Hola E, bien todo, me alegra tu correo. No sé si soy el viajante adecuado para estos países, no sé si soy el mejor visitador de museos o el que más aprecia la arquitectura y la escultura de un país como Francia. Sé que soy raro -rebelde, alguna vez pensé- sé que estoy no sé dónde y no sé cómo. Sobrevivir dejó de ser una palabra útil aquí, es cierto que como poco y que cuando como bien es delicioso; que los quesos saben gloriosos y que el pan está hecho en los hornos de Dios. Es cierto, también, que la ciudad es hermosa por dondequiera que camines, que el cielo es bello de día y rojo de noche. Y es verdad: los franceses huelen mal y el metro huele muy mal SIEMPRE. No sé si planchan la ropa interior, pero seguro que no, la ropa debe ser tecnológicamente perfecta como para no necesitar plancharla.
Yo a veces extraño México, pero a veces siento que no soy de allá, lo que no quiere decir que soy de acá, pero creo que más bien no soy de ningún lugar. Cuatro meses han sido una vacilada de tiempo, a penas para volverme valiente y aprender a decir bonjour. Yo también sueño, más aquí que nunca y tengo tiempo para estar con mis sueños un rato al despertar; sueño con lugares grandes, muy grandes, enormes; sueño en francés frecuentemente y sueño en París, en el metro o en sus calles. Una vez soñé que estaba en México y estuve triste una semana. Sueño sin tiempo, por primera vez sin pasado ni futuro, supongo que sueño con la inmensidad del presente y me pregunto si es posible vivir así. Creo que nosotros estamos enfermos de historia porque no sabemos escuchar la historia, creo que eso es algo de lo es posible librarse... aún no sé cómo.
Tengo amigos y la bendición de Dios: mujeres hermosas en cada rincón. Salgo todos los días, bares, conciertos, cine, bares, bares, tavernas y bares. La cerveza acá es muy buena aunque el vino ha sido sorprendente. Francia es cruel pero la gente lo hace más fácil. Conozco personas de muchos países y he aprendido que no hay carga cultural en nadie, ni códigos, es falso, la gente se atrae o se repele por otras cosas, somos más autómatas de lo que creemos. Vivo.
Me divierto mucho, sufro menos, quizá y a veces más, siempre se extraña la casa propia y la gente propia, pero debo reconocerlo, los vicios para alguien como yo están siempre en casa, aquí no soy yo. Aquí no soy nadie, ni popular ni profesor ni nada, acá soy nada, sin nombre, sin casa, sin idioma, sin nación, sin nada y lo gozo, ya volveré para ser yo y para trabajar con más dignidad de lo que he hecho hasta ahora, se lo debo a mi práctica.
Corre cuando quieras, París y el resto del mundo te esperan. Tómate tu tiempo pero no la vida para brincar a otro lugar o a muchos lugares. Hay un universo gigante saliendo de la puerta de casa y mientras más lejos es más grande y más nuevo y más limpio. Tómate tu tiempo pero ten los ojos bien puestos en una meta que es my fácil de conseguir: volar.
Saturday, March 27, 2010
Diario de campo 38 - último juego
...último mes en la casa suiza, últimas semanas de compañeros alemanes, suizos, suecos y demás. Perdimos -otra vez- me lesioné o volví a afectar lo afectado. Jugué los noventa, quiero decir los cuarenta minutos, ya ni sé cuántos goles nos metieron. Hoy anotamos. Jugué al frente un rato, limpié el área un par de veces aunque no concreté nada. Hice un tiro de distancia chorreado que acabó por hacerme polvo la pierna. Andrea metió un autogol y se sintió muy mal el resto del partido, le tenía miedo a la bola. Cristina enojada y guerrillera como siempre. Elin metió nuestro único tanto y cuando jugué con ella al frente nos entendimos bien. Danja tiró un par desvíadas. Lukas no jugó. Paloma y Aurelia (nuevas en el equipo) hicieron bulto y Paloma un par de recortes. Aurelia defendió con garra. La vikinga no jugó, se fue a Alemania dejando un mail de Allez la Suisse que ya está en el recuerdo. Perdimos porque no teníamos nada para ganar. Me divertí, mucho, más cuando jugué al frente. Me comí el primer gol... lo lamento.
Hoy termina una de las oportunidades más agradables que he tenido en París, ahora ya conozco a más personas y puedo platicar un poco más en francés. Contento y triste porque ya no habrá mañanas de sábado para jugar al fut en París, con los suizos, suecos, alemanes y lo que sea que juegue en el equipo, contento por que lo hice, triste porque se acabó como se acaba mi agonizante viaje a Europa. Triste porque estoy enamorado, muy enamorado de una forma de vivir, de un rato de mi que no había tenido en años. Triste porque se acerca el momento de despertar. Y feliz por haber probado este nuevo sabor.
Allez la Suisse, un peu plus... un peu plus.
Hoy termina una de las oportunidades más agradables que he tenido en París, ahora ya conozco a más personas y puedo platicar un poco más en francés. Contento y triste porque ya no habrá mañanas de sábado para jugar al fut en París, con los suizos, suecos, alemanes y lo que sea que juegue en el equipo, contento por que lo hice, triste porque se acabó como se acaba mi agonizante viaje a Europa. Triste porque estoy enamorado, muy enamorado de una forma de vivir, de un rato de mi que no había tenido en años. Triste porque se acerca el momento de despertar. Y feliz por haber probado este nuevo sabor.
Allez la Suisse, un peu plus... un peu plus.
Thursday, March 25, 2010
Diario de campo 37 - China
Lacan dice: Il n'y a pas rapport sexuel (espero) y los chinos dicen uqe ellos no tienen palabra para eso y luego dicen que en francés hay relation y rapport, por lo tanto creo que yo no entiendo nada.
Monday, March 22, 2010
Diario de campo 36 - Líbano
RER B, cumpleaños de Marcelo, comedor en Port-Royale, cita con Iván, todo a las once de la mañana en un lunes casi cualquiera. En la entrada a la estación de tren Christina con su permanente sonrisa, Marcelo ni se percató. Charlamos, hablamos de mi lesión y del partido del próximo sábado, quizá se cancele. Marcelo se encontró con una chica y se separó del grupo a hablar con ella; no recuerdo su nombre. Llegó el tren y lo abordamos, los cuatro juntos: argentino, griega, libanesa y mexicano, francés de por medio y cuatro asientos cercanos.
