Yo creí en el psicoanálisis, yo creí en el amor, yo creí en la familia, creí en el conocimiento, creí en mis padres, creí en mis abuelos, creí en la escuela y el trabajo, creí en Diós, los ángeles y el demonio, creí en las noticias, en la tele y los periódicos, creí en la información. Yo creí en la verdad y entonces creí en las mentiras, creí con fuerza en la sinceridad y creí en los otros; creí en cada persona y en los grupos de personas, creí en la fuerza de la masa y en las ganas de libertad: yo creí en la libertad y luché por ella. Yo creí que estábamos juntos, tú, yo, todos; que cuidábamos unos de otros, que eran pocos los que hundían y muchos los que lo evitaríamos tarde o temprano. Yo creí en la políticay en el liderazgo, creí en la filosofía, creí en la pintura y creí en la música, más que nada creí en la música y entonces hice un grupo y creí en él y así creí que las personas querían algo nuevo para crear algo nuevo y ellos quisieron afiliarse a lo que fuera; creí que éramos cazadores y no carroñeros -o carroña. Yo creí en mí y en ti y en ellos y en todos y en muchos más; creí en los reyes magos y en el pecado, creí en la libertad sexual y en la fidelidad, creí que las parejas eran de a dos y de sexo contrario y luego creí que yo no necesitaba creer en eso y creí que todos lo habíamos dejado atrás juntos y emprendí la marcha junto a todos y creí que corríamos juntos porque yo creí que éramos iguales. Y creí en el pasado y en le sabor de lo viejo y creí en el futuro y en el placer de lo nuevo y creí en el presente y leí libros y di besos y destendí camas y comí tacos y caminé por calles y produje dinero y lo gasté y compre cosas y me corté el cabello y me puse arracadas y vi caricaturas y muchas películas que ya ni recuerdo y creí tanto y tanto que prometí, me prometí y le prometí a otros; yo creía tanto en tanto que me atreví a hacer promesas de eternidad, de prosperidad, de mañana y del resto de la vida. Fui tan creyente, pero tan creyente que miré al frente y tuve esperanza -legado maldito de Pandora- y la llevé a todos lados y la almorcé, comí y merendé y la empaqueté y comencé aregalarla por montones a gente hambrienta de lo mismo... y me odié.
Y me odié tanto que cada vez que miraba atrás odiaba lo que había hecho, las formas de libertad, los permisos que daba y que me daba, las palabras que usaba, los cuentos que contaba; odié más las promesas que hacía y el esfuerzo que ponía en cumplirlas y cómo dejaba año tras año cumpliendo para soportar mi creencia, porque si los otros podían seguir creyendo yo estaba tranquilo aunque yo ya casi no creyera. Odié tanto el ser creyente, creyente de Diós, de ti, de todos, de ellos, de mis padres, de mi, que resultó insoportable estar conmigo día a día, mes y año; odié ser yo y hubiera odiado igual ser otro porque lo odié todo: el psicoanálisis y el amor y la música y la pintura y la escuela y el saber y los libros y la política y la libertad y la esclavitud. Lo odié todo.
Y esta mañana miré hacia atrás y vi que creí y que luego odié y que odiar no era más que seguir creyendo. Y pude ver que creer me había ayudado a dejar de creer (tal vez casi completamente). Y descubrí que nunca creí en la amistad y siempre tuve amigos y cada uno de ellos está aún conmigo y me abrazan cada que los veo y hablamos y hablamos y hablamos de lo que nos gusta, pero más de lo que no nos gusta de estar aquí. Y dejé de creer que todos quieren los mismo, que todos piensan la amistad como yo lo hago, y decidí compartirlo con cualquiera y me impresiona qué poca gente quiere acepta este viaje; pero cada uno de los que se han subido a la nave gozan la compañía en la soledad a la que estamos condenados. Y hoy sólo, solo espero que nadie se baje.
Saturday, February 28, 2009
Monday, February 23, 2009
Sunday, February 22, 2009
The promise land
Hace tanto que me prometieron eso... Siempre pensando: "hay algo más", "tiene que haber algo más", "no podemos estar reducidos sólo a esto".
A mi no me gusta aquí, nunca me ha gustado y no creo que llegue a gustarme. Está tan lleno de ciegos y de destino; está tan lleno de mi a donde quiera que voy; tan lleno de milenios de otros hombres que viven en cada palabra que digo, en cada cosa que siento. ¡Cansa!
