Wednesday, November 10, 2010
Todavía hoy me despierto, volteo hacia todos lados en mi habitación y alcanzo a mirar mis bajos polvorientos a pesar de que me esfuerzo por hacerlos sonar casi a diario; los miro pasar los años junto conmigo, junto con mi cabello que cínicamente expone un par de canitas; los miro al tiempo que observo el envejecimiento de mis manos que cada día me recuerdan más a las de esa imagen de mi padre que conservo de mi lejana infancia; los miro junto con mi piel, mis dientes, mis párpados mi bigote y mi barba que no dejan de gritar "oye, han pasado dieciseis años" y cuando al despertar miro mis instrumentos llenos de polvo aunque trato de hacerlos tirarlo diariamente, no dejo de mirar a esos tres jovencitos soñadores que no tenían límites en el gusto por hacer canciones, que no conocían el temor al experimentar movimientos nuevos en sus propios instrumentos, que hacer espectáculo con dos o tres cosas que encontraban en casa les era suficiente para realizar una producción magistral igual para una cafetería en la colonia roma que para un escenario en la zona rosa. Cuando miro esos polvorientos bajos que no logro mantener limpios, aún recuerdo el ímpetu, las ganas y la sincronía con la que esos tres muchachitos irreverentes querían proponer a un inmaduro país una forma de hacer y escuchar rocanrol y aún me dan ganas, como perro viejo, de salir a la calle y correr con energía y sin rumbo, correr, correr, tomar ese fender jazz bass negro y gritar sin ninguna reserva "¡ay que rica patylú!".
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