Marcelo dice el nombre de los tres y todos decimos encantado; Marcelo hace mención de nuestras nacionalidades y la conversación gira en torno a nuestras casas. Una estación antes de bajar pregunto a la chica: je voudrais savoir... mon nom est Atala... je sais que c'est (libanés debo haber dicho). La respuesta fue lo que esperaba oír hace años: sí es un apellido muy común. Acto seguido la bomba.
Atala viene de Alá y de At, donne a Dieu -dice, algo así como un regalo para Dios. Me cagué, es demasiado, es mucho, jamás pensé y hoy no sé qué pensar, no me gusta pensar, pero ese estúpido apellido me ha dado diez años de trabajo y ahora me enloquece otra vez.
Marcelo dice el nombre de los tres y todos decimos encantado; Marcelo hace mención de nuestras nacionalidades y la conversación gira en torno a nuestras casas. Una estación antes de bajar pregunto a la chica: je voudrais savoir... mon nom est Atala... je sais que c'est (libanés debo haber dicho). La respuesta fue lo que esperaba oír hace años: sí es un apellido muy común. Acto seguido la bomba.
Atala viene de Alá y de At, donne a Dieu -dice, algo así como un regalo para Dios. Me cagué, es demasiado, es mucho, jamás pensé y hoy no sé qué pensar, no me gusta pensar, pero ese estúpido apellido me ha dado diez años de trabajo y ahora me enloquece otra vez.
Situación: sobre Marguerite Duras
Me alegra que esta vez sí hayan reaccionado un par de personas como Dios manda, ya me dijeron cretino y guey o algo así de que mi teatro con ella, en fin, no todos están dispuestos a aceptar que el amor acaba.
Y por cierto, no deja de maravillarme un estilo único de hacer de la nada una sensación plena.
Y por cierto, no deja de maravillarme un estilo único de hacer de la nada una sensación plena.
Sunday, March 21, 2010
¡Bah!
Si todos, todos, todos me dijeran "no apuestes" no apostaría. Pero si uno, solo uno me dice hazlo, no puedo dejar de jugar todo en esa tirada. Así las cosas.
Diario de campo 35 - De un romance de años que termina con una inevitable separación
Ojos azules pelo negro. ¿Qué fue aquello que leí esa tarde? Aquello era una bomba, mi corazón había sido tocado, mis ojos habían sido tocados, mi espíritu había sido tocado, mi vida entera había sido tocada. Cada página de ese oscuro texto había puesto en mi vida un sabor nuevo, diferente, absolutamente otro, extraordinariamente otro. Llorar había cobrado otro sentido, no por tristeza, no por alegría, por imposibilidad, por nostalgia, por vacío, porque se había robado la continuidad de la vida y había hecho de la muerte la única forma y al mismo tiempo un imposible más. M. D. había entrado en mi vida como ninguna mujer antes, como ningún hombre antes, como ningún libro antes. Me había robado.
Él dice. Ella dice. Lloran. Él encuentra su muerte en los ojos de aquel que no estaría más, que quizá nunca estuvo pero que se encuentra en la infinitud de la ausencia que a ella le ahoga: Nada. Ni una palabra real, metáforas de la inexistencia, la vida convertida crudamente en su única verdad. El instante de muerte en el que se realiza una inexistencia incomprensible. Amé a esa mujer.
Al día siguiente lo quería todo de ella, la quería ella porque ella sabía lo que nadie más sabía. Ella conocía el dolor que me atravesaba el espíritu desde aquella tarde de infancia cuando los miraba a todos, cuando me juraba nunca ser como ellos, nunca morir en la adultez, ser niño por siempre. Ella sabía que un día vi el vacío y no pude volver a casa, nunca más. Sabía que yo, igual que ella, no tenía nación, hogar, ni futuro. Tampoco pasado. Y lo compré todo de ella, por lo menos todo lo que podía comprar con mi miserable salario de aquel tiempo en el que tenía una familia a mi cargo. Lo compré todo y lo leí todo. Y lo compartí todo. Y lo lloré todo. Mi vida era otra porque yo amaba a esa mujer. La amaba porque la odiaba, porque ella se lo robaba todo: la razón, el sufrimiento, el sentido, la seguridad, la tristeza. Ella hacía que todo lo humano fuera ridículo y todo lo mío pobre. Y la ame. ¿Y me amó? ¿Nos amó?
Y entonces la seguí, a cada lugar, en mi escritura, en la suya, en la de mi mejor amigo, en la de mis estudiantes, en la de Lacan o Jean Allouch. Busqué a esa mujer en cada rincón, en cada árbol, en el viento, en el agua, en mi piel y en la de otros, en la de otras. Me hice ella para vivir y para morir y dejé que tocara mi práctica, mi enseñanza y mi aprendizaje -si es que lo ha habido. Y me humedecí y me sequé con ella. Y la ame.
Y Emily L. llegó a mi vida. Y ella dijo: Voy a escribir nuestra historia. Y cuando la escriba ya no te amaré. Porque se escribe para... ¿para matar? Lo he olvidado. Y me desgarré el espíritu en esas dos páginas y todo perdió todo sentido. Y la vida se agotó en su eterno agotamiento. Y me robó lo último de conciencia y de esperanza y me dejó solo, sin ella, sin mi. Y la amé más, mucho más que nunca. Y desee más, mucho más. Y compré más. Y leí más.
Y un día un título era más crudo que todos. No era el arrebato -que me había arrebatado- no era un Vicecónsul, era un título que prometía concretamente una respuesta: El dolor. Y su precio era alto, pero bajo para la promesa que podría cumplirme, cumplirnos. Y lo compré. Escritos de juventud -decía. Ella había publicado un texto con escritos que no cargaban su nombre, escritos anteriores a su fama, ensayos de sí misma tal vez. Y rompí la envoltura y me detuve en cualquier lugar a leerlo. Doble promesa: la sinceridad de una joven y la respuesta a una pregunta ¿el dolor?
Un diario de la posguerra, relatos de tortura, de reencuentro, relatos sinceros de una experiencia que jamás podré comprender, de un dolor que jamás podré sentir, de un hambre que nunca padeceré. Relatos de una limpieza sucia de juventud, cerrados por Aurelia -nombre que aún duele- Steiner. Dolor.
