Hace ya como veinte minutos, justo después de terminar de preparar la comida de mañana, subí a la azotea del pequeño edificio en el que vivo. Mientras subía, una curiosa idea asaltaba mi cabeza, pensaba que al atravesar la puerta al final de la escalera encontraría a un hombre vestido de negro, de pie, dándome la espalda, encendiendo un cigarrillo; no pensaba en qué tipo de hombre sería, quizá un maleante, tal vez un superheroe o sólo alguien que me encomendaría una misión secreta. Atravesé la puerta y no había nada, excepto mi ridículamente cara y hermosa sudadera de Pink Floyd secándose a la luz de la luna que, a diferencia del sol, no se roba los colores.
La aventura recién comenzaba, tenía que acercarme para ver si la sudadera estaba seca o habría que esperar hasta mañana: estaba casi lista, pero decidí dejarla hasta el amanecer. Además de eso no había nada, sólo silencio, ni siquiera el par de murciélagos que he visto un par de veces en los últimos meses habían venido por algunos de los centenares de insectos que se juntan bajo las luces callejeras. La ciudad, como siempre estaba iluminada hasta el hartazgo. Un par de autos se escuchaban sobre la avenida que casi todo el tiempo permanecía solitaria. Seguramente, en algún lugar, alguien está siendo asesinado, una casa es robada y algunas decenas de hombres que ya no tienen otra cosa se embriagan hasta la locura. Algunos niños duermen, aunque mientras más cerca están las vacaciones y las fiestas de diciembre el sueño les llega con mayor dificultad (muchos aún tienen superheroes).
Aunque he estado enfermo un par de semanas, decidí mantenerme un rato en mi pequeña cumbre y observar. Como cuando era niño no me quedó más que voltear al cielo, ya sin miedo de caerme para arriba, aunque permanecí sujeto a un mecate todo el tiempo. Orión estaba arriba de mí; él es, por mucho, la única constelación que verdaderamente conozco, creo que porque se ve todo el año.
Desde muy pequeño mi vista ha sido mala, soy heredero de ese mal que afecta a un montón de seres humanos, tengo miopía aderezada con astigmatismo, por ello nunca he podido ver bien las estrellas y los lentes con todo y sus crecientes graduaciones no han sido de gran ayuda. Sin embargo, me esfuerzo. Algunas zonas del ojo son excelentes para mirar -quizá porque somos un animal presa más que uno cazador- y así es como he conocido a la más pequeña de las Pléyades.
Hace ya tanto tiempo, dos décadas y unos años más, yo quería ser "marciano", después astronauta. Lo que quería era salir del planeta, caerme para arriba, tomar un vuelo hacia donde todo es negro y millones de estrellas posan sus ojos sobre el pequeño insecto que se ha desprendido de la piedra azul. Quería viajar, viajar muy lejos, a otros mundos, a otros colores, no colores como los que la luna no se roba, sino colores como en las fotos que mostraban nueve planetas volando al rededor del sol; quería flotar como los de la tele, pisar la luna blanca y brillosa, tan pequeña que la atravesaría corriendo mientras la gente miraba desde la tierra: al fin y al cabo era un niño.
Pero no me caí para arriba, el mecate me detenía y pude mirar -así como en uno de esos días en los que mis ojos trabajan mejor- una estrella al lado izquierdo de Orión; estaba muy, muy grande y era azul. ¡Maravilloso! era azul. Desde muy pequeño me enseñaron que las estrellas azules son de fuego, como el sol y las rojas son cuerpos helados, pero como mis ojos son muy malos nunca he visto más que blancos en el cielo, sólo que hoy vi una estrella azul, muy azul.
Me quedé observando un rato, hacía mucho frío, pero mi primer color en el cielo era cautivador. Habrán pasado un par de minutos cuando descubrí que ningún dragón bajaba del cielo, no había caballeros peleando una gran guerra por la supervivencia de los hombres; no existía manera de que volteara y viera una bestia gigantesca con los ojos rojos de furia alardeando de su poder frente a un grupo de aldeanos débiles que se preparan para morir como héroes. Tampoco pude encontrar un hombre murciélago buscando a un tétrico personaje sacado de una baraja: esta noche no había nada espectacular, no había una aventura, no un ejército de caballeros, de valientes; el espacio no bajaba, yo no me caía para arriba (ya ni siquiera soy capaz de esa intensa sensación); lo único que había era mi sudadera a medio secar, reposando bajo la blanca luz de la luna que aún se ríe del tiempo de los hombres; con su conejo estampado desde que yo era un niño de primaria y el grito desesperado que Luis me enseñó cuando estaba en la universidad. La estrella azul tal vez ya ni existía y el cinturón de Orión ni siquiera existe. Nadie se cae para arriba.
Abajo me esperaba el planeta tierra: un reportero que le avienta un zapato a uno de los cerdos más grandes que ha conocido el tiempo de la civilización; miles de secuestros anuales sólo en mi ciudad; una supuesta crisis económica que va a causar hambre a quienes producen la comida y mayor riqueza a quienes la tragan. Abajo sólo está la desesperanza de un planeta que no tiene héroes, hombres que estén dispuestos a dar la vida por la humanidad, a inscribirse en el mundo como la huella que termine con este régimen de terror en el que vivimos desde que los burgueses mataron a los monarcas. Atravesando la puerta, está la noticia de un nuevo campeón del futbol mexicano, la tarea pendiente y una escuela que, como toda buena escuela, me aleja de mi. Al final de la escalera están los problemas económicos, la navidad, zapatos que quisiera aventarle al infame presidente vendeculos que me hace no querer tener patria; litros falsos de gasolina; kilos de tres cuartos en la tienda; imbéciles que retan a otros imbéciles a pelear porque no los dejan pasar en el automóvil o entrar al metrobús; profesores de química que reprueban a los niños porque no soportan que alguien tenga una vida mejor a la de ellos; salarios miserables; contratos semanales; despidos para ahorrar; la deuda de un supermercado que pagaremos todos y que destruirá el fin de año de algunos empleados; quiebras falsas de las compañías automotrices; narcotraficantes y policías que se divierten con la libertad que el poder y el terror les dan; una clase media que se extingue; millones de hombres que tienen miedo a morir libres y que prefieren vivir esclavos de un fantasma; abusos, abusos y más abusos; ignorancia; la muerte verdadera de Marx, Nietszche y Freud; la incomprensión de Lacan, Heidegger y Foucault; reporteros de deportes que hablan como si nada pasara afuera de los estadios de soccer; contaminación; el recuerdo de un águila que no vuela más en el sur de la ciudad; un año más treinta; horas para dormir, muchas horas para dormir; un artículo que no quiero reescribir; un niño que quiere una lonchera; un corte de cabello y el riesgo latente de ser asaltado, secuestrado o asesinado por un novato en el crimen, de los que cada día hay más.
Atrás no hay más que una estrella azul que tal vez ya no existe, un universo que nunca conoceré de cerca, una infancia que he luchado por no dejar que termine pero que cada año me cuesta más trabajo soportar, pero ¿es que nadie se cae para arriba?
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