Pero me gusta mucho Pink Floyd y el Fender fretless que me mira recargado en la pared de la sala de mi casa esperando que los cobardes de mis amigos se den cuenta que ya estamos llegando a la mitad del camino y que el resto será más rápido. Me gusta leer. Borges -desgraciado argentino- me roba horas de la vida mientras me muestra que yo no he leído jamás. Y me gusta comer, me gusta mucho comer y soy un miserable ser humano que no sabe de comida más allá de la masa de maíz que devora todo lo que tragamos en este país tercermundista.
Y sin embargo no me voy, no sé por qué no me voy, no entiendo por qué no me he ido. Y sin embargo, espero a Radiohead en un mes y a David Gilmour en una vida y a Love and Rockets en la guitarra de rf a quien junto con aa también espero, anhelo y extraño. Y espero que aquí ya no pese más y que allá sea también más ligero y que más allá un avión se desplome mientras wish you were here retumbe en mi corazón como siempre.
Pero nada pasa. Voy a bañarme como todos los días y a lavar mis dientes porque hay otros que no me soportarían de otra manera. Voy a salir a la calle y volveré con ropa nueva, como si el huracán no estuviera en cada célula de un cuerpo que ya ni siquiera es mío... ¡Extraño ser adolescente!
A mi no me gusta aquí, nunca me ha gustado y no creo que llegue a gustarme. Está tan lleno de ciegos y de destino; está tan lleno de mi a donde quiera que voy; tan lleno de milenios de otros hombres que viven en cada palabra que digo, en cada cosa que siento. ¡Cansa!
Pero me gusta mucho Pink Floyd y el Fender fretless que me mira recargado en la pared de la sala de mi casa esperando que los cobardes de mis amigos se den cuenta que ya estamos llegando a la mitad del camino y que el resto será más rápido. Me gusta leer. Borges -desgraciado argentino- me roba horas de la vida mientras me muestra que yo no he leído jamás. Y me gusta comer, me gusta mucho comer y soy un miserable ser humano que no sabe de comida más allá de la masa de maíz que devora todo lo que tragamos en este país tercermundista.
Y sin embargo no me voy, no sé por qué no me voy, no entiendo por qué no me he ido. Y sin embargo, espero a Radiohead en un mes y a David Gilmour en una vida y a Love and Rockets en la guitarra de rf a quien junto con aa también espero, anhelo y extraño. Y espero que aquí ya no pese más y que allá sea también más ligero y que más allá un avión se desplome mientras wish you were here retumbe en mi corazón como siempre.
Pero nada pasa. Voy a bañarme como todos los días y a lavar mis dientes porque hay otros que no me soportarían de otra manera. Voy a salir a la calle y volveré con ropa nueva, como si el huracán no estuviera en cada célula de un cuerpo que ya ni siquiera es mío... ¡Extraño ser adolescente!
Friday, February 13, 2009
marcelo: te odio
¿tráfico? Es ridícula esa palabra cuando uno trata de viajar hacia cualquier lado cercano al ex circuito interior, hoy llamado circuito bicentenario. Tres horas de la roma a polanco y de regreso: es un insulto. Todavía se quejan de la contingencia, si tienen a los coches estacionados diez o quince veces más de lo que estarían si no hubiera obras... Cerdos los odio.
Wednesday, February 11, 2009
Sí, soy un perverso
AJ pasó diez años a lado de JA, en ese tiempo algo resultó constante: Usted -decía el psicoanalista- es un perverso. Usted tiene problemas con la ley... en fin. Creo que JA es en verdad un perverso; JA no cree en la ley, no la respeta y no piensa en ella como algo inquebrantable. Para JA la ley no existe. Quizá por eso ha buscado una relación diferente a la de amo con todos los que hasta hoy han decidido acompañarlo; tal vez es por ello que se ha esforzado por nunca ser padre o maestro o psicoanalista. JA ha invitado a cada persona a acompañarse con él y con otros, ha apostado por no ser maestro sino un simple hombre más que se pregunta por la humanidad entera en sí mismo. Quizá por eso JA sea una risotada y AJ no sea más que una queja.