Y esa fue la primera vez que ella se distanció de mi. Y esa fue la primera vez que ella me distanció de ella. La sinceridad de su texto estaba manchada. M. D., mi M. D. había retocado su texto, le había agregado palabras, párrafos del estilo de su afamada reputación. Había adornado con un estilo la crudeza de una angustia que para ella misma había desaparecido. Se había convertido en Marguerite Duras para ella misma. Por primera vez era falsa.
Aurelia Steiner había salvado el texto. Era sublime como todo lo anterior. El gato para el que la guerra es invisible y que es el símbolo mismo de la invisibilidad de la guerra, hacía calmar mi enfadado espíritu. Mi amiga quería matar a mi amiga. Y mi amiga se defendía. Y me mantuve amándola y vaciándome de ese amor.
Y leí más. Y traté de leer en francés. Y presenté un terrible, insultante libro con puras palabras de otro texto casi insincero, Escribir. Y la escuché sentarse a hablar con Lacan y autorizarse a decir lo que ella misma -había dicho él- no sabía que estaba haciendo. Y yo no lo supe. Y ella no lo supo. Estábamos condenados. Nos separábamos.
Y dejé de comprar y buscar libros. Y hasta tuve una aventura con V. W. Con Las Olas. Y la disfruté aunque no me enamoré como aquella tarde que vi mi espíritu en S. Thala. Ya no la amaba y no podría volver a amarla. Y ella no me amaba más. Y no lo sabíamos, ninguno sabíamos que la ruptura había sucedido. Como siempre.
Y el olvido y el desiterés fueron tales que su nombre no salía de mis labios. Nunca. Casi nunca. Y volví a comprar algunos libros y quise leerlos. De verdad quise leerlos. Y no pude, no pude terminarlos. El amor asfixiante en el que ella y yo estábamos metidos había desaparecido. Algo, alguien, algunos había, habían, habíamos terminado con todo. Aurelia Steiner era el punto final. Los años terminaban ahí.
Y el olvido se prolongó aunque algunos aún la comentaban conmigo, aunque a veces yo revivía la crudeza de Emily L. No más. Y un día viajé a París. Y un día, en París, recibí un correo que llegó varios años retrasado. Y el correo decía: cuatro películas de Marguerite Duras. Cuatro películas que yo hubiera querido ver cinco años atrás. Y busque el cine. Y me abrigué. Y superé el miedo de los primeros días. Y salí a buscarla, a tratar de darle gusto a un muerto del que no me había enterado. Y llegué tarde la primera vez. Y vi tres películas. Y no me gustaron. Y vi dos entrevistas. Y vi un documental. Todo era falso. Falso como ella. Me había mentido. Nos había mentido. Ella quería vivir públicamente con la profundidad de sus textos. Y en ese acto se mataba y lo mataba todo. Porque no se puede vivir así, sólo se puede morir así. Sólo se debe morir así. Era una figura pública que utilizaba su magnífico estilo para ser una figura pública. Su angustia se había vuelto un producto. Suicida. Exceso tras exceso sus películas me durmieron. Más de una vez dormí y desperté. Y no vi nada. Excesos. Si Sade no era sádico ¿por qué ella tendría que ser un libro suyo? No vi la cuarta película.
No vi la cuarta película. Bebí una cerveza en cualquier lugar. En París. En el México que cargo -quizá. Con alguien más. Sin ella. Olvidado de ella. Su camino. Mi camino. Nunca más nuestro camino. Quizá dejé de ser sensible. Tal vez me he vuelto viejo y he perdido la capidad de ser niño. Quizá yo mismo cerré la puerta a estar con ella, cerca de ella, en ella. Quizá es sólo que empobrecí. Esa es la única salida. No se puede amar eternamente lo mismo. Sería asesinarlo. Mi camino es sin ella.
Seduce -Marguerite- a otros. Róbales el espíritu como a mi. Y deja que lo recuperen. Y prolongate hasta el infinito. A la eternidad de un misterio que develas: que todo, hasta tú, es una farsa.
Él dice. Ella dice. Lloran. Él encuentra su muerte en los ojos de aquel que no estaría más, que quizá nunca estuvo pero que se encuentra en la infinitud de la ausencia que a ella le ahoga: Nada. Ni una palabra real, metáforas de la inexistencia, la vida convertida crudamente en su única verdad. El instante de muerte en el que se realiza una inexistencia incomprensible. Amé a esa mujer.
Al día siguiente lo quería todo de ella, la quería ella porque ella sabía lo que nadie más sabía. Ella conocía el dolor que me atravesaba el espíritu desde aquella tarde de infancia cuando los miraba a todos, cuando me juraba nunca ser como ellos, nunca morir en la adultez, ser niño por siempre. Ella sabía que un día vi el vacío y no pude volver a casa, nunca más. Sabía que yo, igual que ella, no tenía nación, hogar, ni futuro. Tampoco pasado. Y lo compré todo de ella, por lo menos todo lo que podía comprar con mi miserable salario de aquel tiempo en el que tenía una familia a mi cargo. Lo compré todo y lo leí todo. Y lo compartí todo. Y lo lloré todo. Mi vida era otra porque yo amaba a esa mujer. La amaba porque la odiaba, porque ella se lo robaba todo: la razón, el sufrimiento, el sentido, la seguridad, la tristeza. Ella hacía que todo lo humano fuera ridículo y todo lo mío pobre. Y la ame. ¿Y me amó? ¿Nos amó?
Y entonces la seguí, a cada lugar, en mi escritura, en la suya, en la de mi mejor amigo, en la de mis estudiantes, en la de Lacan o Jean Allouch. Busqué a esa mujer en cada rincón, en cada árbol, en el viento, en el agua, en mi piel y en la de otros, en la de otras. Me hice ella para vivir y para morir y dejé que tocara mi práctica, mi enseñanza y mi aprendizaje -si es que lo ha habido. Y me humedecí y me sequé con ella. Y la ame.
Y Emily L. llegó a mi vida. Y ella dijo: Voy a escribir nuestra historia. Y cuando la escriba ya no te amaré. Porque se escribe para... ¿para matar? Lo he olvidado. Y me desgarré el espíritu en esas dos páginas y todo perdió todo sentido. Y la vida se agotó en su eterno agotamiento. Y me robó lo último de conciencia y de esperanza y me dejó solo, sin ella, sin mi. Y la amé más, mucho más que nunca. Y desee más, mucho más. Y compré más. Y leí más.
