Friday, August 12, 2005

Algo me hizo llorar en el metro

El martes salí de mi casa con cierta prisa como los últimos días. Caminé hacia la estación y vi el viejo teléfono que me recuerda que ya se me hace tarde para llegar a la escuela. Tomé el metro -en el vagón de hasta adelante como siempre- y abrí mi libro (alguno de Freud creo) y comencé a leer. Dos estaciones o una antes de chabacano -estación en la que me bajo del metro- la mujer que conducía el metro (nunca he entendido porqué debe haber un conductor, en fin) se bajó y se aproximó a nuestro vagón, lleveba, tomado de la mano, a un niño seguramente menor de los cuatro años, vestido de color naranja, absolutamente sin un cabello en la cabeza, muy delgado y pequeñito, quizá estaba enfermo (aunque es la imagen que siempre nos venden del niño enfermo de cáncer).

La mujer dijo: le hago entrega. Miré a quien se dirigía. Un chavo de corta edad, seguramente cuatro o cinco años menor que yo, moreno, un poco despistado que volteo hacia la mujer y dijo gracias.

El niño corrió hacia él y lo tomó de la mano, él preguntó: ¿cómo estuvo? Bien, respondió el pequeñito con una sonrisa un poco amarillenta muy simpática. Sus ojos brillaban, su cuerpo entero estaba feliz, parecía sorprendido por la vida, parecía pleno. Yo leía, otros dormían, algunos más veían los marcadores del fútbol o resultados de otros deportes, él, el niño, era feliz, tenía lo que casi nadie: un instante perfecto.

El que parecía ser su padre se inclinó -casi se sienta en el suelo- lo abrazó y lo llenó de besos. Jamás había visto yo tanta pasión en el besar. Lo abrazó y le volvió a preguntar: ¿te gustó) Sí, sí respondía el niño con la mirada brillante y la sonrisa aún más grande y el muchacho lo abrazaba más y más y lo besaba y lo amaba, estoy seguro, lo amaba.

En ese momento no pude menos que alegrarme mucho, mi corazón brincaba de un lado a otro en mi pecho y mis ojos no se quedaron atrás, cada uno soltó una lágrima, primero el izquierdo y el otro lo siguió. Me sequé rápido y, para mi fortuna, llegamos a mi estación. Me bajé entre unos vendedores de discos compactos que venían trabajando en el vagón. Las puertas se cerraron y no volví a saber nada de la pareja y no lo platiqué hasta ayer que se lo conté a Daniel y hoy que he decidido que debe estar aquí. A veces la vida es bella.

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