Heidegger
A la sombra de un árbol, con el sol a plomo y un montón de gente paseando alrededor, la intensidad de un hombre comentando a Nietszche me hizo sentir que valía la pena agarrar un libro otra vez. No sé, muchos colores esta tarde, mucho verde y mucho amarillo, hacía meses que no pasaba de un gris opaco a un azul insípido, pero hoy Zaratustra habló de nuevo.
Saturday, January 03, 2009
Tuesday, December 30, 2008
Friday, December 26, 2008
me di cuenta
Ya no llega el domingo, no veo los dos partidos oficiales de futbol de ese día (no más chivas del tuca). Ya no voy con mi padre y mi hermano al burger boy a comer dos paquetes de chiken boy con esa salsita que poco a poco he olvidado. Hoy ya no regreso a casa a las seis de la tarde, ni tomo la tsubame y manejo hasta el ajusco; ya no paso la tarde besando y acariciando a una treceañera que usa bikers porque sabe que me enloquecen; ya no me cuido de tocarla mientras sus padres ven la televisión en la recámara justo arriba de la sala en la que conocíamos, al mismo tiempo, el cuento del amor y el ceunto del sexo. Ya no se oscurece mientras me hiere tener que irme y esperar ocho días más para verla. Ya no nos besamos una hora más afuera de su casa antes de que le griten para que me vaya. Ya no tomo el coche familiar y trato de romper mi record de veintidos minutos de la puerta del cielo a la puerta de mi casa. Ya no llego a encontrarme con el flaco melindroso de mi hermano. Ya no vamos por unos tacos con juan para cenar él, mi papá, la perra y yo. Ya no jugamos hasta la madrugada Dragon Ball o Street Fighter, recorriendo todos los escenarios de principio a fin y de regreso, acumulando triunfos para ver si Chun Li o Ryu dominaban la noche. Ya no hay un lunes de escuela que soportar con la energía del fin de semana.
Por cierto, no me gusta escribir así.
Por cierto, no me gusta escribir así.
Monday, December 15, 2008
No pasa nada
Hace ya como veinte minutos, justo después de terminar de preparar la comida de mañana, subí a la azotea del pequeño edificio en el que vivo. Mientras subía, una curiosa idea asaltaba mi cabeza, pensaba que al atravesar la puerta al final de la escalera encontraría a un hombre vestido de negro, de pie, dándome la espalda, encendiendo un cigarrillo; no pensaba en qué tipo de hombre sería, quizá un maleante, tal vez un superheroe o sólo alguien que me encomendaría una misión secreta. Atravesé la puerta y no había nada, excepto mi ridículamente cara y hermosa sudadera de Pink Floyd secándose a la luz de la luna que, a diferencia del sol, no se roba los colores.
La aventura recién comenzaba, tenía que acercarme para ver si la sudadera estaba seca o habría que esperar hasta mañana: estaba casi lista, pero decidí dejarla hasta el amanecer. Además de eso no había nada, sólo silencio, ni siquiera el par de murciélagos que he visto un par de veces en los últimos meses habían venido por algunos de los centenares de insectos que se juntan bajo las luces callejeras. La ciudad, como siempre estaba iluminada hasta el hartazgo. Un par de autos se escuchaban sobre la avenida que casi todo el tiempo permanecía solitaria. Seguramente, en algún lugar, alguien está siendo asesinado, una casa es robada y algunas decenas de hombres que ya no tienen otra cosa se embriagan hasta la locura. Algunos niños duermen, aunque mientras más cerca están las vacaciones y las fiestas de diciembre el sueño les llega con mayor dificultad (muchos aún tienen superheroes).
Aunque he estado enfermo un par de semanas, decidí mantenerme un rato en mi pequeña cumbre y observar. Como cuando era niño no me quedó más que voltear al cielo, ya sin miedo de caerme para arriba, aunque permanecí sujeto a un mecate todo el tiempo. Orión estaba arriba de mí; él es, por mucho, la única constelación que verdaderamente conozco, creo que porque se ve todo el año.
Desde muy pequeño mi vista ha sido mala, soy heredero de ese mal que afecta a un montón de seres humanos, tengo miopía aderezada con astigmatismo, por ello nunca he podido ver bien las estrellas y los lentes con todo y sus crecientes graduaciones no han sido de gran ayuda. Sin embargo, me esfuerzo. Algunas zonas del ojo son excelentes para mirar -quizá porque somos un animal presa más que uno cazador- y así es como he conocido a la más pequeña de las Pléyades.
