también una parte de lo que atraviesa el puente: unas vías y a la distancia un tren blanco, quizá el metro. Es México, es Calzada de Tlalpan. El hombre atraviesa con su carretilla una avenida que divide la ciudad en dos. No hay otra forma de atravesar, no hay rutas para personas que empujan su trabajo en una carretilla. Existen cruces peatonales que permiten atravesar caminando, escaleras, puente, escaleras, pero no hay rutas para un hombre que empuja su sustento en una carretilla. El hombre debe cruzar por un puente vehicular y en sentido contrario. Eso es el cuadro: Un hombre ha empujado una carretilla en la que lleva algo, quizá herramientas, quizá algo que vende -al ocultarlo el pintor deja claro que lo que empuja es su sustento. Empuja por un puente en el que circulan vehículos a no baja velocidad y lo hace en sentido contrario, no sólo porque tiene que cruzar -quizá su casa está al otro lado- sino porque así no queda desprotegido ante una probable colisión. En un puente hay dos puntos en los que se es ciego, en las partes más bajas se ignora la parte más baja del lado contrario, a penas hay instantes antes de encontrarse abruptamente con algo que aparece en el otro sentido. Quizá por eso el hombre camina en sentido contrario, se brinda el instante visual previo a un accidente; quizá no por prevención sino por conciencia, por mirar de frente su destino. El hombre camina en sentido contrario pero se ha detenido, no a descansar sino a tomar un respiro. Tal vez su familia lleva recorriendo esa ruta generaciones: su carretilla, su sustento y un camino que se ha visto cercado por las vías infranqueables del transporte urbano más grande de la ciudad. El camino que era recto y conocido se ha visto transformado y adaptado para vehículos y quizá peatones de las cercanías, no para una carretilla que carga algo pesado, la vida de un hombre o quizá de una familia. El camino es para automóviles y el hombre debe caminarlo cada día, empujando su carretilla y en sentido contrario para ver el auto que quizá haga de ese el último andar. No es un jornalero, es un hombre que se sustenta por aquello que lleva en su carretilla, que lleva lo incierto de la venta o del trabajo de cada día. Quizá ese día no ha ganado un peso, quizá lleva más que otros días. Tal vez esa tarde coman carne en casa, tal vez frijoles. Eso no es lo que importa. El camino es largo porque la inclinación que requiere un puente para que los autos no se caigan de él debe ser mucha. La subida para un hombre es larga. La bajada también. El hombre se ha detenido a tomar un respiro y en ese instante proyecta todo el cuadro, la composición que no es más que una metáfora de un despojo. Pobre sería pensar que es el despojo de las tierras, es el despojo de la posibilidad. Lo que era posible se esfuma al aparecer las grandes potencias capitalistas. No es sólo el camino lo que ha sido secuestrado, es también la forma de vida y sus posibilidades, es la dignidad. El hombre toma un respiro que no sabe si será el último, que no tiene lugar, que se toma como un respiro de extranjero y no como el respiro que toma el trabajador camino a casa. Él tiene que caminar por un camino que no le pertenece, que no ha andado más que por obligación y que no está hecho para él sino para el auto blanco que se pierde entre la luz del sol y el asfalto del puente, que ignora el andar ajeno del hombre que caminó milenariamente ese terreno que ya no es más terreno sino artificio. El hombre toma un respiro y el sol que no reconoce tiempos ni historias ilumina su cara. Y su sudor. No el sudor del hombre que trabaja la tierra y se alimenta de ella, el sudor de la indignidad, el sudor del forzamiento a andar caminos que no son de tierra sino de concreto, que calientan más que aquellos donde solía haber árboles. El hombre toma un respiro porque ha subido decenas de metros empujando su carretilla y su contenido por un camino que está hecho para el auto blanco que baja ignorando la historia de la tierra. Toma un respiro porque debe bajar el puente y caminar a casa llevando esta invasión a cuestas. El pintor no dice nada de la vida de ese hombre, ni del antes ni del después. Sólo ese instante donde captura un respiro que no hace sino subrayar el título: Invasión, el concreto que ha invadido la tierra; recuerdos de un despojo, el hombre que recuerda que existió un pueblo que amó la tierra y que habitó en ella; aquí no hay jornaleros, el hombre que no trabaja para otro, que no recibe un salario, que camina su vida cada día para vender lo que vende o para hacer el trabajo que sabe hacer por unos pesos. Indignación debiera llamarse porque eso provoca, pero el hombre no está indignado, suda, mira hacia el frente y camina casi estoicamente rumbo al sol que se pone frente a su rostro. El hombre no se queja, sube el puente y lo baja, diariamente. No está indignado, está orgulloso porque es un hombre que camina y toma un respiro porque inicia el descenso que, si no lo atropella un auto, será un descenso más de un día más en el que se detiene a tomar un respiro con el hotel atrás y el metro abajo. Es un despojo pero el hombre, su andar y su respiro no son más que un recuerdo y esta tarde, cuando miré ese cuadro mi garganta se apretó como nunca.
