Wednesday, October 08, 2014

Lo que debemos y a quién le debemos...

Cuando yo era niño había muchas marchas y plantones. Lo recuerdo muy bien, el zócalo era constantemente tomado por maestros u otros sindicatos, a veces por que los obligaban, a veces por que era una forma de conseguir aumentos salariales año con año, a veces por verdadera protesta. La que más recuerdo fue la de 1988, el fraude electoral de aquel tiempo y la priísta imposición de Carlos Salinas; esa sí que fue sincera y no pasó nada.

Pues desde que era niño recuerdo masas de gente movilizándose; eran gobiernos, todos, del PRI (me molesta asignarle mayúsculas a una palabra que arde, que quema). Yo era niño y no entendía nada, era costumbre; pero ahora soy mayor y entiendo: hace treinta años la protesta era el desfogue, el paliativo, la manera de desahogar penas o frustraciones y luego volver a casa, con desgaste, con agotamiento, después a trabajar una vez más, ya no en masa, ya en pequeños grupos que a lo mucho reunían a la familia o a unos cuantos compañeros de trabajo: a conformarse, mientras ellos, los priístas, engordaban sus bolsillos con lo que no entregaban al pueblo, mientras generaban fortunas que ahora vemos representar la desigualdad en los pizarrones internacionales de riqueza, en los ranqueos de hombres exclusivos. Nuestros Slims, nuestra Televisa, nuestros banqueros, ellos crecieron, se hicieron poderosos, intocables, millonarios. Otros marcharon y se desgastaron y se volvieron más pobres o perdieron sus sindicatos y sus garantías.

Cuando yo era niño no comprendía nada. Ahora entiendo que nos dejan marchar, porque cuando lo hacemos nos contamos el cuento de que hacemos algo y nos desgastamos y regresamos a casa cansados y ellos arreglan el país sin nosotros, entre ellos; se reparten los bienes nacionales y las tierras y las licitaciones y las construcciones, se reparten los recursos y su explotación y hoy hasta se reparten la gente, los esclavos, los súbditos.

Antes y ahora ellos nos dejan marchar mientras no les incomodemos, mientras no les molestemos, mientras ellos siguen tomando decisiones en semanas y nosotros buscamos respuestas en décadas, por eso nos dejan, porque nunca hemos tenido resultados o los hemos tenido en muy baja proporción. Pero, ¿es de verdad ese el camino? ¿marchar, protestar, gritar consignas que no escuchan, desahogarnos? Si en treinta años no ha resultado, pensamos que va a resultar ahora?

Antes los sindicalizados marchaban por aumentos salariales a los que tenían derecho año con año y se los daban porque así tenía que ser y nunca consiguieron la garantía laboral que requería el país; hoy los jóvenes marchan por lugares en las universidades y les dan los mismos 600 lugares extras que ya están programados para ellos pero que no les darían si no se desgastaran un año en protestas protocolarías que son más un requisito que una manera de actuar. Estamos en el mismo país. Ellos siguen sabiendo como cerrar sus ventanas y no vernos, nosotros seguimos sabiendo cansarnos y recibir migajas que saben a manjar.

¿Es de verdad nuestro destino? ¿Debemos seguir siendo el país que cada dos de octubre marcha por sus muertos pero que no tiene un sólo hombre en la cárcel por ese crimen? ¿Marcharemos cada año, ahora por Atenco, ahora por Ayotzinapa, mañana por otros hijos muertos? ¿Es lo que somos? ¿los que prenden la veladora por el hijo muerto por negligencia en un hospital y que no impiden la práctica irresponsable de un rufián de bata blanca? ¿los que decimos me lo mataron, me lo secuestraron, me la violaron, nos quitaron? ¿Somos eso? ¿los de las guarderías ABC que no tienen encarcelados y sí bebés muertos y padres que año con año marchan? De verdad ¿somos eso? ¿somos su burla? y nuestros muertos ¿son su desprecio, su ignorancia, sus daños colaterales, sus consecuencias? ¿nuestros centanares de muertos son su chiste? y nuestras lágrimas y angustias, ¿son el agua con la que trapean en sus mansiones, con las que desaguan sus inodoros?

Una nación que grita no es una nación que resuelve, es una nación que se cansa y en este país es una nación que se divide, que se polariza. Pero nosotros sabemos más que antes, sabemos nombres, apellidos y hasta direcciones de los responsables de los despojos, de los abusos, de las muertes, nosotros sí sabemos cómo nos ha dañado Televisa o TV Azteca con sus mentiras, con sus complicidades; sabemos que Femsa, Telcel, Bimbo, han provocado nuestra miseria y nuestras diferencias insostenibles. Sabemos nombres y apellidos de diputados y senadores, de los que han regalado el petróleo, las minas, las tierras y hasta el agua; conocemos a los cómplices de cada una de las muertes, desde Tlatelolco hasta Ayotzinapa. Tenemos la información, el dolor y la injusticia, ¿no es hora de hacer algo más? ¿no es hora de acabarlos de una vez y para siempre? ¿no es hora de apagar la televisión y no prenderla más? ¿no es hora de dejar de comprarles cada cosa que nos venden: su pan, sus cervezas, sus canales, todo? ¿no es hora de sabotearlos ya?

Se nutren de nosotros, pero no de todo, de nuestro consumo, quitémosles la fuerza; luego exijamos justicia, en montón, cuidemos las urnas, cada una, en cientos de vigilantes, privemos de la posibilidad de que nos gobiernen; después hagamos juicios, encarcelemos a cada uno de ellos, desde hace cincuenta años, a los que queden vivos y a los que vivan hoy. Cerremos el INE, cerremos gobernación, los aeropuertos, las calles, las delegaciones y los municipios, cerremos las puertas de sus casas, despojémoslos ahora de lo que ellos nos despojaron antes y si nada de esto funciona, entonces sólo tengo dos mensajes México: hijo por hijo y en el techo de palacio nacional caben en fila unos doscientos diputados colgados.

Es todo, corajito...

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