Hace ya tanto tiempo, dos décadas y unos años más, yo quería ser "marciano", después astronauta. Lo que quería era salir del planeta, caerme para arriba, tomar un vuelo hacia donde todo es negro y millones de estrellas posan sus ojos sobre el pequeño insecto que se ha desprendido de la piedra azul. Quería viajar, viajar muy lejos, a otros mundos, a otros colores, no colores como los que la luna no se roba, sino colores como en las fotos que mostraban nueve planetas volando al rededor del sol; quería flotar como los de la tele, pisar la luna blanca y brillosa, tan pequeña que la atravesaría corriendo mientras la gente miraba desde la tierra: al fin y al cabo era un niño.
Pero no me caí para arriba, el mecate me detenía y pude mirar -así como en uno de esos días en los que mis ojos trabajan mejor- una estrella al lado izquierdo de Orión; estaba muy, muy grande y era azul. ¡Maravilloso! era azul. Desde muy pequeño me enseñaron que las estrellas azules son de fuego, como el sol y las rojas son cuerpos helados, pero como mis ojos son muy malos nunca he visto más que blancos en el cielo, sólo que hoy vi una estrella azul, muy azul.
Me quedé observando un rato, hacía mucho frío, pero mi primer color en el cielo era cautivador. Habrán pasado un par de minutos cuando descubrí que ningún dragón bajaba del cielo, no había caballeros peleando una gran guerra por la supervivencia de los hombres; no existía manera de que volteara y viera una bestia gigantesca con los ojos rojos de furia alardeando de su poder frente a un grupo de aldeanos débiles que se preparan para morir como héroes. Tampoco pude encontrar un hombre murciélago buscando a un tétrico personaje sacado de una baraja: esta noche no había nada espectacular, no había una aventura, no un ejército de caballeros, de valientes; el espacio no bajaba, yo no me caía para arriba (ya ni siquiera soy capaz de esa intensa sensación); lo único que había era mi sudadera a medio secar, reposando bajo la blanca luz de la luna que aún se ríe del tiempo de los hombres; con su conejo estampado desde que yo era un niño de primaria y el grito desesperado que Luis me enseñó cuando estaba en la universidad. La estrella azul tal vez ya ni existía y el cinturón de Orión ni siquiera existe. Nadie se cae para arriba.
Abajo me esperaba el planeta tierra: un reportero que le avienta un zapato a uno de los cerdos más grandes que ha conocido el tiempo de la civilización; miles de secuestros anuales sólo en mi ciudad; una supuesta crisis económica que va a causar hambre a quienes producen la comida y mayor riqueza a quienes la tragan. Abajo sólo está la desesperanza de un planeta que no tiene héroes, hombres que estén dispuestos a dar la vida por la humanidad, a inscribirse en el mundo como la huella que termine con este régimen de terror en el que vivimos desde que los burgueses mataron a los monarcas. Atravesando la puerta, está la noticia de un nuevo campeón del futbol mexicano, la tarea pendiente y una escuela que, como toda buena escuela, me aleja de mi. Al final de la escalera están los problemas económicos, la navidad, zapatos que quisiera aventarle al infame presidente vendeculos que me hace no querer tener patria; litros falsos de gasolina; kilos de tres cuartos en la tienda; imbéciles que retan a otros imbéciles a pelear porque no los dejan pasar en el automóvil o entrar al metrobús; profesores de química que reprueban a los niños porque no soportan que alguien tenga una vida mejor a la de ellos; salarios miserables; contratos semanales; despidos para ahorrar; la deuda de un supermercado que pagaremos todos y que destruirá el fin de año de algunos empleados; quiebras falsas de las compañías automotrices; narcotraficantes y policías que se divierten con la libertad que el poder y el terror les dan; una clase media que se extingue; millones de hombres que tienen miedo a morir libres y que prefieren vivir esclavos de un fantasma; abusos, abusos y más abusos; ignorancia; la muerte verdadera de Marx, Nietszche y Freud; la incomprensión de Lacan, Heidegger y Foucault; reporteros de deportes que hablan como si nada pasara afuera de los estadios de soccer; contaminación; el recuerdo de un águila que no vuela más en el sur de la ciudad; un año más treinta; horas para dormir, muchas horas para dormir; un artículo que no quiero reescribir; un niño que quiere una lonchera; un corte de cabello y el riesgo latente de ser asaltado, secuestrado o asesinado por un novato en el crimen, de los que cada día hay más.