Sunday, September 07, 2014
Adiós o de verdad ¡GRACIAS TOTALES!
¿Qué te escribo? Ya son varios días de la noticia y la dignidad de tu existencia me había impedido escribir: mereces mucho más tiempo. ¿Qué te escribo? ¿Que me dueles? ¿Que te admiro? ¿Que me salvaste? ¿Que me criaste? ¿Que te escribo Gustavo Adrián? ¿Que dejaste el mundo vacío, muy vacío? ¿Que desde que te fuiste no encuentro notas en la tierra? ¿Que en verdad te esperaba de vuelta? ¿Que sabe a tristeza la tarde? ¿Que te escribo Gustavo, qué te escribo Cerati?
Te fuiste y otra vez mi blog sirve para hablar de un muerto, tú, el primero, el inicio, tú que me enseñaste a escuchar, que hiciste del sonido un lugar, un sitio: Tú.
1989, yo no sabía nada, el muro de Berlín era una noticia de la que hablaban los grandes (no los de mi familia, esos no hablaban de mucho); escuchaba a ese grupo español de simples notas y facilidad auditiva, no digo su nombre, aquí sólo tú y Soda caben. Manuel Antonio era el niño grande al que me acercaba para aprender, ya no estaba Carlos; Ivette Moreira me gustaba, era su novia, yo tenía doce años y a ellos les gustaba tu grupo. Había otros niños, era 1989 y aún los niños nos juntábamos porque nuestros papás se juntaban y jugaban cartas; yo sabía tocar el órgano aquel de pedales y Manuel la guitarra, queríamos un grupo, así te conocí, él dijo que había que escucharte y yo compré un caset en los piratas de corregidora en el Centro. No sé cuál fue la primera canción que escuché pero la intro de signos me hizo algo. Yo no sabía nada, sufre mamón era todo lo que era la música para mí y años de José José o Lucha Villa, pero signos me hizo algo.
Para mí, hasta ese día, la música era lineal, recta, tenía un principio y un fin y decía algo, siempre decía algo, casi siempre un relato de algo, como sentimientos o agonías, sí agonías parecía todo. Yo no tenía Beatles, mi padre oía a Alberto Vázquez, mucho menos a Pink Floyd, mi madre tenía discos de Daniela Romo; no había referentes, la música era un relato lineal agónico que siempre decía algo malo, intenso y desgraciado. Pero yo sabía tocar el órgano porque vi a un tipo tocar la canción de la Guerra de las Galaxias en una Sala Chopin en Perisur, así que quería tener un grupo y Manuel Antonio me dijo que te escuchara y me compré un caset pirata y encontré la intro de signos.
Podía ser cualquier cosa pero no había una línea ni una desgracia, Signos era una esfera, una caverna, era algo distinto. Quizá no pueda hablar con claridad de la experiencia, menos porque entonces yo no entendía nada, pero esa intro hacía un lugar, había un lugar en signos, se podía caminar dentro de la canción y voltear y mirar esas figuras sin definir, se existía dentro de la canción de una manera que era irrepetible en otras circunstancias. Signos no tenía falsedad ni comercialidad, por primera vez había visto la creación artística y, hasta hoy que has muerto, lo sé.
