El problema es que yo veo a una persona grande detrás de no sé qué que les veo en los ojos. Pienso que el hecho de que alguien -que puede crecer mucho- no lo haya hecho es porque no ha encontrado los caminos para ello; la verdad es que creo que es el punto en el que mi ego es una porquería gorda, gorda, porque siempe creo que yo puedo ofrecer los caminos a esas personas y por ello siempre termino con parásitos como muchos amigos que me he colgado en la vida.
Pero aún así creo (¿insistencia de la fe, de mi fe?), y es que la psicótica me conoció y terminó siendo grande en lo que escribía y pensaba, aunque después tiró su vida al carajo teniendo otro hijo (ella es muy buena para parasitarse) y hasta lo bautizó. No me gusta decir que ella o cualquiera llegó ahí por mi, pero creo que tuve algo que ver, por lo menos la hija de ella y que adopté durante cinco cortos años, aprendió, de alguna manera, a dudar de sí y quizá, aprendió a no odiar a las personas como hace su madre y el resto de su familia.
Pero ella no es la única, recuerdo a César Preciado (un nombre guardado en mi cabeza como otros que diré aquí, no sé por qué), él fue mi mejor amigo en el segundo año de secundaria; como a cualquier amigo, yo lo quería mucho, le brindé mi casa, mi familia, incluso mis juguetes, videojuegos y hasta mi hermano. Nos la pasábamos muy bien juntos, charlábamos y era muy relajado estar así; yo nunca fui un niño, ni un adolescente bebedor o fumador, no me gustaba vagar ni tocar timbres y echarme a correr y no lo dejaba todo por una niña o por un faje cualquiera. Pero él tenía miedo: en otra escuela él había sido golpeado un par de veces por algunos niños y tuvo que aprender a pelear, así fue como llego a nuestra pequeñita secundaria, lugar en el que eramos tan poquitos y tan fraternos (estábamos juntos desde la primaria y algunos desde el preescolar) que no buscábamos pelea; sin embargo, César llegó a pelear, a creer que tenía que defenderse, llegó con miedo. Quizá por eso nuestra amistad no duró, comenzó a ser amigo de los "rudos" del salón, los que comenzaban a fumar (delicados sin filtro) y los que tomában "muppets", los que tenían novias y besaban en la boca a las niñas; obviamente los que golpeaban a otros y jugaban rudo en el recreo. César dejó (cesó) de ser mi amigo, prefirió a todos ellos, prefirió la tensión de una vida de poses e imágenes y no es que tuviera que ser diferente, pero lo que yo le ofrecía era demasido limpio y demasiado propio. A mi mis padres no me enseñaron nada porque ellos no sabían nada, por eso nunca aprendí a estar a la moda y a comportarme en sociedad: soy, en verdad, un paria.
César no me habló más. Juntos habíamos hablado de ballenas y delfines, de tiburones y buceo, yo quería bucear con él, él había tomado clases de buceo y sabía hacerlo muy bien, viajaba algunas veces al año a diferentes playas a bucear con un grupo. Yo quería compartir eso con él, pero él quiso fumar delicados y tomar tequila con squirt. Dejó de hablarme y con mucho dolor yo tuve que dejar de hablarle a él y retirarme con mi cariño y mi confianza a otro lado (ah, el chavo dijo tantas cosas que yo le conté en secreto, quizá yo soy una niña). El último día de clases del segundo de secundaria, también último día de él en la escuela -no volvió al año siguiente- me dijo con lágrimas en los ojos (creo que sólo en uno), al menos fuimos amigos mucho tiempo... yo le di la mano y me fui. Ya no lo quería ni un poco.
Un año antes estaba JCC, a él lo recibí yo el primer día de clases en la secundaria. Nosotros llevábamos por lo menos seis años juntos, él era el nuevo y yo lo recibí y le abrí las puertas de mi vida. JCC vivía a la vuelta de mi casa, así que surgió una bonita amistad entre los dos; yo era muy pequeño, creo que a los trece años a penas pesaba 40 kilos y no medía ni un metro sesenta, él era de mi tamaño y también era delgadito. Le gustaban los joes y tenía muchísimos, igual que yo; me presentó a las inolvidables tortugas ninja y le fascinaban las patinetas. Yo nunca quise una patineta pero amaba platicar horas y horas con él de las suertes que sabía hacer en la patineta y de las marcas de tabla y ruedas que usaba, también hablábamos de música y de baile (le encantaba bailar). Yo le compartía caricaturas, comics pero, principalmente videojuegos; ambos teníamos nintendo y jugábamos con mucha pasión mario bros. No entiendo lo que pasó, quizá fue la llegada de Gustavo la que complicó todo, quizá fue que se hizo más popular entre las niñas, quizá fue que nuestros mundos dejaron de tocarse, no lo sé, pero él dejó de ser mi amigo. De hecho comenzó a ser muy hostil conmigo y siempre quería estarme pegando, pasaba y me zapeaba o me soltaba un golpe an cualquier lugar. Una vez yo jugaba con un amigo el el patio y, en un descuido mío, JCC me dió una patada en la cara, durísima, porque recuerdo haber perdido consciencia unos momentos. Yo prefería no pasar cerca de él y él pensó que yo le tenía miedo, de hecho oí cómo se lo dijo a unas compañeras: "vean, me tiene miedo". Yo no tenía miedo de JCC, una vez que le respondí los golpes, peleamos y estaba derrotándolo y cuando me vi sobre él sometiéndolo, lo solté y me acosté en el piso y me dejé golpear (yo no quería ganar, ya había perdido hace mucho). Yo no tenía miedo, tenía muchísimo cariño y era muy doloroso que mi mejor amigo se hubiera convertido en eso, que su amistad hacia mi hubiera desaparecido y sólo quedara una gana tremenda de dañarme: lo hizo, y lo hizo mucho. Uno año después apareció un tipo apeyidado Payán que era enorme y estaba muy fuerte y le pegó para que ya no me pegara, yo no quería que alguien le pegara, podía hacerlo yo mismo, quería que él supiera que lo había querido mucho. Su padre muere unos años después, en españa, lejos de su familia, él se hace cosumidor de marihuana, parece que mucho y su hermana, de la que estuve enamorado por lo menos dos años y a la que creo que yo le gustaba, se va de casa. No sé mucho de la historia después, creo que ahora vive en cancún y trabaja con delfines (a él siempre le gustaron los animales), de su madre y su hermana no sé nada, pero al final no sé si no supe quererlo bien o él no supo recibir lo que le ofrecía, pero dolió y recordarlo aún duele.
