Te escribo, efectivamente, estoy muy triste, de una tristeza seca, sorda, que oprime y que oprime feo; estoy triste con crueldad, triste con tristeza, pero por primera vez, triste con razón.
Un plato y mi pollo, el que tanto te gusta, el que he cocinado una vez cada semana desde hace un par de años, que creo que ya ni es mi pollo, es el tuyo, el que ya no me gusta comer pero el que amo preparar para que lo comas tú, con esa alegría infantil que ocultas tras esa cara dura e insensible con la que te mueves en la vida. Un plato, precio casi gratuito si tu partida ha sido definitiva.
Un plato y dos puertas, claro, las que cerraste o medio cerraste tras tus distanciantes pasos, dos puertas entre otras que ya antes has dejado cerradas. Plato roto y puertas cerradas y corazón, quizá también roto y quizá también cerrado. Plato, puertas y corazón en una tómbola, ¿de cuál hablar primero? ¿de lo roto? ¿de lo cerrado? ¿de mí? ¿de ti?
Tu espalda y tus tenis, no vi más; no vi tu cabello que tanto disfruto ver mientras caminas, no vi tu delgadez ni el largo de tus piernas; mucho menos vi tu rostro, tus ojos, tu nariz, tu boca o la manera en la que se vislumbran tus dientes mientras hablas; tampoco vi tu color moreno o las marquitas que tienes en la piel ni tus cejas color otoño. No vi tu curiosidad ni tu inquietud ni tu constancia ni tu compromiso con el mundo; no vi el cerdito rosa entre tus dedos ni tu bajista en la mochila ni la fotografía del día siguiente del concierto que ya no está más en tu celular. Vi tu espalda, sólo vi tu espalda y tus tenis y la puerta, detrás de tu fantasmática imagen vi la puerta y unos segundos después granizo, mucho granizo y lluvia y barrí los desechos del pollo que no te comiste y del plato en el que no podremos volver a comer.
Del corazón, ciertamente no está roto, está triste, lastimado y asustado, aterrado de su porvenir, quizá sin más tú. Del corazón, está repleto de amor, lleno, íntegro, pleno, tan lleno que duele que lastima, porque es tuyo, ese amor no le pertenece, ni a él ni a nadie, eres la única dueña y ante eso yo vi tu espalda y tus tenis y no más tu frente llena de cabellitos curiosos que juguetean en lugares impropios ni tus orejas que escapan entre tu pelo ni tus mejillas que te ha dado por morder ni tus manos suaves y quizá no más amigas mías.
Las puertas, quizá lo más doloroso, cerradas hace ya tanto tiempo que el recuerdo de su espacio de apertura está cada vez más difuminado. No por primera vez dijiste que no debía hablar de mis pensamientos y mucho menos de mis sentimientos; no por primera vez expresaste tu negativa a que te hablara como humano, con cualidades humanas y con necesidades humanas. No por primera vez me hiciste saber que como pareja no habría camino si no guardaba silencio, si no ahorraba para mi mis angustias y mis pesares, si no callaba mis preocupaciones y mis temores. No por primera vez me hiciste saber que si quiero estar contigo es a condición de no expresar absolutamente nada porque a ti no te gusta, más bien no lo soportas, no lo toleras. Cuestionarte, te dije ya en varias ocasiones, es imposible o caro, esta vez un plato, dos puertas y tu espalda, el precio barato; un corazón total, eso es lo invaluable porque ha quedado, nuevamente, tocado por el miedo, ese que se siente cuando pareces no ser un componente más del aire que lo nutre, cuando te vislumbras ausente, perdida, ida. Un corazón con miedo, el precio es caro.
Pero no seamos injustos con el corazón ni contigo, dejemos que la justicia hable de todo lo que puede nombrar. El miedo nunca es gratis, nunca cuando el corazón ha sido valiente y se ha entregado sin reservas y a pesar de los difíciles andares existenciales; claro que el miedo no llega gratuitamente, éste se siembra y se cultiva con meticulosidad y malicia, porque lamentablemente en nuestro tiempo y en nuestra clase cualquier corazón puede ser sembrado con miedo y puede ser enfermado por éste.
