Un cuadro de colores vivos, bastante mexicano. Un cuadro que hace pensar en Renoir o Van Gogh, los colores, la textura y ese estilo inaugural de un siglo. Un cuadro mexicano con tintes universalistas.
La composición es simple: un hombre de edad madura, vestido con pantalones de mezclilla y una camisa de franela blanca, un sombrero de campesino y sudor en la frente. La imagen es inmóvil, denota un transitar probablemente de horas pausado por el instante de la captura por le pintor. El hombre empuja una carretilla, aparentemente pesada aunque es invisible su carga debido a la inclinación de la misma. El hombre no descansa, toma un respiro para poder continuar. No es la calle en donde está detenido, es un puente vehicular. Un auto color blanco, a penas visible porque su descenso lo oculta casi todo detrás del concreto denota dos cosas, el hombre está en la parte más alta del puente y camina en sentido contrario a los autos. Es la tarde, la luz amarilla y las sombras extendidas hacen saber que es la tarde, que el hombre camina también en dirección al sol que baña su rostro sudado y extiende su sombra por varios metros. Las pocas nubes que se aprecian por el gris del cielo citadino también tienen toques amarillos, naranjas y rosas. Las nubes están distantes, cerca del hombre sólo se aprecia el auto blanco y un edificio; parece un hotel de mediano lujo, no uno de prostitutas, uno turístico, lo que hace pensar que ese hombre camina cerca de la orilla de la ciudad. La posición del retrato muestra también una parte de lo que atraviesa el puente: unas vías y a la distancia un tren blanco, quizá el metro. Es México, es Calzada de Tlalpan. El hombre atraviesa con su carretilla una avenida que divide la ciudad en dos. No hay otra forma de atravesar, no hay rutas para personas que empujan su trabajo en una carretilla. Existen cruces peatonales que permiten atravesar caminando, escaleras, puente, escaleras, pero no hay rutas para un hombre que empuja su sustento en una carretilla. El hombre debe cruzar por un puente vehicular y en sentido contrario. Eso es el cuadro: Un hombre ha empujado una carretilla en la que lleva algo, quizá herramientas, quizá algo que vende -al ocultarlo el pintor deja claro que lo que empuja es su sustento. Empuja por un puente en el que circulan vehículos a no baja velocidad y lo hace en sentido contrario, no sólo porque tiene que cruzar -quizá su casa está al otro lado- sino porque así no queda desprotegido ante una probable colisión. En un puente hay dos puntos en los que se es ciego, en las partes más bajas se ignora la parte más baja del lado contrario, a penas hay instantes antes de encontrarse abruptamente con algo que aparece en el otro sentido. Quizá por eso el hombre camina en sentido contrario, se brinda el instante visual previo a un accidente; quizá no por prevención sino por conciencia, por mirar de frente su destino. El hombre camina en sentido contrario pero se ha detenido, no a descansar sino a tomar un respiro. Tal vez su familia lleva recorriendo esa ruta generaciones: su carretilla, su sustento y un camino que se ha visto cercado por las vías infranqueables del transporte urbano más grande de la ciudad. El camino que era recto y conocido se ha visto transformado y adaptado para vehículos y quizá peatones de las cercanías, no para una carretilla que carga algo pesado, la vida de un hombre o quizá de una familia. El camino es para automóviles y el hombre debe caminarlo cada día, empujando su carretilla y en sentido contrario para ver el auto que quizá haga de ese el último andar. No es un jornalero, es un hombre que se sustenta por aquello que lleva en su carretilla, que lleva lo incierto de la venta o del trabajo de cada día. Quizá ese día no ha ganado un peso, quizá lleva más que otros días. Tal vez esa tarde coman carne en casa, tal vez frijoles. Eso no es lo que importa. El camino es largo porque la inclinación que requiere un puente para que los autos no se caigan de él debe ser mucha. La subida para un hombre es larga. La bajada también. El hombre se ha detenido a tomar un respiro y en ese instante proyecta todo el cuadro, la composición que no es más que una metáfora de un despojo. Pobre sería pensar que es el despojo de las tierras, es el despojo de la posibilidad. Lo que era posible se esfuma al aparecer las grandes potencias capitalistas. No es sólo el camino lo que ha sido secuestrado, es también la forma de vida y sus posibilidades, es la dignidad. El hombre toma un respiro que no sabe si será el último, que no tiene lugar, que se toma como un respiro de extranjero y no como el respiro que toma el trabajador camino a casa. Él tiene que caminar por un camino que no le pertenece, que no ha andado más que por obligación y que no está hecho para él sino para el auto blanco que se pierde entre la luz del sol y el asfalto del puente, que ignora el andar ajeno del hombre que caminó milenariamente ese terreno que ya no es más terreno sino artificio. El hombre toma un respiro y el sol que no reconoce tiempos ni historias ilumina su cara. Y su sudor. No el sudor del hombre que trabaja la tierra y se alimenta de ella, el sudor de la indignidad, el sudor del forzamiento a andar caminos que no son de tierra sino de concreto, que calientan más que aquellos donde solía haber árboles. El hombre toma un respiro porque ha subido decenas de metros empujando su carretilla y su contenido por un camino que está hecho para el auto blanco que baja ignorando la historia de la tierra. Toma un respiro porque debe bajar el puente y caminar a casa llevando esta invasión a cuestas. El pintor no dice nada de la vida de ese hombre, ni del antes ni del después. Sólo ese instante donde captura un respiro que no hace sino subrayar el título: Invasión, el concreto que ha invadido la tierra; recuerdos de un despojo, el hombre que recuerda que existió un pueblo que amó la tierra y que habitó en ella; aquí no hay jornaleros, el hombre que no trabaja para otro, que no recibe un salario, que camina su vida cada día para vender lo que vende o para hacer el trabajo que sabe hacer por unos pesos. Indignación debiera llamarse porque eso provoca, pero el hombre no está indignado, suda, mira hacia el frente y camina casi estoicamente rumbo al sol que se pone frente a su rostro. El hombre no se queja, sube el puente y lo baja, diariamente. No está indignado, está orgulloso porque es un hombre que camina y toma un respiro porque inicia el descenso que, si no lo atropella un auto, será un descenso más de un día más en el que se detiene a tomar un respiro con el hotel atrás y el metro abajo. Es un despojo pero el hombre, su andar y su respiro no son más que un recuerdo y esta tarde, cuando miré ese cuadro mi garganta se apretó como nunca.
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