Wednesday, September 30, 2009

Tuesday, September 15, 2009

Thursday, September 10, 2009

El 19 de agosto del 2005 escribí esto, hoy me acordé...

Hace ya tanto tiempo...

...tenía en mi casa un tapete y una sala y una mesa tubular con crista encima; también tenía un libreo muy grande con muchos libros que nunca había leido y que estaban limpios y acomodados. Tenía una televisión muy grande en el librero en la que estaba conectada mi videocasetera y tenía un supernintendo en el que jugaba futbol todos los días.

A parte de todo eso tenía un hermano que se sentaba conmigo en un sillón de nuestra gran sala y a veces se acostaba conmigo en nuestro tapete y teníamos refresco frío y tardes calurosas. Tomábamos los controles de nuestro supernintendo y encendíamos la gran televisión para despues jugar futbol hasta cansarnos... la pasábamos muy, muy bien.

Hoy hace ya tanto tiempo, no tengo ya un tapete ni una sala ni una gran televisión, ya no tengo un supernintendo ni tardes calurosas ni refresco frío. Y hoy no tengo un hermano que se siente conmigo en el sillón de nuestra sala grande que ya no está ni que se acueste conmigo en el suelo y encienda nuestra gran televisión y el supernintendo para jugar futbol toda la tarde, hasta cansarnos y pasarnos un buen día.

Sin embargo, hoy es su cumpleaños y lo extraño y justo ahora una serie de pelmazos están arreglando el patio para la fiesta de mi hermano a la que no fui invitado... a veces lo extraño mucho.

No importa, lamento que el tiempo haya pasado, que ya no haya una gran sala en mi casa ni refresco ni televisión ni supernintendo ni tapete, pero más lamento que ya no esté mi hermano como cuando eramos un par de niños que se divertían por el simple hecho de estar juntos. Y lamento que la vida sea así, lamento saber que ese tiempo ya nunca volverá a ser y que nunca más me acostaré en el tapete a jugar futbol con mi hermano y, sin emabrgo, como quisiera una oportunidad de volver a hacerlo...

Felicidades AAA, pásate muchos años más en esta tierra recordándome cuando eramos niños. Te quiero mucho.
1995/O1 Hale-Bopp‏

Monday, September 07, 2009

Friday, September 04, 2009

A veces me gusta pensar...

Que aquella es una historia de amor. Que él llevaba años amándola como a nadie, más que a sí mismo y a su propia vida. Me gusta pensar que fue un acto de amor el de aquella madrugada. Que ella sabía desde hacía mucho que él no podía, no quería vivir sin ella. A veces pienso que ella llevaba abusando de este amor el mismo tiempo que él llevaba resignando su vida por la de ella; que ella había torturado a su incompleto amante durante días, durante meses, durante los años que él había permitido cada atropello. Me gusta creer que ella había torturado a su ahora viejo amante, que le había amenazado con el abandono y el olvido, que, incluso, le había mostrado cómo podía amar a cualquier hombre que no fuera él. Me gusta pensar que ella le hizo saber una y otra vez una serie de secretos de cama que había gozado al lado de un sinnúmero de historias pasajeras, pero verdaderamente intensas. Quiero creer que ella le permitió tomar su cuerpo y le mostró desagrado cada vez, repulsión en cada oportunidad e indiferencia ante cada suspiro en que él se vaciaba de sí para llenar la imposibilidad de ella.

A veces me gusta pensar que fueron años en los que él vivió en el infierno y ella en un reino de un solo súbdito o esclavo. A veces cierro los ojos y lo veo llorando, desgarrándose el alma ante la sonrisa plácida de ella, ante la mirada de indiferencia de su todo, de su vida. Algunas veces incluso lo veo esperándola afuera de un bar o una fiesta, esperándola por horas cuando ella le llamó para pedirle que la recogiera; y la veo saliendo -cuando llegaba a salir- ebria, cayéndose, medio desnuda y oliendo a cualquier cantidad de hombres y alcohol; y lo veo cuidándola, esperando, en cada vez, que ésta sea la última, que ella abra los ojos y lo ame. Pero ella ha abierto los ojos hace años: él la ama y ella no necesita amarlo para ello, ella lo tiene y a ella él no le falta. Y cuando pienso en esto me lleno de razones para pensar en el final de la historia como un acto de amor y no como un accidente.

Porque a veces me gusta pensar que esa noche no era una noche en particular, ella no lo había insultado ni herido, ella no se había negado, como otras veces, a besarlo; no había hablado de algún amorío o de cómo le gustaba que tal o cual la tratara en la cama. Me gusta pensar que ese día no era un día tortuoso en particular; es más, quiero creer que ni siquiera él lo planeo, prefiero pensar que esa noche ella no tenía nada mejor que hacer que ir con él (no había otro mejor y él cuidaría de ella) a una fiesta, fiesta que no era trascendental, no era impactante ni excepcional. Me gusta pensar que esa noche platicaron de cualquier cosa durante horas y bebieron poco; pienso que él condujo como siempre durante varios minutos mientras veía las piernas que no podría jamás poseer, los pechos que habían sido de tantos tantas veces y tan poco suyos; veía los labios que nunca habían aceptado un beso suyo con todo el olvido de sí que implicaba cada esfuerzo por entrar en el espíritu seco de una mujer como ella. Miraba el verde de unos ojos a medio cerrar y la madurez comenzando a invadir ese hermoso rostro que él amaba desde la eternidad y para siempre. Y ese día, precisamente ese día, vio en la languidez de su amiga-enemiga amada la imposibilidad de un amor que siempre había sido una interminable promesa... y aceleró.

Y aceleró más. Ella estaba dormida o medio dormida, suficientemente ausente -como siempre- para no saber. Y me gusta pensar que él no planeaba lo que pasó, que él sólo escapaba, que aceleraba para poner distancia entre la asfixiante presencia de la belleza y su insatisfactible carencia. Me gusta pensar que él no buscó el trailer, que este estaba ahí y que podía no haber estado. Me gusta creer que ni siquiera quería que éste fuera el final de la historia, que él no sabía si quería matarla o morir él o que nada pasara, que ella lo odiara, quizá; que el coche no derrapara, que fuera de otro color, que no fuera él quien condujera.

Me gusta pensar que, conciente o inconscientemente él se encontró con la oportunidad y que, conciente o inconscientemente, la oportunidad fue tomada por él y quizá por ella hacía ya un par de décadas.

El resto de la historia ya no me gusta pensarla, esa la conozco: ninguno murió, ella sacó la peor parte, no volvió a ser la misma, perdió el resto de su juventud en un instante y él, miserable como siempre, ahora le debe y le deberá; pero él cobró esa noche y ni él, ni ella, ni nadie lo sabrá jamás.

Pero me gusta pensar que no fue una venganza, que él, ese día no lo sabía; que un segundo antes él no lo sabía. Me gusta pensar que él no quería dañarla, que él la amaba y destruirla o destruirse con ella no era más que una posibilidad más en el amor que ni él ni ella habían podido entregar a nadie más.