Después lo demás, Persiana Americana, La cúpula; después Pic nic en el cuarto B, Vitaminas y la ciudad de la furia; tuve que esperar cuatro años más para tener mi grupo y algunos meses para tocar alguna canción de ustedes. El Dynamo apareció en un intercambio de navidad en la preparatoria y Primavera 0 se acomodó entre mis canciones favoritas de la vida; después los gemelos entre bocinas y Zoom y tú diciendo que en México no se hacía música. Muchos años pasaron y cada uno de ellos se marcó por canciones tuyas, como un familiar estabas ahí, siempre, presente, cercano, constante.
Meditándolo, nunca me alejé de Soda, siempre estaban tus cabellos rizados y ese sombrero negro en mi mente, en mis referencias; te habías hecho todo tú un lugar y nos dejabas habitarte y nosotros lo hacíamos, America Latina lo hacía. Todavía hoy eres un referente, te fuiste como un referente, un continente te llora, te sigue llorando y no se le nota fin a su llanto por tu partida. ¿Sabes? Tú eres nosotros, los latinos, todos, porque todos te conocemos y te hemos cantado, porque todos sabemos gritar el ventilador desgarrandote; somos tus habitantes Gustavo y en ti conocemos la eternidad. Dueles.
Hay tanto, amigo. Cuando te fuiste, ¿sabías que el disco más lleno de amor en el mundo lo hiciste tú? ¿Lo escuchabas? Aún se me eriza la piel con suele ser duro aprender a respirar, aún siento el reprise de A merced como la cumbre del sueño amoroso de un hombre hacía su hija: Amor amarillo, amor, amar y yo, sigue siendo habitable y sigue siendo el más grande y sigue siendo tú.
Mi hermano amaba ese disco, se sabía cada guitarra, cada arpegio, cada voz, para él no eras solo sitio y experiencia, para él eras maestro; no imaginas cuanto su estilo en la guitarra suena a ti, de hecho tuvo una guitarra como la tuya y quería tu pedalera. ¡Ay! cuanto te escuchamos juntos, tu unplugged lo vimos el día que salió y babeamos con la ciudad de la furia y reconocimos el toque de High Hopes al final de tu requinto y admiramos que no hiciste la payasada de tocar lo mismo con guitarras acústicas sino que decidiste hacer música para volar y tardamos años en poder usar el CD interactivo porque no teníamos una computadora capaz. ¡Qué grande nos fuiste Gustavo!
Después Puente, Raíz, Los primeros tres minutos, luego crimen y en todo eso la pausa de Soda y el último concierto y tu famosa frase, Gracias totales. Luego el retorno y fui a cada uno de los conciertos y te vi y te escuché y eras el jovencito de finales de los ochenta corriendo en el escenario y haciendo magia con la guitarra, cerca de Zeta y Charly, cuánto tocaste en el último concierto, tres horas habrán sido, alguien te aventó un cojín y te enojaste. Ese día lloré porque la foto final de ustedes tres me devolvió a mis doce años, cuando Manuel Antonio me dijo que te escuchara y compré ese caset pirata en el que venía signos y la llave del arte como experiencia y como hogar.
Hay tanto en lo que has estado que no sé si algún día podría terminar de escribir este texto. Serenatas, alegrías, tristezas, fraternidad, amistad, aventuras, diversión, todo ha encontrado una marca en ti y no hay palabras para agradecértelo. Ya te fuiste, muy pronto para mi gusto, nos hacías mucha falta en nuestra sangrante latinoamérica. Ya te fuiste y nos dejaste, solos en tu casa, donde serás siempre campo y desde ahora ausencia. Te fuiste y nosotros nos quedamos. Lamentablemente no soy creyente, así que no pienso que le cantas a ningún dios ni que ya te veré en el paraíso, te fuiste y se acabó, no más Cerati, nunca un nuevo disco, nunca otro concierto, te fuiste y dejaste al mundo sin ti pero con tu nombre, tu estilo y tu grandeza tatuados en ese rincón del planeta que se llama América latina.
Te vamos a extrañar Gustavo Adrían, Gracias, gracias, gracias totales por haberme dado esta oportunidad y esta posibilidad; que mi vida, cuando pueda, sirva para honrar la tuya y para admirarla cada día y que tu grandeza no se acabe jamás
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