Monday, April 04, 2005

Ni una maldita luz en todo el jardín.

Dos semanas y un par de días habían marcado una diferencia en los últimos tres meses. Sin embargo, todo y quisiera decir que en veradad TODO, debía volver a la normalidad. Se despertó, una hora se había muerto como cada año, el tiempo de dormir había sido menor. Se leventó como cada día. Seleccionó la ropa que usaría ese día. Se bañó con el agua un poco más tibia que de costumbre. Lavó sus dientes. Salió a la calle.

El camino era el mismo, las calles si acaso cambiaban en el polvo y la tierra que diariamente se acumulaban en ellas, si acaso había algún perro nuevo callejeando por el rumbo (siempre los hay). La avenida igual de hostil que cada mañana cuando los usuarios de los caminos capitalinos tienen más prisa por llegar a sus centros laborales, no fue difícil atravesar. Las siguientes calles camino al metro trampoco cambiaron mucho, algunos hombres ya habían salido a mojar las banquetas para que no se levante el polvo y la tortillería ya tenía cola esperando. El teléfono por el que le llamaba diariamente estaba en el mismo lugar, esperando las monedas que serían depositadas antes de ligar su oido con la voz de sus sueños... esta vez ya no sería igual, si lo intentara ella no contestaría, ya no trabajaba ahí, ella estaba en casa, con él.

No había manera para encontrarla, su teléfono celular era siempre un riesgo porque registraba todos los números marcados y su esposo, nada curioso, seguramente intentaría saber quién había llamado a su mujer. No valía la pena intentarlo. Qué difícil se había vuelto esperar una llamada que se quería hacer, qué difícil depender de otro para realizar los deseos propios, pero si la quería debía esperar, debía, desgracia celestial, tener fé.

Ni una maldita luz en el jardín, nada que le hiciera pensar que la luna saldría para él esa noche. Habían pasado dos semanas y días de no escuchar su voz, quizá ella lo había olvidado. ¿Puede olvidarse el amor? ¿se puede dejar de amar por olvido? Si no fuera porque el tiempo le quita el ardor a la piel quemada por el sol estas preguntas le hubieran enloquecido, también el tiempo había pasado en su jardín. Ni una maldita luz en todo el jardín ni una llamada ni un correo y de todos modos, como decía su viejo amigo, la luna sigue ahí... en algún lugar, solo hay que esperar un poco, solo un poco.

Pero tampoco esa nuche hubo luna, tampoco esa noche apareció una luz para esperar mayor claridad el día siguiente.

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