Ojos azules pelo negro. ¿Qué fue aquello que leí esa tarde? Aquello era una bomba, mi corazón había sido tocado, mis ojos habían sido tocados, mi espíritu había sido tocado, mi vida entera había sido tocada. Cada página de ese oscuro texto había puesto en mi vida un sabor nuevo, diferente, absolutamente otro, extraordinariamente otro. Llorar había cobrado otro sentido, no por tristeza, no por alegría, por imposibilidad, por nostalgia, por vacío, porque se había robado la continuidad de la vida y había hecho de la muerte la única forma y al mismo tiempo un imposible más. M. D. había entrado en mi vida como ninguna mujer antes, como ningún hombre antes, como ningún libro antes. Me había robado.
Él dice. Ella dice. Lloran. Él encuentra su muerte en los ojos de aquel que no estaría más, que quizá nunca estuvo pero que se encuentra en la infinitud de la ausencia que a ella le ahoga: Nada. Ni una palabra real, metáforas de la inexistencia, la vida convertida crudamente en su única verdad. El instante de muerte en el que se realiza una inexistencia incomprensible. Amé a esa mujer.
Al día siguiente lo quería todo de ella, la quería ella porque ella sabía lo que nadie más sabía. Ella conocía el dolor que me atravesaba el espíritu desde aquella tarde de infancia cuando los miraba a todos, cuando me juraba nunca ser como ellos, nunca morir en la adultez, ser niño por siempre. Ella sabía que un día vi el vacío y no pude volver a casa, nunca más. Sabía que yo, igual que ella, no tenía nación, hogar, ni futuro. Tampoco pasado. Y lo compré todo de ella, por lo menos todo lo que podía comprar con mi miserable salario de aquel tiempo en el que tenía una familia a mi cargo. Lo compré todo y lo leí todo. Y lo compartí todo. Y lo lloré todo. Mi vida era otra porque yo amaba a esa mujer. La amaba porque la odiaba, porque ella se lo robaba todo: la razón, el sufrimiento, el sentido, la seguridad, la tristeza. Ella hacía que todo lo humano fuera ridículo y todo lo mío pobre. Y la ame. ¿Y me amó? ¿Nos amó?
Y entonces la seguí, a cada lugar, en mi escritura, en la suya, en la de mi mejor amigo, en la de mis estudiantes, en la de Lacan o Jean Allouch. Busqué a esa mujer en cada rincón, en cada árbol, en el viento, en el agua, en mi piel y en la de otros, en la de otras. Me hice ella para vivir y para morir y dejé que tocara mi práctica, mi enseñanza y mi aprendizaje -si es que lo ha habido. Y me humedecí y me sequé con ella. Y la ame.
Y Emily L. llegó a mi vida. Y ella dijo: Voy a escribir nuestra historia. Y cuando la escriba ya no te amaré. Porque se escribe para... ¿para matar? Lo he olvidado. Y me desgarré el espíritu en esas dos páginas y todo perdió todo sentido. Y la vida se agotó en su eterno agotamiento. Y me robó lo último de conciencia y de esperanza y me dejó solo, sin ella, sin mi. Y la amé más, mucho más que nunca. Y desee más, mucho más. Y compré más. Y leí más.
Y un día un título era más crudo que todos. No era el arrebato -que me había arrebatado- no era un Vicecónsul, era un título que prometía concretamente una respuesta: El dolor. Y su precio era alto, pero bajo para la promesa que podría cumplirme, cumplirnos. Y lo compré. Escritos de juventud -decía. Ella había publicado un texto con escritos que no cargaban su nombre, escritos anteriores a su fama, ensayos de sí misma tal vez. Y rompí la envoltura y me detuve en cualquier lugar a leerlo. Doble promesa: la sinceridad de una joven y la respuesta a una pregunta ¿el dolor?
Un diario de la posguerra, relatos de tortura, de reencuentro, relatos sinceros de una experiencia que jamás podré comprender, de un dolor que jamás podré sentir, de un hambre que nunca padeceré. Relatos de una limpieza sucia de juventud, cerrados por Aurelia -nombre que aún duele- Steiner. Dolor.
Y esa fue la primera vez que ella se distanció de mi. Y esa fue la primera vez que ella me distanció de ella. La sinceridad de su texto estaba manchada. M. D., mi M. D. había retocado su texto, le había agregado palabras, párrafos del estilo de su afamada reputación. Había adornado con un estilo la crudeza de una angustia que para ella misma había desaparecido. Se había convertido en Marguerite Duras para ella misma. Por primera vez era falsa.
Aurelia Steiner había salvado el texto. Era sublime como todo lo anterior. El gato para el que la guerra es invisible y que es el símbolo mismo de la invisibilidad de la guerra, hacía calmar mi enfadado espíritu. Mi amiga quería matar a mi amiga. Y mi amiga se defendía. Y me mantuve amándola y vaciándome de ese amor.