Y un día un título era más crudo que todos. No era el arrebato -que me había arrebatado- no era un Vicecónsul, era un título que prometía concretamente una respuesta: El dolor. Y su precio era alto, pero bajo para la promesa que podría cumplirme, cumplirnos. Y lo compré. Escritos de juventud -decía. Ella había publicado un texto con escritos que no cargaban su nombre, escritos anteriores a su fama, ensayos de sí misma tal vez. Y rompí la envoltura y me detuve en cualquier lugar a leerlo. Doble promesa: la sinceridad de una joven y la respuesta a una pregunta ¿el dolor?
Un diario de la posguerra, relatos de tortura, de reencuentro, relatos sinceros de una experiencia que jamás podré comprender, de un dolor que jamás podré sentir, de un hambre que nunca padeceré. Relatos de una limpieza sucia de juventud, cerrados por Aurelia -nombre que aún duele- Steiner. Dolor.
Y esa fue la primera vez que ella se distanció de mi. Y esa fue la primera vez que ella me distanció de ella. La sinceridad de su texto estaba manchada. M. D., mi M. D. había retocado su texto, le había agregado palabras, párrafos del estilo de su afamada reputación. Había adornado con un estilo la crudeza de una angustia que para ella misma había desaparecido. Se había convertido en Marguerite Duras para ella misma. Por primera vez era falsa.
Aurelia Steiner había salvado el texto. Era sublime como todo lo anterior. El gato para el que la guerra es invisible y que es el símbolo mismo de la invisibilidad de la guerra, hacía calmar mi enfadado espíritu. Mi amiga quería matar a mi amiga. Y mi amiga se defendía. Y me mantuve amándola y vaciándome de ese amor.
Y leí más. Y traté de leer en francés. Y presenté un terrible, insultante libro con puras palabras de otro texto casi insincero, Escribir. Y la escuché sentarse a hablar con Lacan y autorizarse a decir lo que ella misma -había dicho él- no sabía que estaba haciendo. Y yo no lo supe. Y ella no lo supo. Estábamos condenados. Nos separábamos.
Y dejé de comprar y buscar libros. Y hasta tuve una aventura con V. W. Con Las Olas. Y la disfruté aunque no me enamoré como aquella tarde que vi mi espíritu en S. Thala. Ya no la amaba y no podría volver a amarla. Y ella no me amaba más. Y no lo sabíamos, ninguno sabíamos que la ruptura había sucedido. Como siempre.
Y el olvido y el desiterés fueron tales que su nombre no salía de mis labios. Nunca. Casi nunca. Y volví a comprar algunos libros y quise leerlos. De verdad quise leerlos. Y no pude, no pude terminarlos. El amor asfixiante en el que ella y yo estábamos metidos había desaparecido. Algo, alguien, algunos había, habían, habíamos terminado con todo. Aurelia Steiner era el punto final. Los años terminaban ahí.
Y el olvido se prolongó aunque algunos aún la comentaban conmigo, aunque a veces yo revivía la crudeza de Emily L. No más. Y un día viajé a París. Y un día, en París, recibí un correo que llegó varios años retrasado. Y el correo decía: cuatro películas de Marguerite Duras. Cuatro películas que yo hubiera querido ver cinco años atrás. Y busque el cine. Y me abrigué. Y superé el miedo de los primeros días. Y salí a buscarla, a tratar de darle gusto a un muerto del que no me había enterado. Y llegué tarde la primera vez. Y vi tres películas. Y no me gustaron. Y vi dos entrevistas. Y vi un documental. Todo era falso. Falso como ella. Me había mentido. Nos había mentido. Ella quería vivir públicamente con la profundidad de sus textos. Y en ese acto se mataba y lo mataba todo. Porque no se puede vivir así, sólo se puede morir así. Sólo se debe morir así. Era una figura pública que utilizaba su magnífico estilo para ser una figura pública. Su angustia se había vuelto un producto. Suicida. Exceso tras exceso sus películas me durmieron. Más de una vez dormí y desperté. Y no vi nada. Excesos. Si Sade no era sádico ¿por qué ella tendría que ser un libro suyo? No vi la cuarta película.
No vi la cuarta película. Bebí una cerveza en cualquier lugar. En París. En el México que cargo -quizá. Con alguien más. Sin ella. Olvidado de ella. Su camino. Mi camino. Nunca más nuestro camino. Quizá dejé de ser sensible. Tal vez me he vuelto viejo y he perdido la capidad de ser niño. Quizá yo mismo cerré la puerta a estar con ella, cerca de ella, en ella. Quizá es sólo que empobrecí. Esa es la única salida. No se puede amar eternamente lo mismo. Sería asesinarlo. Mi camino es sin ella.
Seduce -Marguerite- a otros. Róbales el espíritu como a mi. Y deja que lo recuperen. Y prolongate hasta el infinito. A la eternidad de un misterio que develas: que todo, hasta tú, es una farsa.
Saturday, March 20, 2010
Diario de campo 33 - futbol
Después de mi vergonzosa lesión terminé sentado en un comedor con un español y un argentino hablando nada más y nada menos que de futbol y qué bien se siente che escuchar que Puyol es fundamental en un campeonato del mundo que huele cercano para el mejor equipo del mundo hoy por hoy y que Maradona es un imbécil...
Ni hablar, yo no tuve mucho que decir, hoy tenemos al Bofo de nuevo.
Ni hablar, yo no tuve mucho que decir, hoy tenemos al Bofo de nuevo.
Diario de campo 32 - 9 - 0
Ni cómo decir nada, la Vikinga bien, Danja y la sueca de fábula, recortando, pasando, tirando, casi dos goles. Cristina una gran defensora y es la media cancha que necesitábamos; esta vez todo el equio hizo lo propio, Lukas bien en la recuperación; sin embargo, hice mi gracia, en el calentamiento me contracturé el muslo derecho, jugué la portería pero recibí ocho goles, la mitad por no poder correr por el balón.
Me siento avergonzado con mi equipo y lamento haberme lesionado. Quizá ya no pueda jugar más. Como vil mexicano lo eché a perder.