Atrás no hay más que una estrella azul que tal vez ya no existe, un universo que nunca conoceré de cerca, una infancia que he luchado por no dejar que termine pero que cada año me cuesta más trabajo soportar, pero ¿es que nadie se cae para arriba?
La aventura recién comenzaba, tenía que acercarme para ver si la sudadera estaba seca o habría que esperar hasta mañana: estaba casi lista, pero decidí dejarla hasta el amanecer. Además de eso no había nada, sólo silencio, ni siquiera el par de murciélagos que he visto un par de veces en los últimos meses habían venido por algunos de los centenares de insectos que se juntan bajo las luces callejeras. La ciudad, como siempre estaba iluminada hasta el hartazgo. Un par de autos se escuchaban sobre la avenida que casi todo el tiempo permanecía solitaria. Seguramente, en algún lugar, alguien está siendo asesinado, una casa es robada y algunas decenas de hombres que ya no tienen otra cosa se embriagan hasta la locura. Algunos niños duermen, aunque mientras más cerca están las vacaciones y las fiestas de diciembre el sueño les llega con mayor dificultad (muchos aún tienen superheroes).
Aunque he estado enfermo un par de semanas, decidí mantenerme un rato en mi pequeña cumbre y observar. Como cuando era niño no me quedó más que voltear al cielo, ya sin miedo de caerme para arriba, aunque permanecí sujeto a un mecate todo el tiempo. Orión estaba arriba de mí; él es, por mucho, la única constelación que verdaderamente conozco, creo que porque se ve todo el año.
Desde muy pequeño mi vista ha sido mala, soy heredero de ese mal que afecta a un montón de seres humanos, tengo miopía aderezada con astigmatismo, por ello nunca he podido ver bien las estrellas y los lentes con todo y sus crecientes graduaciones no han sido de gran ayuda. Sin embargo, me esfuerzo. Algunas zonas del ojo son excelentes para mirar -quizá porque somos un animal presa más que uno cazador- y así es como he conocido a la más pequeña de las Pléyades.
Hace ya tanto tiempo, dos décadas y unos años más, yo quería ser "marciano", después astronauta. Lo que quería era salir del planeta, caerme para arriba, tomar un vuelo hacia donde todo es negro y millones de estrellas posan sus ojos sobre el pequeño insecto que se ha desprendido de la piedra azul. Quería viajar, viajar muy lejos, a otros mundos, a otros colores, no colores como los que la luna no se roba, sino colores como en las fotos que mostraban nueve planetas volando al rededor del sol; quería flotar como los de la tele, pisar la luna blanca y brillosa, tan pequeña que la atravesaría corriendo mientras la gente miraba desde la tierra: al fin y al cabo era un niño.
Pero no me caí para arriba, el mecate me detenía y pude mirar -así como en uno de esos días en los que mis ojos trabajan mejor- una estrella al lado izquierdo de Orión; estaba muy, muy grande y era azul. ¡Maravilloso! era azul. Desde muy pequeño me enseñaron que las estrellas azules son de fuego, como el sol y las rojas son cuerpos helados, pero como mis ojos son muy malos nunca he visto más que blancos en el cielo, sólo que hoy vi una estrella azul, muy azul.
Me quedé observando un rato, hacía mucho frío, pero mi primer color en el cielo era cautivador. Habrán pasado un par de minutos cuando descubrí que ningún dragón bajaba del cielo, no había caballeros peleando una gran guerra por la supervivencia de los hombres; no existía manera de que volteara y viera una bestia gigantesca con los ojos rojos de furia alardeando de su poder frente a un grupo de aldeanos débiles que se preparan para morir como héroes. Tampoco pude encontrar un hombre murciélago buscando a un tétrico personaje sacado de una baraja: esta noche no había nada espectacular, no había una aventura, no un ejército de caballeros, de valientes; el espacio no bajaba, yo no me caía para arriba (ya ni siquiera soy capaz de esa intensa sensación); lo único que había era mi sudadera a medio secar, reposando bajo la blanca luz de la luna que aún se ríe del tiempo de los hombres; con su conejo estampado desde que yo era un niño de primaria y el grito desesperado que Luis me enseñó cuando estaba en la universidad. La estrella azul tal vez ya ni existía y el cinturón de Orión ni siquiera existe. Nadie se cae para arriba.