Y leí más. Y traté de leer en francés. Y presenté un terrible, insultante libro con puras palabras de otro texto casi insincero, Escribir. Y la escuché sentarse a hablar con Lacan y autorizarse a decir lo que ella misma -había dicho él- no sabía que estaba haciendo. Y yo no lo supe. Y ella no lo supo. Estábamos condenados. Nos separábamos.
Y dejé de comprar y buscar libros. Y hasta tuve una aventura con V. W. Con Las Olas. Y la disfruté aunque no me enamoré como aquella tarde que vi mi espíritu en S. Thala. Ya no la amaba y no podría volver a amarla. Y ella no me amaba más. Y no lo sabíamos, ninguno sabíamos que la ruptura había sucedido. Como siempre.
Y el olvido y el desiterés fueron tales que su nombre no salía de mis labios. Nunca. Casi nunca. Y volví a comprar algunos libros y quise leerlos. De verdad quise leerlos. Y no pude, no pude terminarlos. El amor asfixiante en el que ella y yo estábamos metidos había desaparecido. Algo, alguien, algunos había, habían, habíamos terminado con todo. Aurelia Steiner era el punto final. Los años terminaban ahí.
Y el olvido se prolongó aunque algunos aún la comentaban conmigo, aunque a veces yo revivía la crudeza de Emily L. No más. Y un día viajé a París. Y un día, en París, recibí un correo que llegó varios años retrasado. Y el correo decía: cuatro películas de Marguerite Duras. Cuatro películas que yo hubiera querido ver cinco años atrás. Y busque el cine. Y me abrigué. Y superé el miedo de los primeros días. Y salí a buscarla, a tratar de darle gusto a un muerto del que no me había enterado. Y llegué tarde la primera vez. Y vi tres películas. Y no me gustaron. Y vi dos entrevistas. Y vi un documental. Todo era falso. Falso como ella. Me había mentido. Nos había mentido. Ella quería vivir públicamente con la profundidad de sus textos. Y en ese acto se mataba y lo mataba todo. Porque no se puede vivir así, sólo se puede morir así. Sólo se debe morir así. Era una figura pública que utilizaba su magnífico estilo para ser una figura pública. Su angustia se había vuelto un producto. Suicida. Exceso tras exceso sus películas me durmieron. Más de una vez dormí y desperté. Y no vi nada. Excesos. Si Sade no era sádico ¿por qué ella tendría que ser un libro suyo? No vi la cuarta película.
No vi la cuarta película. Bebí una cerveza en cualquier lugar. En París. En el México que cargo -quizá. Con alguien más. Sin ella. Olvidado de ella. Su camino. Mi camino. Nunca más nuestro camino. Quizá dejé de ser sensible. Tal vez me he vuelto viejo y he perdido la capidad de ser niño. Quizá yo mismo cerré la puerta a estar con ella, cerca de ella, en ella. Quizá es sólo que empobrecí. Esa es la única salida. No se puede amar eternamente lo mismo. Sería asesinarlo. Mi camino es sin ella.
Seduce -Marguerite- a otros. Róbales el espíritu como a mi. Y deja que lo recuperen. Y prolongate hasta el infinito. A la eternidad de un misterio que develas: que todo, hasta tú, es una farsa.
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2 comments:
No, la farsa también se derrumba, por lo tanto la farsa de la farsa etc... Ficciones / Borges. A mí las Margaritas nunca me supieron bien.
Jorge Luis Borges visitó la ciudad de México en 1973. Amable, accedió a todos los «impiadosos compromisos» que, según sus palabras, «confundían a un modesto autor con un pésimo actor». De la breve entrevista que sostuvo con el Licenciado Luis Echeverría se sabe poco. El extinto periodista colombiano Miguel Cantero le preguntó meses después por la impresión causó el mandatario. A lo cual Borges respondió:
«Nunca me tomé en serio. Pero si ése es el presidente, prefiero no imaginar al gobierno». A su llegada al país, el escritor argentino «pidió un favor» a sus anfitriones. Quería hablar con Juan Rulfo. Le sugirieron entonces un desayuno. «Pido clemencia -respondió-. Prefiero los atardeceres. Las mañanas me derrotan. Ya no tengo el brío ni las fuerzas para entregar al día lo que se merece. Hoy el crepúsculo me sienta mejor. Sólo quiero conversar con mi amigo Rulfo».
Reproducimos la conversación sin reclamo alguno de presión. Las fuentes son demasiado vagas para permitirlo:
Rulfo: Maestro, soy yo, Rulfo. Que bueno que ya llegó. Usted sabe como lo estimamos y lo admiramos.
Borges: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.
Rulfo: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.
Borges: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
Rulfo: No, eso sí que no. Juan cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
Borges: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?
Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
Borges: Entonces no le ha ido tan mal.
Rulfo: ¿Cómo así?
Borges: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
Rulfo: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
Borges: Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospechoso que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
Rulfo: Así ya me puedo morir en serio.
Perro, mis respetos.
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