Me siento avergonzado con mi equipo y lamento haberme lesionado. Quizá ya no pueda jugar más. Como vil mexicano lo eché a perder.
Thursday, March 18, 2010
Diario de campo 31 - Por fin
Llevamos tres días sin frío, he caminado por las calles de París para constatarlo y de primera mano lo digo: Ya no necesitamos abrigo.
Un poquito de política
No sé -después de leer un poco- a quién odio más, a Felipe Calderón o cada persona que en verdad tachó su nombre en una boleta electoral; no porque se deba su triunfo a esos bultos sin conciencia que votaron, sabemos que ningún voto cuenta en México, sino porque en verdad tuvieron la bestialidad de pensar en eso como un presidente... Los odio, a cada uno de ellos, los odio y les deseo miseria, de la peor miseria: la esclavitud.
Saturday, March 13, 2010
Diario de campo 30 - Gol
Por fin el primer día y el primer partido de nuestro campeonato interno. Los tres refuerzos estaban an la sala de espera a penas unos minutos después de mi. Lukas estaba emocionado e incluso traía unas hojitas con la cancha marcada para ordenar al equipo. Ahí estaba yo, sentado entre cinco chicas rubias de ojos azules que a penas pueden pronunciar la r de mi nombre. El director técnico un bon mec estaba de pie dando instrucciones en francés, inglés y alemán para dejar bien claro todo para todos. Nuestro portero llegó un poco tarde: Alejandro, un español bastante alto pero idéntico al estereotipo del español joven, tarde pero con ganas.
Las posiciones estaban repartidas, la mía era defensa central, el único, con mi estatura menor al promedio mexicano e infinitamente menor al promedio europeo, era el único en esa zona, tenía que echarme en hombros al equipo. La petite vikinga jugaría por derecha y Danja, la suiza, por izquierda, una flaquita y la otra chiquita, pero ¿qué podía pasar? es la cité universitaire, seguro todos los equipos estarían igual, mixtos.
Salimos al campo, como buenos suizos, puntuales y antes que todos los demás. Jugamos a entrenar y a colocarnos en posición. Si fuera una película gringa seríamos ese equipo que protagoniza con sus constantes derrotas y sus historias de amistad y esperanza: nuestro portero estaba enfermo, el defensa central (que también era el contención), es decir, yo, no tenía condición para correr los cuarenta minutos del partido y todas las chicas son flaquitas excepto la vikinga que sólo es chiquita. Lukas es alto pero delgado, y finalmente nuestra Cuau que estaba muerta de borracha en su cuarto y que no jugó; así pues, el suizo capitán y director técnico hizo los trámites necesarios y todo estaba listo para el juego.
Platicábamos en la entrada (o ellos lo hacían, yo hablo poco) cuando vemos llegar a un grupo de al rededor de diez jugadores con un par de balones, a penas un poco más altos que yo pero todos fuertes, de piernas gruesas y bastante atléticos: aterrador. Se presentaron mientras decían salut, eran Portugal, afortunadamente no teníamos que jugar contra ellos. Minutos después, mientras calentábamos aparecieron nuestros rivales: la maison internationale, o sea, otro combinado como el nuestro, con la diferencia que ellos eran todos hombres y, en su mayoría, mucho más altos que los de Portugal.
Breve descripción de los rivales: altos, incluían africanos que corrían como pinches caballos, corpulentos, ordenados y fuertes. Su equipo, a diferencia del nuestro, tenía uniformes, tacos, espinilleras y un par de balones para entrenar.
Después de ver a nuestras chicas y saludar a Lukas, el juego estaba por comenzar. El hombre que llevaba el marcador y el tiempo (que no era árbitro porque no cumplia otra función) grito: monsieurs y madmoiselles on va commencer y el juego empezó. Nustro portero se veía verdaderamente enfermo y recibió un gol a los segundos de haber sacado el balón, gol que respondimos inmediatamente con una jugada entre Lukas y Andrea que termino en un tiro razo al fondo de la portería uno uno el marcador. Después de eso cuatro más en contra; cinco contra uno en la primera mitad. El portero tenía fiebre y Simona estaba roja como jitomate, Danja y su compañera en la izquierda corrían pero los dos chicos negros jugaban por ahí y siempre corrían más que ellas. Yo, en lo personal paré algunas bolas y estorbé cuanto pude pero cada vez que cubría a uno, dos más salían a los costados y Simona estaba deshecha. Ocho goles más en contra, la mayoría entró por la fiebre evidente del portero. Tontamente luché por un balón perdido y rompí mis lentes que olvidé dejar en algún otro lugar. Perdimos y ganamos.
El equipo contrario, al que le ganamos porque en nuestro equipo al menos todas las chicas son bonitas, se despidió de nostros no sin hacer comentarios sobre los mixto de nuestro equipo y se retiraron. Nostros charlamos un poco y Lukas se remotivó bastante e incitó a ganar el próximo partido, sin emabrgo nos dijeron que las otras dos casas son igualmente fuertes (ahora es cuando en la película aparece una niña o un negro o un latinoamericano que se encarga de todo el equipo y nos lleva al campeonato).
Un poco antes de partir aparecieron un par de chicos morenos con playera amarilla, luego dos o tres más y luego una decena. Todos lo sabíamos, eran Brasil. Alejandro dijo "con el puro nombre tiemblan las piernas" y cómo no si la mitad eran Ronaldinhos y la otra mitad Kakás. Sus chicas, porque llevaban chicas no sé si a jugar o sólo a ver, eran impresionantes, morenas, físicamente impecables, guapas, amazonas totalmente. El aspecto físico de los chicos era fuerte y hasta se les veía el cristo ese brasileño cubriéndolos a todos, titanes. No hay mucho más que decir, una vez adentro -todos con esa playera amarilla con esa benderita verde que caracteriza a esos equipos- el carnaval comenzó. No quedaba más, Suiza se divierte, ellos están donde los dioses, así qué: ¡allez Vikingos! on va jouir.
Las posiciones estaban repartidas, la mía era defensa central, el único, con mi estatura menor al promedio mexicano e infinitamente menor al promedio europeo, era el único en esa zona, tenía que echarme en hombros al equipo. La petite vikinga jugaría por derecha y Danja, la suiza, por izquierda, una flaquita y la otra chiquita, pero ¿qué podía pasar? es la cité universitaire, seguro todos los equipos estarían igual, mixtos.