Abajo me esperaba el planeta tierra: un reportero que le avienta un zapato a uno de los cerdos más grandes que ha conocido el tiempo de la civilización; miles de secuestros anuales sólo en mi ciudad; una supuesta crisis económica que va a causar hambre a quienes producen la comida y mayor riqueza a quienes la tragan. Abajo sólo está la desesperanza de un planeta que no tiene héroes, hombres que estén dispuestos a dar la vida por la humanidad, a inscribirse en el mundo como la huella que termine con este régimen de terror en el que vivimos desde que los burgueses mataron a los monarcas. Atravesando la puerta, está la noticia de un nuevo campeón del futbol mexicano, la tarea pendiente y una escuela que, como toda buena escuela, me aleja de mi. Al final de la escalera están los problemas económicos, la navidad, zapatos que quisiera aventarle al infame presidente vendeculos que me hace no querer tener patria; litros falsos de gasolina; kilos de tres cuartos en la tienda; imbéciles que retan a otros imbéciles a pelear porque no los dejan pasar en el automóvil o entrar al metrobús; profesores de química que reprueban a los niños porque no soportan que alguien tenga una vida mejor a la de ellos; salarios miserables; contratos semanales; despidos para ahorrar; la deuda de un supermercado que pagaremos todos y que destruirá el fin de año de algunos empleados; quiebras falsas de las compañías automotrices; narcotraficantes y policías que se divierten con la libertad que el poder y el terror les dan; una clase media que se extingue; millones de hombres que tienen miedo a morir libres y que prefieren vivir esclavos de un fantasma; abusos, abusos y más abusos; ignorancia; la muerte verdadera de Marx, Nietszche y Freud; la incomprensión de Lacan, Heidegger y Foucault; reporteros de deportes que hablan como si nada pasara afuera de los estadios de soccer; contaminación; el recuerdo de un águila que no vuela más en el sur de la ciudad; un año más treinta; horas para dormir, muchas horas para dormir; un artículo que no quiero reescribir; un niño que quiere una lonchera; un corte de cabello y el riesgo latente de ser asaltado, secuestrado o asesinado por un novato en el crimen, de los que cada día hay más.
Atrás no hay más que una estrella azul que tal vez ya no existe, un universo que nunca conoceré de cerca, una infancia que he luchado por no dejar que termine pero que cada año me cuesta más trabajo soportar, pero ¿es que nadie se cae para arriba?
Friday, December 05, 2008
C.
Ayer estuve charlando con una persona con la que no me había dado cuenta que tengo una pequeña amistad desde hace varios años. Nunca le he escrito ni dicho nada, sin embargo, ella conoce la historia de este blog y fue la primera persona que lo leyó, de hecho siguió los pequeños textos que yo escribía durante el primer año. Creo que aunque jamás comentó nada directamente en este espacio, platicamos cada unop de los posts juntos y conoció cada historia detrás.
¿Somos amigos? No lo sé, pero no es una persona indiferente para mi; no sé si sufriría el no verla nuevamente como pasaría con he man o con rf pero creo que sí me gustaría que tuviera una buena vida, que estudiara y pudiera construir una futuro relajado. Creo que también me gustaría un día poder sentarme a platicar con ella y recordar aqullos meses en los que (¡ni yo lo sabía!) era mi confidente, la persona con la que más platicaba.
Te aprecio mucho C. y creo que mereces este breve comentario.
¿Somos amigos? No lo sé, pero no es una persona indiferente para mi; no sé si sufriría el no verla nuevamente como pasaría con he man o con rf pero creo que sí me gustaría que tuviera una buena vida, que estudiara y pudiera construir una futuro relajado. Creo que también me gustaría un día poder sentarme a platicar con ella y recordar aqullos meses en los que (¡ni yo lo sabía!) era mi confidente, la persona con la que más platicaba.
Te aprecio mucho C. y creo que mereces este breve comentario.
Casi no me reconozco
Entre ayer y hoy me puse a leer posts viejos de este "mi blog" y en verdad hay muchos en los que no me reconozco, de hecho parece que los hubiera escrito otra persona y no sólo eso, muchos posts me resultan detestables, absurdos, redundantes y qué carajo traía yo con eso del amor en alguna época... no, no me gusta.
Thursday, November 27, 2008
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