Porque hoy descubro que soy un ensayista y nada más que eso: un ensayista. Y ¿qué es un ensayista? Algo que no alcanza a ser un teórico ni un escritor. Un ensayista es alguien que no tiene el rigor de un teórico; el bagaje de éste a penas es esbozado en el otro que conoce mucho pero no aprehende nada. Un ensayista opina y eso es lo que yo hago: opino. Un ensayista opina de forma bonita, adorna ideas con la elegancia de la lengua, finge metáforas, engalana las palabras para hacer de una frase escueta, de una opinión simple, la figura de una experiencia de vida; habla -por ejemplo- de una novela como si ésta contuviera una experiencia universal asequible sólo con el puro contacto místico con ella, como si sólo con saber de su existencia el universo mismo se compactara en una verdad inconsciente sublime que toca a todos por igual. El ensayista se vende como un apreciador del arte y el pensamiento, tan filósofo como el filósofo y tan escritor como el escritor; quizá tan poeta como el poeta. El ensayista escribe bello, hermoso, excitante, pero no como un novelista (uno de verdad quiero decir), éste escribe sublime, lo atraviesa todo, incluso la imaginación. El ensayista no es más que una mujer histérica, gritona, haciendo un escándalo de todo lo que tiene que ver con ella. Por eso el ensayista habla de todo y propone, propone formas de vivirlo todo; no de leerlo o comprenderlo, ni siquiera de interpretarlo, propone vivirlo todo: a Joyce a Nietzsche a Freud a Marx a Borges a Einstein a Newton al presidente a los paises a las personas a todo. Pero el ensayista no escribe su propia novela -jamás; tampoco escribe una teoría ni desarrolla postulados, él más bien lo comenta todo y lo comprende todo. Quiero decir, lo vive todo. Para el ensayista la vida es una experiencia relatable, tan experiencia y tan relatable que se escribe y que se describe siempre de manera tan excelsa que a veces dice más que la experiencia misma. El ensayista no es Goethe ni Pascal, no es Dante o Cervantes ni Heidegger, no es Aristóteles o Parménides ni Foucault, es más bien Deleuze, Guattari es Louis Althouser o cualquier universitario, quizá yo. No escribe Ulises, escribe un prólogo a Ulises o, mejor aún, un comentario a Ulises que aparece en una revista de psicoanálisis que leen los editores y sus amigos. Él, el ensayista, no escribirá jamás una teoría del discurso, una ontología o una ética, más bien escribirá textos en cuyos títulos aparezcan los nombres de Kant, Hegel o Saussure acompañados de palabras como comentario o crítica o retorno a. Otro autor será el eje de su pensamiento que peca de exceso de originalidad en la experiencia. Para el ensayista un texto cambia vidas, no produce textos o, peor aún, refleja hombres, historias, sociedades o universalidades. El ensayista no produce arte, lo vive, lo comprende, lo aprecia, pero jamás lo produce. El ensayista alaba o critica, no crea y si propone, propone con respecto a otros, dice: "lean a éste o a aquél, Yo ya los he leído, son mejores, más grandes". El ensayista no aplasta una novela con una nueva novela, no hace de la escritura un estilo, hace de ella un estilo de vida, de su vida. El ensayista no lee, vive y sabemos que no lee porque cuando escribre comenta, mejor que nadie aunque no mejor que los teóricos a quienes sigue o que los novelistas a quienes no puede emular. El ensayista comenta, es un comentador de todo, un escritor de escritores, quizá un parásito que necesita de la suposición universal de la grandeza de los Unos, de ahí se cuelga y desde ahí se embellece. La pequeña diferencia es que el teórico lucha por responder una duda y el novelista escribe para sí por esa falta en la novela que no deja de causrle escozor. El ensayista escribe y opina para otros, hace más fácil la comprensión de todo texto y no se une a la complicación de los mismos; él explica porque comprende y siempre encuentra manos que le abracen (los ciegos y deficientes) y que le aplaudan (los tontos y los aduladores): los pobres.
Me asusta más un ensayista que un mal novelista o un mal cuentista o un tesista mediocre de una universidad cualquiera. Me asusta porque éste es un timador que se encumbra en la belleza de unas cuantas palabras y se acomoda cerca de los grandes, como sirviente y no como amigo y me asusta porque creo que soy un ensayista, que he sido un ensayista y que me he vuelto muy bueno haciéndolo.
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5 comments:
Güey, sí, qué preocupante: ahora estás escribiendo una especie de sociología tepocuriosa como está ensayada en ¿Qué es un autor? Prefiero el post de abajo.
¿Notaste el lapsus?
Y sí, escribí tepocurioso porque leí ese textito de Deleuze sobre la escritura y es de verdad una mega chupada de caramelo de la cola, me molestó mucho.
Si leyeras el comentario y la explicación de Bartleby te cagabas, explica más bonito que el libro, ni haría falta leerlo. Por eso escribí eso y así, porque sí que hay gente molesta que cree que hay maneras adecuadas...
¿El de causrle? Pensé que estabas hablando como los de South Park: "Quit'n tr'bajo". Leeremos Sendero de Campo
Ji,ji,ji,ji. Hay un tufo muy fuerte de alcohol en mi cuarto después de leer "La literatura y la vida" (teporochas).Qué agravio, un analista para Bartleby. ¡Oh, Bartleby! ¡Oh, Humanidad! Hip-hip, hip-hip, hip-hip.
Bueno mono, por lo menos ya eres bueno para algo!!!
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