Una nación tenía hambre y ganas de libertad. Hace veinte años millares de personas salían a la calle a protestar sabiendo, concientes de que podían no regresar a casa; habían visto a otros morir en días anteriores y aún así salieron a la calle con nada más que sus voces. Y hace dos décadas un gobierno opresor, tiránico intentó amedrentar al pueblo, al periodismo, al entusismo y a la solidaridad y el gobierno mismo tuvo que hacerse hacia atrás. Y hace una veintena de años las ganas de libertad, la fraternidad y la comunión entre ciudadanos rompieron las cadenas del miedo porque cada uno de esos hombres vivió, marchó y luchó no por ellos mismos sino por todos, por cada uno de los que estaban a un lado, atrás, adelante, antes y después. Hace veinte años las personas de un pueblo agotado por un sistema devorador, deficiente, obsoleto, sistema de terror, dejaron de escapar, de correr y de refugiarse en otros paises porque ellos tenían el propio, porque tenían un hogar y era suyo y de ningún sistema político. Hace cuatro lustros millares de personas dijeron "No más" y salieron día tras día a las calles, sin armas, sin más fuerza que el ímpetu, que las gans de poseer su nación y sus vidas y se tomaron de las manos y con ellas enfrentaron cascos, escudos y balas, con nada más que la unión, la cantidad y la confianza en un mejor mañana para sus hijos. Hace veinte años un muro, un régimen y un pensamiento sucumbieron en las manos de un pueblo, de una verdadera nación y eso se llama revolución.
Pero nosotros no sabemos cansarnos, no queremos cansarnos, porque nosotros no amamos a nuestros hijos ni a nuestros hermanos ni a nuestros padres ni a nosotros mismos, porque nosotros no amamos la libertad y no amamos la grandeza, porque nosotros no somos una gran nación y no queremos serlo, porque a nosotros el hambre no nos harta, porque preferimos heredarla a nuestros hijos que morir para que ellos no la vivan, porque aquí al revolucionario lo llamamos villano y porque lamemos la cadena que nos detiene en nuestra caverna, porque linchamos al liberador y encumbramos al opresor, al tirano, al asesino, porque esperamos su favor y no su trabajo, porque no sabemos vivir dueños de nosotros mismos, porque para nosotros dios es un látigo y no una filosofía, porque somos niños con miedo a ser hombres o viejos sin fuerza para levantarnos hacia la esperanza.
Berlín fue testigo de la grandeza de un pueblo y yo soy testigo de la falta de pueblo en la que México está sumido y, otra vez, me averguenzo.
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2 comments:
Uy, los alemanes...
Sí, a mí también me da vergüenza méxico.
Pero es tonto, realmente tonto aquel que no sienta verguenza de México.
Los Alemanes por lo menos vienen de la tierra del chocolate.
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