Ya no llega el domingo, no veo los dos partidos oficiales de futbol de ese día (no más chivas del tuca). Ya no voy con mi padre y mi hermano al burger boy a comer dos paquetes de chiken boy con esa salsita que poco a poco he olvidado. Hoy ya no regreso a casa a las seis de la tarde, ni tomo la tsubame y manejo hasta el ajusco; ya no paso la tarde besando y acariciando a una treceañera que usa bikers porque sabe que me enloquecen; ya no me cuido de tocarla mientras sus padres ven la televisión en la recámara justo arriba de la sala en la que conocíamos, al mismo tiempo, el cuento del amor y el ceunto del sexo. Ya no se oscurece mientras me hiere tener que irme y esperar ocho días más para verla. Ya no nos besamos una hora más afuera de su casa antes de que le griten para que me vaya. Ya no tomo el coche familiar y trato de romper mi record de veintidos minutos de la puerta del cielo a la puerta de mi casa. Ya no llego a encontrarme con el flaco melindroso de mi hermano. Ya no vamos por unos tacos con juan para cenar él, mi papá, la perra y yo. Ya no jugamos hasta la madrugada Dragon Ball o Street Fighter, recorriendo todos los escenarios de principio a fin y de regreso, acumulando triunfos para ver si Chun Li o Ryu dominaban la noche. Ya no hay un lunes de escuela que soportar con la energía del fin de semana.
Por cierto, no me gusta escribir así.
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