Tuesday, June 09, 2009

Ofelia

Se había cavado la fosa, la hermosa suicida hacía su último recorrido clandestino por Dinamarca. El cobarde medioloco que dos veces empuñó la espada contra ella yacía escondido cerca de la escena; un craneo le había mosrado la finitud de la inexistencia que insiste y su infancia se había escpado por las cuencas vacías de los ojos de aquel que alguna vez lo llevra en hombros. Los disfraces de dolientes aparecían uno tras otro, todos después de la aja que contenía a la nunca princesa danesa. El fin estaba previsto, ¡cuántas veces antes no se habían montado teatros iguales a este! Y antes de concluír la escena, el dos veces huérfano, el último herido por la cobardía del príncipe, se lanza al agujero conteniendo las dos muertes que arrastra consigo y grita y sufre y se lamenta y hace del dolor una agonía que miente. Ahora el príncipe lo sabe: él es quien la ama; a él es a quien le corresponde ahogarse en esa muerte; ella es suya en la infinitud del vacío que ha dejado para siempre; son sus lágrimas las únicas que deben bañar el féretro. Ya no hay nada que temer, Hamlet ha reencontrado el amor y ahora sabe dónde buscarlo. Se lanza sobre el falso doliente y denuncia: Ni el amor de cuatrocientos hermanos puede compararse con el amor que yo siento por esta mujer. Frase sublime que empuja al final de la obra. El príncipe de Dinamarca no puede ser rey, debe morir para ser hombre, la belleza de su muerta le restituye su lugar de humano, no más un hijo vengativo, no más un Edipo condenado a amar al error. La muerte de Ofelia le ha devuelto a sí mismo. El precio ha sido pagado; no se teme por la muerte: Hamlet es hombre porque ha amado a Ofelia, más que a su madre y a su espectral padre.

Grande sea el autor, grande sea la obra, pero más grande sea la muerte que hace grandes a los hombres.

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