Salimos al campo, como buenos suizos, puntuales y antes que todos los demás. Jugamos a entrenar y a colocarnos en posición. Si fuera una película gringa seríamos ese equipo que protagoniza con sus constantes derrotas y sus historias de amistad y esperanza: nuestro portero estaba enfermo, el defensa central (que también era el contención), es decir, yo, no tenía condición para correr los cuarenta minutos del partido y todas las chicas son flaquitas excepto la vikinga que sólo es chiquita. Lukas es alto pero delgado, y finalmente nuestra Cuau que estaba muerta de borracha en su cuarto y que no jugó; así pues, el suizo capitán y director técnico hizo los trámites necesarios y todo estaba listo para el juego.
Platicábamos en la entrada (o ellos lo hacían, yo hablo poco) cuando vemos llegar a un grupo de al rededor de diez jugadores con un par de balones, a penas un poco más altos que yo pero todos fuertes, de piernas gruesas y bastante atléticos: aterrador. Se presentaron mientras decían salut, eran Portugal, afortunadamente no teníamos que jugar contra ellos. Minutos después, mientras calentábamos aparecieron nuestros rivales: la maison internationale, o sea, otro combinado como el nuestro, con la diferencia que ellos eran todos hombres y, en su mayoría, mucho más altos que los de Portugal.
Breve descripción de los rivales: altos, incluían africanos que corrían como pinches caballos, corpulentos, ordenados y fuertes. Su equipo, a diferencia del nuestro, tenía uniformes, tacos, espinilleras y un par de balones para entrenar.
Después de ver a nuestras chicas y saludar a Lukas, el juego estaba por comenzar. El hombre que llevaba el marcador y el tiempo (que no era árbitro porque no cumplia otra función) grito: monsieurs y madmoiselles on va commencer y el juego empezó. Nustro portero se veía verdaderamente enfermo y recibió un gol a los segundos de haber sacado el balón, gol que respondimos inmediatamente con una jugada entre Lukas y Andrea que termino en un tiro razo al fondo de la portería uno uno el marcador. Después de eso cuatro más en contra; cinco contra uno en la primera mitad. El portero tenía fiebre y Simona estaba roja como jitomate, Danja y su compañera en la izquierda corrían pero los dos chicos negros jugaban por ahí y siempre corrían más que ellas. Yo, en lo personal paré algunas bolas y estorbé cuanto pude pero cada vez que cubría a uno, dos más salían a los costados y Simona estaba deshecha. Ocho goles más en contra, la mayoría entró por la fiebre evidente del portero. Tontamente luché por un balón perdido y rompí mis lentes que olvidé dejar en algún otro lugar. Perdimos y ganamos.
El equipo contrario, al que le ganamos porque en nuestro equipo al menos todas las chicas son bonitas, se despidió de nostros no sin hacer comentarios sobre los mixto de nuestro equipo y se retiraron. Nostros charlamos un poco y Lukas se remotivó bastante e incitó a ganar el próximo partido, sin emabrgo nos dijeron que las otras dos casas son igualmente fuertes (ahora es cuando en la película aparece una niña o un negro o un latinoamericano que se encarga de todo el equipo y nos lleva al campeonato).
Un poco antes de partir aparecieron un par de chicos morenos con playera amarilla, luego dos o tres más y luego una decena. Todos lo sabíamos, eran Brasil. Alejandro dijo "con el puro nombre tiemblan las piernas" y cómo no si la mitad eran Ronaldinhos y la otra mitad Kakás. Sus chicas, porque llevaban chicas no sé si a jugar o sólo a ver, eran impresionantes, morenas, físicamente impecables, guapas, amazonas totalmente. El aspecto físico de los chicos era fuerte y hasta se les veía el cristo ese brasileño cubriéndolos a todos, titanes. No hay mucho más que decir, una vez adentro -todos con esa playera amarilla con esa benderita verde que caracteriza a esos equipos- el carnaval comenzó. No quedaba más, Suiza se divierte, ellos están donde los dioses, así qué: ¡allez Vikingos! on va jouir.
Thursday, March 11, 2010
Diario de campo 29 - futbol
Felizmente he entrenado con mi equipo de futbol. Siempre me ha tocado jugar futbol con el equipo que pierde, el de los freaks, el de los olvidados, el de si no juegan pierden dos puntos en educación físca y se van a final, el de los que llevan diez años sin tocar un balón (¡y sin usar unos tenis!) y en esta ocasión el de la casa de Suiza, compuesto por tres chicos y cuatro chicas: español, suizo, suiza, suiza, alemana, mexicano, griega. Felizmente siete, el mínimo para jugar son seis, así que si jugamos todos no tendremos un sólo cambio. Primer partido contra otro combinado del mundo de una casa que, por lo menos, duplica la cantidad de gente que vive aquí y sin máximo de cambios creo que tenemos un trabajo difícil.
Felizmente me pidieron que hiciera un tiro de esquina, por derecha, a unos metros de la portería: lo hice impecable, lo que nunca y ahora soy el cobrador oficial de tiros de esquina. En el entrenamiento meti un gol y no me caí una sola vez, jugué de mezclilla (espero esté bien escrito) y mostré la pobreza de los mexicanos porque todos venían bien bonitos con sus pants y tenis y hasta agua. Entrenemos cinco, tres chicas, Lucas -el suizo- y yo; todas ellas se sentían pésimas jugadoras y aún así jugaban mejor que yo, Danja, una suiza de mi estatura tiene un control de balón que ya quisiera rf y Christina, de tierras socráticas, sabe marcar como cualquier contención de barrio. Pero la sensación fue Simona, una vikinga "a escala", debe medir un metro con cincuenta centímetros, es pequeñita pequeñita pero ella quiere que nos llamemos "Las Vikingas" y yo apoyo. Pues la pequeñita alemana tiene una pegada impresionante, metió cualquier cantidad de goles en el entrenamiento y si voló aloguna pelota, en todo caso se quejó porque sabía que podía haberlo hecho mejor; juega muy bien y de verdad que un taponcito güerito de ese tamaño se ve cagadísimo jugando y gritando como vikingo y metiendo goles como en el barrio.
