Saturday, January 23, 2010

Diario de campo 5 ¿Qué es un fantasma?

Yo no creía en fantasmas hasta ayer. Estuve en el hospital psiquiátrico de Sainte-Anne, lugar que no sólo está lleno de tradición psiquiátrica sino de un montón de historia. De hecho, todo París está lleno de historia y no sólo por sus monumentos que es lo que los turistas solemos visitar, sino por sus calles, sus edificios y sus instituciones, quizá más que nada por sus instituciones. En México nos emocionan los cincincuenta o los cien años de algo; acá las cosas tienen centenares de años y no sólo siguen en pie sino que huelen a pasado, a historia y -cosa rara- huelen a dolor.

No sé, Europa ha pasado por las peroes atrocidades bélicas del mundo entero, -aunque claro, en medio oriente no se quedan atrás con sus guerras- en el viejo continente las cosas han sido secas, siempre muy secas porque no es una religión lo que hay detrás, es el hombre mismo y su necesidad extraña de nadificación que empapa todo lo que hace.

Ayer estuve en Sainte-Anne y el edificio es el mismo que funcionó durante la inquisición, el mismo que vivió no una sino dos guerras mundiales, el mismo que pisaron los locos de Pinel y los de Lacan, el mismo del que habla Foucault en la historia de la locura, el mismo que aparece en tantos y tantos libros de tantas cosas, quizá todos de historia. Sainte-Anne, un lugar aterrador y no sólo porque su magnitud es más impresionante que la de la torre o el arco, sino porque dentro de ese lugar pesan centenares de años de sucesos, de historias pero principalmente de olvidos inacabados.

Uno no puede menos que sentirse aplastado por la monstruosidad del lugar y no sólo porque uno sabe que ahí dentro está la locura francesa, sino porque ahí dentro y ahí fuera estuvieron muchas otras formas humanas mucho más grandes y feroces que la locura de hoy. Sus muros aún huelen a ocupación alemana, aún apestan a muerte, saben a miedo y a ciencia, a la titubeante carrera de la ciencia que colmó de excesos el siglo XIX; pero principalmente saben a Francia, la Francia que no está hecha para los turistas sino para los habitantes, para los ancianos que viven en cada parisino que arrastra la imposible llegada del olvido, la salud de una herida que tal vez nunca termine de estar encarnada en las entrañas mismas de una nación que lo ha visto todo y no puede dejarlo.

Dentro: silencio. No había personas, como si todos se hubieran puesto de acuerdo para dejarme ahí, con la experiencia, con una decena de libros detrás de cada muro que observé, que toqué, que escuché. No había una sola persona pero todo estaba lleno de almas, de histéricas, de locos, de soldados, de médicos, principalmente de médicos. Y tuve miedo, mucho miedo. Estaba ahí, en silencio, solo y entonces supe lo que es un fantasma: Centenas de años que murmuran, que hablan de una historia que no deja de escribirse en un infinito para el que el presente es sordo y ciego; una historia que reclama su derecho de existencia en una dimensión que rebasa la nuestra -o la de los franceses- y que la abarrota, la empuja hacia su propia finitud, hacia una muerte que no por lenta no llegará. La historia es un fantasma, un murmullo que insiste en el infinito, donde se ha escrito para siempre y desde donde obliga a la escritura de un presente que insiste en no escribirse. La eternidad seca conseguida tras la muerte, el destino de todo y de todos. Un fantasma que aterra porque se resbala de los muros, de los techos, de las puertas, de las calles, los arboles y el pasto mismo y se adhiere al cuerpo como aire que lo palpa todo y roba el presente y no deja sino un pasado incomprensible e invisible; un fantasma que se roba todo lo que toca y vacía de sentido la vida, el hoy... eso es la historia, la muerte que prolonga en el inalcanzable infinito la monstruosidad del hombre. Y eso es Sainte-Anne, el olvido en su verdad absoluta de doble imposibilidad.

Y es quizá por eso que los turistas y los inmigrantes estamos condenados a no conocer París jamás, porque somos ruidosos y ensuciamos; porque no tenemos nada para comprender que París no es una capital turística sino un fantasma que llora todo el tiempo en sus calles, edificios, plazas e instituciones, pero que principalmente grita en cada parisino, en cada francés y ayer, aterradoramente, me gritó.

1 comment:

Anonymous said...

nunca habías salido de tu pinche pueblo eda? jajajaja... ternurita