Claro que queda una vasta cosecha de miedo, de terror, la negatividad de tus palabras y su constancia han acompañado a la dureza de tu rostro y han penetrado hasta adentro, hasta la firme raíz del corazón que se quedó tras tu espalda y tus tenis y las dos puertas que se entrecerraron a tu salida; miedo, mucho miedo y amor, aún todo el amor porque eros no conoce miedo ni marcha atrás.
Pero la justicia puede decir aún más porque la justicia es sabia e inequívoca y ella dice que sólo puede sembrar miedo quien tiene miedo y que sólo puede causar dolor quien tiene semillas de dolor y la justicia sabe que sufres y sabe cuánto. Por eso es que eros no da un paso atrás, porque eros habla con la justicia y si provoca amor, la justicia ayudará a que éste no demerite ni se deponga. El amor no cede ante el dolor ni ante el miedo, pero el corazón, como la tierra, enferma con el miedo y tus ojos y tu boca y tu nariz y tus cejas y tu cabello y tus orejas y tu piel y tus manos y el largo de tus piernas y tu desnudez y tu infantilismo y tus abrazos y tus dientes que se asoman y tu lengua que se agrieta y tus pliegues en la piel y tus conversaciones y tus palabras y esa voz que me derrite, quedaron tapados por tu espalda, tus tenis y las dos puertas que se cerraron detrás de tus pasos distanciantes.
Mi corazón está enfermo, mi alma está enferma, se enfermaron porque han tenido miedo, no un miedo prejuicioso, no el miedo de un niño que reproduce intelectualmente el adulto, un miedo sembrado de miedo por el miedo, no el miedo a tu partida, el miedo de nunca, nunca, nunca ser suficiente, un miedo malicioso al que se le quitan argumentos para que parezca locura, un miedo estudiado y aprendido con pericia desde el inicio, un miedo cargado de un saber excéntrico, saber aprendido en la práctica, en el ejercicio continuo y constante de la ejecución sobre la única víctima que está totalmente disponible: tú misma. Ese miedo que parece morada más que invasor me ha enfermado el corazón y el espíritu y me ha enfermado la sonrisa, pero la justicia sigue hablando con infinita certeza y dice que no hay razón para no erradicar el miedo como morada y hacer del amor un nuevo hogar, el nuestro.
Pero el corazón no es más sólido que el plato con el pollo que ya no te comiste ni es abogado para entender la justicia y hoy tiene miedo, te tiene miedo, le tiene miedo a tu espalda y a tus tenis que se roban y esconden todo lo demás y a las puertas que detrás de ti se cierran, le tiene miedo a que esas puertas te hayan robado para siempre, pero ya no quiere vivir con miedo, así que no puede vivir callado para que no te molestes y rompas un plato y distancies con tus pasos tu imagen y selles tu ausencia con dos puertas que cierras detrás tuyo. Y por eso habló.
Y por eso habló del miedo y de los celos, de los que se sabe estúpido por desconfiar de sí mismo y de lo que sabe obrar en la existencia, por sentirse derrotado ante un personaje cuya expectativa no es espiritual sino económica, por sentirse amenazado ante un traidor a su dignidad y amante ficticio de los ideales que le pertenecen a un pueblo que no comprende pero que utiliza para ensalzar una existencia llena de nada, en la que no puede destacar más que a precio de importar ideales impropios e inútiles fuera de sus orígenes. Pero habló de los celos buscando compañía, no por falta de confianza, por necesidad fraterna de lucha en conjunto, porque ¿sabes? una pareja es resistencia conjunta y es sanación mutua o enfermedad colectiva, eso nos dicen que es y eso hemos hecho esta tarde.
El corazón habló y fue estrellado contra el piso en el plato que sólo se prepara contigo y que no comiste más y el corazón habló cuando dijiste que callara y entonces rompiste el plato y cerraste las puertas y, por alguna razón, sólo vi tus tenis un instante antes que las puertas. Las raíces del miedo están en esta imagen, las tuyas y las mías y te amo y quiero que estés y que llames y que me digas que todo este texto es una mentira.
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