Finalmente destaco que lucas tiene control de balón, yo no me cansé y creo que la contensión sigue siendo mi opción y Christina paró una bola en seco con la cola como nuestro Cuau con una sonrisa de "miren putos". Como equipo fuimos malísimos, cuando jugué con Simona tardamos horas en meter un gol y no puse un sólo pase preciso en todo el tiempo, ni ellos, así que con un equipo de mediano a bajo perderemos por humillación, pero estoy seguro que nos vamos a divertir muchísimo. Como siempre juego en el peor equipo pero en un equipo que no va a lamentar la derrota porque lo que quiere es jugar, así que alegremente digo: Qué bueno que juego para la fundación Suiza.
Felizmente me pidieron que hiciera un tiro de esquina, por derecha, a unos metros de la portería: lo hice impecable, lo que nunca y ahora soy el cobrador oficial de tiros de esquina. En el entrenamiento meti un gol y no me caí una sola vez, jugué de mezclilla (espero esté bien escrito) y mostré la pobreza de los mexicanos porque todos venían bien bonitos con sus pants y tenis y hasta agua. Entrenemos cinco, tres chicas, Lucas -el suizo- y yo; todas ellas se sentían pésimas jugadoras y aún así jugaban mejor que yo, Danja, una suiza de mi estatura tiene un control de balón que ya quisiera rf y Christina, de tierras socráticas, sabe marcar como cualquier contención de barrio. Pero la sensación fue Simona, una vikinga "a escala", debe medir un metro con cincuenta centímetros, es pequeñita pequeñita pero ella quiere que nos llamemos "Las Vikingas" y yo apoyo. Pues la pequeñita alemana tiene una pegada impresionante, metió cualquier cantidad de goles en el entrenamiento y si voló aloguna pelota, en todo caso se quejó porque sabía que podía haberlo hecho mejor; juega muy bien y de verdad que un taponcito güerito de ese tamaño se ve cagadísimo jugando y gritando como vikingo y metiendo goles como en el barrio.
Finalmente destaco que lucas tiene control de balón, yo no me cansé y creo que la contensión sigue siendo mi opción y Christina paró una bola en seco con la cola como nuestro Cuau con una sonrisa de "miren putos". Como equipo fuimos malísimos, cuando jugué con Simona tardamos horas en meter un gol y no puse un sólo pase preciso en todo el tiempo, ni ellos, así que con un equipo de mediano a bajo perderemos por humillación, pero estoy seguro que nos vamos a divertir muchísimo. Como siempre juego en el peor equipo pero en un equipo que no va a lamentar la derrota porque lo que quiere es jugar, así que alegremente digo: Qué bueno que juego para la fundación Suiza.
Wednesday, March 10, 2010
Monday, March 08, 2010
Diario de campo 28 - Jesus... and Mary Chain
Cuando salí de México el grupo que más escuchaba era Jesus and Mary Chain, no sé por qué si es más bien un grupo de adolescencia que ni siquera me gustaba de adolescente. De las pocas cosas que me podían tener contento en los días previos a la partida y el día mismo de salir de casa era que podía seguir escuchando diariamente a ese grupo. Pero no lo hice, desde que llegué a París no había escuchado una sola canción del ellos hasta hoy, hoy que me invade un dolor viejo, pesado, asfixiante, un dolor del que quizá debo deshacerme ya.
Diario de campo 27 (bis)
Sólo para expresar un poco mejor la idea. A veces no soporto que se me juzgue tan rápido y con tanto prejuicio. Yo soy el primero en defender el estilo por sobre la técnica: Syd Barret no tocaba la guitarrra mejor que yo (que no toco más que dos o tres posiciones) e hizo The piper at the gates of dawn y a Pink Floyd. Pero sí vale la pena aclarar que también cuando uno escucha a Primus el virtuosismo también está presente y es un buen grupo, que Gilmour tiene un talento excepcional y una manera de tocar tan propia que no podríamos llamarla técnica y que cuando digo que me encontré con uno de los mejores contrabajistas que he visto jamás hablo con estos elementos; es decir, no me duermo con cualquier Pastorius nomás porque mueve rápido los dedos, digo que en verdad vi a un hombre excepcional en el instrumento y que lo disfrutaba horrores.
No veo porque tomar como si fueran dos cosas diferentes técnica y estilo, como si la escuela no sirviera para nada y como si todo el conocimiento estuviera en los libros. Y, perdón, pero un poco de técnica es lo que aprendieron ustedes para poder tocar la guitarra como la tocan... sostengo lo dicho, quiero aprender a tocar el contrabajo.
No veo porque tomar como si fueran dos cosas diferentes técnica y estilo, como si la escuela no sirviera para nada y como si todo el conocimiento estuviera en los libros. Y, perdón, pero un poco de técnica es lo que aprendieron ustedes para poder tocar la guitarra como la tocan... sostengo lo dicho, quiero aprender a tocar el contrabajo.
Saturday, March 06, 2010
Diario de campo 27 - Yorfela
No vuelvo a decir que toco el bajo jamás y no vuelvo a decir que he tocado el contrabajo alguna vez. Ayer vi a un grupo de bossanova en un pequeñito lugar carísimo en el sur de París, el contrabajista, un colombiano de cabello largo y gris, gris como el cabello cano de los latinoamericanos morenos. Su contrabajo era particularmente ancho, café claro, casi parecía sin barniz, rematado con unas gruesas cuerdas de metal. Cuando el grupo comenzó a tocar tuve el shock más grande desde que llegué a esta ciudad; el tipo tocaba impresionante, con una técnica impecable y una velocidad que hacía casi imperceptible el movimiento de algunos de sus dedos. El uso del arco y la combinación dedos-arco en algunas canciones le daban un toque de fuerza que me dejó impactado.
Después supe que era colombiano, después supe que era músico de orquesta y que tenía un grupo de tango con su esposa y que llevaba sólo veintitrés años de tocar el instrumento. Yo llevo dieciseis de tocar el bajo eléctrico sin alcanzar la mitad de la técnica que ese hombre mostró. Lo que me lleva a una conclusión: con la pasión no basta para tocar un instrumento, hay técnica y cosas que alguien más podría enseñar. Es cierto que el gusto no se enseña y el estilo es algo que se construye después de algunos años de buscar lo que falta en ese mundo en particular que ha capturado el espíritu de un hombre, pero creo que en México debo comprar un contrabajo y meterme a clases.
Segunda y principal conclusión: silencio, ojos abiertos, oídos atentos, eres joven, muy joven, escucha y calla, hoy no estás autorizado a decir...
