No es que fuera bella, había mujeres más bellas en otros lugares; no es que fuera bella, sin embargo, su rostro iluminaba la oscuridad mas espesa y tenía una sonrisa que cautivaría al espíritu más recio y sus ojos, sus ojos que eran dos osos erguidos a la orilla de una laguna, en un bosque frío, extraordinariamente fuertes, imponentes y hermosos. Ciertamente no es que fuera bella pero su cabello decoraba un rostro sincero y misterioso, con un toque de soledad casi originaria, casi genética, lo que le daba mayor fuerza aún. Tampoco es que tuviera un cuerpo perfecto, de hecho tenía defectos tan notorios y sin embargo sus abrazos eran capaces de envolverlo todo, al universo entero y su piel y su tibieza calentaban los huesos fríos de años atrás, helados de abandono y olvido; sí, su cuerpo no era perfecto pero hacía saber que no habría otro jamás al cual acercarse tanto y con tanta familiaridad. No era la más bella, no tenía el cuerpo perfecto, tampoco era inteligente, no de esas inteligencias geniales y aún así decía las cosas más oportunas en los momentos más precisos; podía describir al mundo tal como era sin equivocaciones, con la claridad de la sabiduría; decía y sus palabras abrazaban, como sus brazos, como sus piernas, como su cuerpo entero; sí, eso era, sus palabras no eran sino abrazos existenciales.
No era bella, ni tenía el cuerpo perfecto, ni era la más inteligente, ella era hermosa y calentaba el espíritu y podía decirlo todo y abrazar con sus palabras, con su sensatez y su voluntad de amor. No era perfecta, era única, absolutamente única y hacia sentir especial, totalmente especial y aquí hay un testigo cercano de la maravilla que hoy ha dejado frío el universo.
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