Se acabó. El lunes estuve ahí y no pasó nada, fue como si no hubiera estado, fue como si nada, nada hubiera pasado. Hoy no dormí, jamás me había sucedido, tenía mucho sueño y no podía dormir, dormía instantes, segundos y luego despertaba; mi cabeza se llenaba de ideas, de ideas de traición, de abandono, de mentira, otra parte de ella se llenaba de amor, de esperanza, de anhelo.
La noche transcurrió y el amanecer me alcanzó con los ojos abiertos, tenía frío y fiebre, intenté levantar el teléfono y marcarle y no pude, la mano de mi demonio detenía la mía (quizá fue mejor así, no la molesté más de lo que ya he hecho últimamente). A las doce de la mañana la guerra seguía y, por fin, tomé el teléfono para hablar unos segundos. Lo único que conseguí fue escuchar su voz extraña, como si ella supiera lo que había estado pasando y eso la molestara. La batalla continuó y creo que es a muerte, lo que pase ahora maracará el resto de mi vida. Estoy dispuesto pero ¿tengo la capacidad de hacerlo?
Tal vez, tal vez...
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