Humberto y Brnardo pasaron por el mismo lugar en mi corazón, Bernardo unos meses hasta que él mismo decidió pasar a otra cosa, pero Humberto, quién vivía igualmente cerca de mi casa, fue mi mejor amigo el último año de secundaria; como siempre le abri la puerta de casa y mis papás lo querían mucho, de hecho nuestros padres se hicieron amigos, lo que nos daba más tiempo para estar juntos. A él le conté todo, todo lo que me ocupaba en la vida: le dije que me gustaba Adriana y que me masturbaba y apenas conseguía poca leche (en verdad era pequeño, inmaduro quizá) y él, que era muy feo, quiso ser popular y utilizó cada confidencia para contarla públicamente. No es que yo no supiera cosas de él, pero yo era su amigo. Con él no terminan las cosas mal, yo decido guardarme lo mío pero no rompo la amistad con él; sin embargo , ya no era nada sólido el asunto, una vez terminada la escuela nos vimos un par de veces más y se acabó, nunca más volvimos a cruzar palabra, ni por teléfono ni por la cercanía de nuestras casas. Quizá sea yo el enfermo.
Podría alargar esta historia porque con las mujeres me ha ido igual, yo las quiero -como amigas- y al tiempo o abusan o me dicen que les gusto, en fin, esa será otra historia. El último en la lista se llama rf, es el único que me ha soportado y se ha soportado como mi amigo. Nos conocimos hace diciseis años y desde entonces no hay día que no sepamos el uno del otro; y no es que no haya habido malos momento entre nosotros, de hehco alguna vez terminamos a golpes (más bien él conmigo, yo lo abracé y le dije que no quería pelear con él, y de hecho, me escupió el loco). Sin embargo, sé que él me quiería, que no quería a nadie más que a mi y que no era por popularidad y miedo a lo social que se alejaba de mi. Somos, como se dice, almas gemelas, quizá; con él siento que puedo decir cualquier cosa y que él verá en mi lo que ni yo puedo ver, de hecho creo que él me respeta y le gusta lo que hago y cómo lo hago. Cuando lo conocí pensé que podía ser grande, no, pensé que era grande, grandísimo, un árbol gigantesco al que no se le veía fin (aún no se le ve fin, es enorme y yo siempre lo miro hacia arriba y aunque crezco él siemrpe será más y más alto). Yo pensé que podíamos ser grandes juntos y hemos hecho tanto, que él me ha enseñado que yo no estaba en un error, sólo en lugares equivocados.
Yo creo en la gente, yo creo que pueden ser grandes y por eso estoy con ellos y lo que ofrezco es un mundo en el que no pesan los prejuicios, que no hay nada obligatorio y en donde no nos afiliamos a nada ni a nadie; lejos del alcohol a lo bruto y del tabaco por pose, lejos de lo intelectual aunque siempre hablemos de libros, cine, pinturas y todo eso; un mundo lejos del dinero y las marcas y los lujos; un mundo donde el corazón y las ganas de estar juntos sean lo que intercambiemos.
Pero quizá la gente no soporte la libertad, quizá las personas necesiten de la pose y las pertenecias; o quizá -como algunas mujeres que he conocido y a las que he ofrecido este mundo- algunas personas necesiten atraer a otras personas, quizá necesiten ser deseadas y gustar. No lo sé. El mundo en el que vivo es un mundo en el que trato de que todos seamos iguales y estemos juntos sólo por estar, aunque comamos tacos al pastor y veamos caricaturas hasta las seis de la mañana del domingo; lo que quiero es gente que no cargue la vida, sino que quiera construirla y quizá, por eso, mi casa se llena de personas cada sábado aunque la distancia recorrida se mida en horas y las actividades no sean más que juegos, charla y televisión. Tal vez es por eso que algunas personas buscan mi amistad y quizá por eso es que yo sigo ofreciendo mi corazón, mi alma y mi hogar a cada persona que conozco, porque prefiero que me rompan el corazón (o alguna pertenecia) antes que desconfiar de las personas que detrás de sus ojos tienen ansioso un espíritu que quiere volar alto, alto y lejos. Sin embargo, el miedo y la necesidad de vivir en la norma hace que muchos de los que entran a casa salgan corriendo para siempre, como César, JCC, Humberto o Bernardo; como Paloma o Consuelo o Mariana o Rachel; o que incluso quieran dominar mi espíritu para siempre, como hizo la psicótica o LERS. Yo sigo abriendo la puerta, aunque me derrumbe mil veces, qué le voy a hacer, fue así que conocí a ji-man a rf y a la osa (que está en el límite pero que va a triunfar porque ella es muy, muy grande); así que no me retiro del intento y ni modo. Estoy contento de ser así.
Supongo que este post tiene un mensaje para una chica sudamericana que conocí recién, no lo había pensado hasta ahora: la puerta está abierta, tanto para entrar como para salir. La decisión no es mía.
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