No sé por qué no había relatado esto antes.
Hace unos días me subí al metro hacia la institución en la que hago mi investigación; como siempre soy yo quien mira. Me gusta mirar, soy un mirón de chicas y las europeas son tan guapas que las miro a todas, pero también me gusta mirar a la demás gente, a los adultos, a los ancianos, a aquellos que parecen fuera de lugar, a los jóvenes, a los que canta, a los niños, principalmente a los niños, me encanta ver la pureza antes de que los vicios sociales hagan su trabajo. Aquí en París me resulta divertido ver que la gente no suele mirar, tienen siempre la mirada en otro lado, sea en un libro o en el suelo, de hecho es muy común ver a la gente tomar pedazos de periódico del suelo y comenzar a leerlos, más allá de si tienen un principio o un fin, si hay un artículo o es sólo un anuncio promocional, la gente aparenta leerlos, yo pienso que sólo tratan de no usar la mirada en los demás.
Pues ese día me subí al metro, mirón como siempre, me recargué en un costado, conté las estaciones que faltaban para llegar y comencé a mirar el interior del vagón. Como siempre chicas muy guapas, señoras muy elegantes, muchos negros gigantes y alguno que otro anciano -hay muchos en París. De pronto mi ojos se ven forzados a detenerse en un hombre. Sentado enfrente de mí, con un par de ojos muy grandes fijos en mi rostro, lo vi, sonreí, no cambió su expresión. Su mirada era seria, pesada, seca, pero fija, atenta, tanto que me incomodó y mejor me puse a ver otra cosa. Pero su mirada siguió atenta, fija, hablaba con su vecino (del que ya no recuerdo si era hombre o mujer) y miraba, me miraba. No importa hacia donde dirigiera mi mirada, el peso de la suya era mayor y siempre que volteaba él estaba mirándome como si viera adentro de mi, como si supiera de mi más que yo mismo, como si leyera cada pensamiento de los que ahora se hacían suyos.
Tres o cuatro estaciones debemos haber marchado juntos, cada una más incómoda que la anterior, llenas de mirada y de misterio, llenas de ese hombre sentado que hablaba con el otro (quizá sí, era hombre el otro) y llenas del vacío que me provocaba a cada instante. Y de pronto llegamos a su estación, él descendía ahí, comentó algo con el otro que no lo acompañó y que quizá no venía con él y sin quitar su mirada de mi notoriamente angustiado rostro, desplegó un bastón plateado, se levantó, comenzó a tantear el piso y cautelosamente descendió del vagón en completo silencio...
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