Ayer estuve con mi abuela materna. Yo sé que nunca hablo de estas cosas ni conmigo pero fue una gran noche, aprendí muchas cosas y hoy quiero hablar de ello.
Tenía semanas que no la veía, de hecho, como en los últimos cinco o seis años la he visto como quince o veinte veces (¡a pesar de que vive a tres cuadras de mi casa!). Siempre me dice: "aunque sea acuerdate que tienes abuela para mentarme mi madre cuando pases por aquí, cabrón". Y así es, nunca paso por ahí, de hecho anoche necesitaba cambio para un taxi y fui a buscar a mi madre que vive en el mismo lugar y, cuando se arregló lo del taxi mi madre me dijo que mi abuela estaba muy enferma y que ya no se acordaba de las cosas. Prácticamente pintó un panorama de desolación y muerte que no fue muy agradable, pero en fin la noche es lo que importa.
Cuando la vi ella me habló de lo mucho que me extrañaba (nunca lo dice así), me dijo que hacía tanto que no iba a verla, yo le recordé que hacía como senmana y media que había pasado por ahí a hacer una llamada telefónica. No lo recordó, se esforzó pero no lo recordó. Así son los viejos, olvidan fácilmente lo reciente, ella se esforzó pero no lo logró, me pareció que se angustiaba mientras trataba de recordarlo. Mi madre intervino y el tema cambió.
Me recosté en la cama y le pregunté cómo estaba (aún le hablo de usted), ella dijo que bien y entonces habló de su edad: ochenta y tres años, en junio serán ochenta y cuatro... es hermoso. Supe entonces lo de sus kilos de menos, lo de su dificultad para caminar y que ella sabe que se le olvidan las cosas. Entonces como buen nieto le dije que esperaba diecisiete años para verla a los cien y entonces ella dijo: "NO, ya no para que quiero cien, yo ya estoy más pa' allá que pa' cá, yo ya me voy, ya estoy esperando, pa' que quiero que ni me pueda yo levantar, ya estuvo suave..." Entonces sentí una felíz-melancolía que no puedo explicar, jamás había visto a alguien ver a la muerte como si estuviera tan cerca, como si fuera una convidada a casa, como si hubiera cierto gusto en saberla cerca, como si la vida no exigiera más... terriblemente magnífico.
Entonces sucedió. Mi abuela tomó mi mano y me dijo -mi nieto concentido, al que más quiero y he querido. El único.- y, como nunca, no derramó ni una lágrima (ella siempre que hablábamos solía llorar, esta vez no), me dijo -¿te acuerdas cuando nos íbamos a taquear? Éste es quizá uno de los recuerdos más viejos que tengo en mi vida, yo tendría menos de tres años y medio, mi hermano aún no nacía y en orden de nietos él es el que sigue. Mi abuela me tomaba de la mano y me decía "vamos a echar un taco"; no sé cuánto caminaba pero para mí era bastante, era un camino eterno, pero no me cansaba iba con mi abuelita, me gustaba ver la calle, las rayas de la banqueta, los colores de las casas: había casas pintadas con un poco de color obscuro en la parte inferior, eran como blancas con una franja que iba del piso hasta como mi altura de un color más oscuro y coincidía con la franja de las siguientes casas; ahí yo llevaba mi mano, siguiendo las franjas un poco chuecas, justo en donde se unían los dos colores. Me gustaba también platicar con mi abuela del pastel, del taco, de mi mamá y de lo que fuera; me gustaba preguntarle todo: ella sabía que decir, me gustaba aprender palabras y repetirlas y pregutar su significado, eso hacía yo en el camino. Después llegábamos al mercado (ahora lo sé, está como a siete cuadras, las distancias del niño son enormes), en ese lugar me llevaba a la barbacoa, pedía un banco "alto para el niño", me daban un banco que era, por mucho, más grande que yo y entonces ella me cargaba y me sentaba en él y pedía un taco dorado y un consomé que me enfriaba soplándole y me lo daba de comer en la boca junto con mi taco dorado. Es chistoso que yo no recuerdo qué era lo que ella comía o si es que acaso comía, solo recuerdo mi comida, a mí sentado pero no a ella.
Rato después recorríamos el mismo camino de regreso a casa, pero en el camino había una pastelería y éste era el momento más feliz del viaje. Me decía -¿quieres un pastelito hijito? Yo sabía que preguntaría, incluso creo que en algún momento hasta lo pedía yo mismo. Ahí estaba la pastelería, el refrigerador de esos que se inclinan hacia adentro y dejan ver lo que hay dentro porque son casi puro cristal de enfrente, el refrigerador me enseñaba el pastelito que yo quería: uno de chocolate, como del tamaño de mis dos manos, todo cubierto de chocolote frío y duro por todos lados... mi abuelita me quería, siempre me compraba de ese y el señor de la pastelería lo sabía, todos lo sabíamos y todos, hasta el sol, eramos felices.
Ella se acordó ayer y no lloró, ella me lo platicó y me abrazó y recordó, justo después de la muerte de Rigo Tovar, que a mí me gustaba el sirenito y que ella me compró el disco para que lo oyera... lo recuerdo, me abrazaba, pegaba a su vientre y bailaba conmigo... yo era muy feliz.
Ayer ella no lloró y me parece que de alguna manera se despidió de mí, me dijo lo que jamás me había dicho pero yo siempre supe: que yo era el nieto al que más quería. Yo no le dije que era la abuela a la que más quería, pero ella lo sabe.
Jamás había visto la muerte hablar en boca de alguien, jamás había visto que en esta vida hasta la muerte es bella, jamás me había dado cuenta de que esa mujer tocó mi existencia y aunque deje de existir yo llevaré a mi abuela adonde yo quiera... esa es la belleza de la muerte.
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1 comment:
tu sabes quien soy y no mames si que dolio
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