Él pensaba que todos eran estúpidos, había decidido no hablar más con nadie, después de que ellos decidieron vigilar los textos que él publicaba en un espacio social en internet. Llevaba días aislado, incluso quien antes había sido compañía parecía cada vez más distante. Esa tarde, una antes del último día de clase, la tardanza de la chica de ojos verdes la había colocado a un lado suyo. Él no pudo evitarlo y la miró (como sería siempre después) hacia arriba, con mucha atención. Ella, que llevaba el cabello amarrado a la mitad, se movía inquietamente mientras el docente no hacia sino parlotear sobre los trabajos finales. Él la miró y tocó su mano -por primera vez- y habló de lo notoria de su inquietud. Ella sonrió.
Si una cosa lleva a la otra ésta es la prueba de ello. Esa tarde terminaron en el mismo auto, el de él, camino hacia la casa de ella; uno y otro se dieron sus teléfonos y menos de diez minutos después de la despedida ella mandaba un mensaje para preguntar por su bufanda -ella siempre tira las cosas en la calle, quizá por eso se le cayó lo que él le obsequió uno de esos días. A partir de ahí salieron, quizá como amigos, quizá un poco más. Él es bastante soñador, así que él sueña que las personas son grandes. Ella no. Ella no es un sueño, ni sueña, ella no sabe soñar. Salir: es todo lo que pasó los siguientes meses, ella vacacionó con un hombre que más de una vez se volvió bestia a su lado, mientras él vivió lo que suele vivir: amigos, comida, regalos y falta de dinero, destino fatal cargado en un apellido que no deja de ser el sobrenombre con el que se dirigen a él donde quiera que va. Las siguientes semanas transcurrieron bien, sólo se veía el botón de una hermosa y sólida amistad. Él vio a través de sus ojos -verdes, muy verdes- él vio el futuro y soñó.
Y si una cosa lleva a la otra entonces es por eso que ellos terminaron acostados en el pasto fuera de una de las facultades de la universidad pública a la que asistían. Y por eso -quizá- es que él le dijo que sufría, que el mundo se le venía abajo y es por eso que él creyó haber encontrado un refugio a su lado. Y si una cosa lleva a la otra es, tal vez por eso, que ella le contó de su pasado y de su presente, de sus pasiones y de sus demonios y es por eso que, de alguna manera, terminaron él, ella y el novioesposo de ella enredados aquella noche fuera del departamento donde ella no vive ni vivirá más, discutiendo por un amor del que ella no es capaz. Y quizá es por que una cosa lleva a la otra que el novio y él, el ahora ¿amigo?, quedaron sólos hablando durante cerca de una hora mientras ella hablaba al hombre a quien ella ama y amará, para decirle que no llamara a su secuestrado celular. Y si las cosas van en línea, es por eso que hoy hay un muerto entre ellos.
Después de la angustiosa (¿para quién?) escena, pareció que el tiempo de meditar había llegado a su fin, él estuvo dispuesto a no pensar en el monstruo que había visto noches antes y confiar en que la temblorosa extranjera de ojos verdes que conoció aquella tarde estaría ahí a pesar de todo. Y una cosa lleva a la otra -dicen- y quizá es cierto porque después del regreso de ella, él la acompañó en todo momento y conoció al soñado padre que ella no tiene y conoció a la relajada y apacible chica que hoy no es más que una flor en un cementerio que no existe. Y él pensó que ahí quería descansar y renunció a su hogar -en donde cada día se hundía más y más- y renunció a la paz y a lo seguro y decidió huir de todo lo conocido. Pero él es un soñador. Él es un soñador que sueña sueños que se esfuman al abrir los ojos. Ella no es un sueño.
Nada valió el apoyo, para nada sirvió el esfuerzo, ella decidió mantener un camino -y es que ella ama a alguien, mucho, más que a sí misma. Una noche él volvió de un sueño y la buscó, llegó a su casa, donde él había estado antes, en el mismo sillón, con ella, acariciando su cabello, hablando con su casi padre. Él volvió de un viaje soñado y la llamó por su nombre: Lina M. Pero ella no respondió, estaba muerta. Su cuerpo yacía caliente, muy caliente al lado del hombre al que amaba. Él la vio, corrió a ella, a abrazarla, a pedirle que lo despareciera de sí como había hecho antes, pero ella ya no estaba. Al tiempo otra mujer llego al lugar que Lina M había dejado vacío. Se parecía tanto, tanto, tanto a ella que él corrió pensando que ella estaba ahí, pero no, no más, nunca más. Y gritó, gritó su nombre: Lina M, Lina M, Lina M desesperado porque no creía en su muerte, no quería creer en su muerte, en la muerte de lo que él era lejos de sí, cuando estaba con ella, tan lejos como su nación, tan lejos como su pasado, tan lejos como su ser algo. Él gritó su nombre y la mujer que estaba ahí pidió silencio y, entonces, él gritó más fuerte: Lina M, Lina M, Lina M, pero Lina M estaba muerta, se había matado el día que él había viajado, ni siquiera la vio morir, no estuvo en el último aliento, no tocó su mano mientras moría, cuando él llegó ella estaba muerta y alguien que no era ella ocupaba ahora su lugar.
Y si una cosa lleva a la otra es probablemente por eso que él montó guardia afuera de su casa las siguientes noches, loco, enloquecido por la pérdida de su mejor compañía, suplicando -cada vez- que ella apareciera por la puerta del departamento con esa sonrisa de la primera tarde, con los ojos verdes, ojos de niña soñadora, con el acento de una patria lejana que no hacía falta cuando estaban juntos; esperando su cabello entre sus dedos mientras hablaban en la sala de su casa con ese hombre que nunca fue su padre. Y montó guardia porque nunca le pudo dar algo que tenía para ella, que sin ser suyo ahora lo tiene que cargar porque no es de nadie más.
Y como una cosa lleva a otra, el sueño antes de la muerte y la muerte antes de la espera y la espera como punto final, causaron que él llorara y que llorara mucho y que se secara -una vez más- y que un día viera por última vez la puerta por la que ella no saldría más, por la que había salido tantas veces y una última vez antes de que él viajara a soñar un poco locamente; vio la puerta por última vez y recordó todo, todo, cada día, cada suspiro, cada abrazo, cada que se sintió seguro a su lado, cada vez que dejó de estar sólo en el infierno que llegaba, cada vez que pensó que no estaría solo. Y gritó su nombre una vez más: Lina M, pero ni las lágrimas, ni el grito, ni el dolor podían volverla a la vida. Sólo entonces él dio vuelta y caminó y se alejó arrastrando cada hueso otra vez, una vez más. Era de noche, no había para cuando amanecer, pero él dio vuelta y se alejó sin ella, sin él cuando estaba con ella, sin sueño, sin ese sueño y lloró. Y se fue. Y ella no supo porque ella estaba muerta. Y nadie supo porque nadie sabía que él aguardaba en la puerta de su casa otra invitación, otro abrazo y otro sueño.
Y si una cosa lleva a la otra, eso explica por qué hoy él tiene sólo un computador enfrente y una historia que sólo puede contarse en pasado.
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