Friday, August 12, 2005

Del dolor filosófico

"Algunos ubican bien el objeto que causa su dolor, por eso pueden dejar de sufrir por ello, porque sólo tienen que deshacerse de lo que les duele y listo, no hay más por qué sufrir..." dije. El camino era uno, lo había descubierto la noche anterior, lo había planteado aquí, justo cuando dije que mi vida no tenía nada espectacular que la hubiera cambiado completamente.

Lo que quize decir fue que a veces uno no tiene un objeto claro de dolor y de todas formas duele mucho, es como si la vida misma causara un gran pesar, el sin sentido que es la misma existencia, la frivolidad con la que todo, absolutamente todo, se va dando a nosotros los hombres, la incapacidad para comprendernos unos a otros y la peor dificultad de conocernos.

Es algo así como que uno, un día, cualquiera, cualquiera, se despierta (y no digo que de un sueño) y descubre que todo está como desapareciendo, como desaparecido. Todo, todo pierde todo sentido, la muerte es lo único que alumbra el camino, es la única certeza posible, es lo único que podemos saber, es lo único seguro: moriremos, un día sólo se apagará la luz y todo se acaba, no más.

Entonces uno se esfuerza por vivir mejor, más, más pleno, uno se acerca a las personas y busca compartirlo, pero a todos les da terror enterarse, ignorarse, saberse nada. Entonces todo se pone muy triste, nadie parece entender, nadie parece querer compartir, todo, todo está perdido. Después uno puede refugiarse junto con algunos cuantos, pero el haber pasado por esto te hace más tú (o más yo) y así estamos demasiado metidos en la herida propia como para poder tolerar otras, no importa que sean de amigos: cada uno está metido demasiado en sí mismo.

Lo que queda es una soledad seca, que a veces puede encontrar refugio en algunos libros. Pero un libro lleva a otro y así aparecen Nietszche, Duras o el mismísimo Platón; Shakespeare o Baudelaire o hasta Foucault y uno se encuentra entre los suyos: puros muertos que parecen haber pasado lo mismo hasta el final. Y el mundo enfrente se ve más gris, más solo, más desolado y más desolador, como sin esperanza (bendito Nietszche que puso a Pandora en su lugar) y, entonces, llega una trsiteza más profunda, constante, absoluta seca, seca, seca que no tiene fin, que no tiene objeto, a menos que su objeto sea la vida misma y la muerte sea el único fin.

Yo quisiera tener una tristeza arraigada en un suceso, en una muerte, en un mal momento, en una enfermedad, en una decepción, en un abandono, en la miseria o en algo, pero no, yo no tengo nada de eso y por ello el mundo es tan fantástico para mí, pero cuando me duele es también muy fuerte, es el fin, siempre es el fin, el mundo se acaba, cualquier tristeza para mí recuerda esa tristeza arraigada adentro, adentro, adentro, donde no puede evitarse, donde no puede erradicarse. Yo no puedo alejar el objeto de mi tristeza porque tendría que morir y no quiero hacerlo, de todas formas va a pasar.

Hoy en la mañana pensaba en darme un balazo o dos, pero pensé que no sería capaz de jalar el gatillo. El que se mata no es dueño de su acto, por lo tanto no es dueño de sí, así que casi ningún suicidio vale nada, casi todos los comete un tonto que ni cuenta se da de lo que hizo, casi todos son grotescos, así que aquí sigo, hablando del dolor filosófico, hablando de la vida de una manera pobre y mala, hablando en contra de las historias que he contado y, sin embargo, así soy yo y no parezco estar dispuesto a cambiar.

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