Thursday, February 25, 2010

Diario de campo 21 - En respuesta

... es más bien que en México soy alguien. En los últimos años he sido demasiado alguien como para poder librarme de mi. Es por eso que vine a París, poco tiempo porque soy un cobarde que no se atrevió a dejar todo atrás por un buen tiempo, pero suficientemente necesitado de dejarme atrás como para tomar un pequeño riesgo: acá no soy absolutamente nadie. Casi nadie me conoce y en donde vivo piensan que llevo algunos días por aquí; soy malísimo en el idioma así que ni siquiera puedo ser un conversador como lo soy en México. Aquí no soy ni psicoanalista (creo que en mi país tampoco, pero de eso trabajo), ni profesor, ni conocido, aquí soy nadie. Pero esto es lo que me gusta, estar en un lugar sin mi, sin pasado, sin futuro, cortado del tiempo, de la línea que me marca, que me sigue y que me lleva; acá no tengo horarios ni obligaciones, salvo hacer los pagos correspondientes del alquiler, el transporte y la comida, pero ese dinero es seguro. Sin embargo, acá soy nadie o quizá el mexicano o el de la habitación 207, jogue como me dicen los franceses, pero nadie más. No soy quien escucha a nadie, quien tiene una cita puntual a las nueve y otra a las cinco y los miércoles toda la tarde; no soy el que está cada sábado en un seminario para el que a veces me da pereza prepararme; no soy el dueño de donde vivo, es más, ni siquiera el que tiende mi cama. No soy más que un poco de viento que pasa invisible ante los ojos de un millar de personas que están tan acostumbradas a los extranjeros que ni mi color ni mi cabello ni nada en mi figura les llama la atención. Me visto como ellos -quizá- me hago invisible, pago mi transporte, bebo poco, aparezco rara vez en la cocina cuando hay mucha gente, me cayo, no opino: la revolución me espera en mi país, aquí no, aquí soy indiferencia para todos, un hombre sin lazo que goza de la extrañeza de todo y de todos, para quien cada suceso es nuevo, feliz, único, maravilloso, excelso. Nadie por unos meses. Sin mi, principalmente sin mi. Por eso vine aquí y por eso no quiero, me niego a hacer práctica clínica en París, no vine a trabajar, no vine a hacerme soporte de otra vida, vine escapando de eso. Vine, vine a callarme, a aprender a guardar silencio, a escuchar, a observar, a aprender. Vine como alumno y no quiero más responsabilidad que la de callar, experiencia que para alguien como yo es demasiado, es un esfuerzo, porque como lo dijo mi hermano algún día "cuando abras la boca ya nadie te podrá callar", pero hoy quiero ser silencio, que sus palabras se hablen en mi y no las mías ahí, que mi voz sea una promesa y no un muro, que mi fuerza aquí no exista, que mi audacia se mantenga en la penumbra. Que hablen, que me hablen, que se hable, que ya tendré una vida para decir, pero poco tiempo -cada vez más poco tiempo- para callar. Que París sea mi escuela y mi silencio mi cuaderno, que mi alma se transforme en sus decires y que regrese nueva a mi país para que un día pueda volver y decir "yo he sido tocado por francia y éste es el resultado". Pero hoy: silencio.

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