Después supe que era colombiano, después supe que era músico de orquesta y que tenía un grupo de tango con su esposa y que llevaba sólo veintitrés años de tocar el instrumento. Yo llevo dieciseis de tocar el bajo eléctrico sin alcanzar la mitad de la técnica que ese hombre mostró. Lo que me lleva a una conclusión: con la pasión no basta para tocar un instrumento, hay técnica y cosas que alguien más podría enseñar. Es cierto que el gusto no se enseña y el estilo es algo que se construye después de algunos años de buscar lo que falta en ese mundo en particular que ha capturado el espíritu de un hombre, pero creo que en México debo comprar un contrabajo y meterme a clases.
Segunda y principal conclusión: silencio, ojos abiertos, oídos atentos, eres joven, muy joven, escucha y calla, hoy no estás autorizado a decir...
Wednesday, March 03, 2010
Diario de campo 26 - Calendario
Suiza - Líbano
Suiza - Alemania
Suiza - Resto del mundo
Cada sábado a partir del segundo de marzo. Torneo interno de la Cité Universitaire.
Suiza - Alemania
Suiza - Resto del mundo
Cada sábado a partir del segundo de marzo. Torneo interno de la Cité Universitaire.
Monday, March 01, 2010
Diario de campo 25 - Mirada
No sé por qué no había relatado esto antes.
Hace unos días me subí al metro hacia la institución en la que hago mi investigación; como siempre soy yo quien mira. Me gusta mirar, soy un mirón de chicas y las europeas son tan guapas que las miro a todas, pero también me gusta mirar a la demás gente, a los adultos, a los ancianos, a aquellos que parecen fuera de lugar, a los jóvenes, a los que canta, a los niños, principalmente a los niños, me encanta ver la pureza antes de que los vicios sociales hagan su trabajo. Aquí en París me resulta divertido ver que la gente no suele mirar, tienen siempre la mirada en otro lado, sea en un libro o en el suelo, de hecho es muy común ver a la gente tomar pedazos de periódico del suelo y comenzar a leerlos, más allá de si tienen un principio o un fin, si hay un artículo o es sólo un anuncio promocional, la gente aparenta leerlos, yo pienso que sólo tratan de no usar la mirada en los demás.
Pues ese día me subí al metro, mirón como siempre, me recargué en un costado, conté las estaciones que faltaban para llegar y comencé a mirar el interior del vagón. Como siempre chicas muy guapas, señoras muy elegantes, muchos negros gigantes y alguno que otro anciano -hay muchos en París. De pronto mi ojos se ven forzados a detenerse en un hombre. Sentado enfrente de mí, con un par de ojos muy grandes fijos en mi rostro, lo vi, sonreí, no cambió su expresión. Su mirada era seria, pesada, seca, pero fija, atenta, tanto que me incomodó y mejor me puse a ver otra cosa. Pero su mirada siguió atenta, fija, hablaba con su vecino (del que ya no recuerdo si era hombre o mujer) y miraba, me miraba. No importa hacia donde dirigiera mi mirada, el peso de la suya era mayor y siempre que volteaba él estaba mirándome como si viera adentro de mi, como si supiera de mi más que yo mismo, como si leyera cada pensamiento de los que ahora se hacían suyos.
Tres o cuatro estaciones debemos haber marchado juntos, cada una más incómoda que la anterior, llenas de mirada y de misterio, llenas de ese hombre sentado que hablaba con el otro (quizá sí, era hombre el otro) y llenas del vacío que me provocaba a cada instante. Y de pronto llegamos a su estación, él descendía ahí, comentó algo con el otro que no lo acompañó y que quizá no venía con él y sin quitar su mirada de mi notoriamente angustiado rostro, desplegó un bastón plateado, se levantó, comenzó a tantear el piso y cautelosamente descendió del vagón en completo silencio...
Hace unos días me subí al metro hacia la institución en la que hago mi investigación; como siempre soy yo quien mira. Me gusta mirar, soy un mirón de chicas y las europeas son tan guapas que las miro a todas, pero también me gusta mirar a la demás gente, a los adultos, a los ancianos, a aquellos que parecen fuera de lugar, a los jóvenes, a los que canta, a los niños, principalmente a los niños, me encanta ver la pureza antes de que los vicios sociales hagan su trabajo. Aquí en París me resulta divertido ver que la gente no suele mirar, tienen siempre la mirada en otro lado, sea en un libro o en el suelo, de hecho es muy común ver a la gente tomar pedazos de periódico del suelo y comenzar a leerlos, más allá de si tienen un principio o un fin, si hay un artículo o es sólo un anuncio promocional, la gente aparenta leerlos, yo pienso que sólo tratan de no usar la mirada en los demás.
Pues ese día me subí al metro, mirón como siempre, me recargué en un costado, conté las estaciones que faltaban para llegar y comencé a mirar el interior del vagón. Como siempre chicas muy guapas, señoras muy elegantes, muchos negros gigantes y alguno que otro anciano -hay muchos en París. De pronto mi ojos se ven forzados a detenerse en un hombre. Sentado enfrente de mí, con un par de ojos muy grandes fijos en mi rostro, lo vi, sonreí, no cambió su expresión. Su mirada era seria, pesada, seca, pero fija, atenta, tanto que me incomodó y mejor me puse a ver otra cosa. Pero su mirada siguió atenta, fija, hablaba con su vecino (del que ya no recuerdo si era hombre o mujer) y miraba, me miraba. No importa hacia donde dirigiera mi mirada, el peso de la suya era mayor y siempre que volteaba él estaba mirándome como si viera adentro de mi, como si supiera de mi más que yo mismo, como si leyera cada pensamiento de los que ahora se hacían suyos.
Tres o cuatro estaciones debemos haber marchado juntos, cada una más incómoda que la anterior, llenas de mirada y de misterio, llenas de ese hombre sentado que hablaba con el otro (quizá sí, era hombre el otro) y llenas del vacío que me provocaba a cada instante. Y de pronto llegamos a su estación, él descendía ahí, comentó algo con el otro que no lo acompañó y que quizá no venía con él y sin quitar su mirada de mi notoriamente angustiado rostro, desplegó un bastón plateado, se levantó, comenzó a tantear el piso y cautelosamente descendió del vagón en completo silencio...
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