Que aquella es una historia de amor. Que él llevaba años amándola como a nadie, más que a sí mismo y a su propia vida. Me gusta pensar que fue un acto de amor el de aquella madrugada. Que ella sabía desde hacía mucho que él no podía, no quería vivir sin ella. A veces pienso que ella llevaba abusando de este amor el mismo tiempo que él llevaba resignando su vida por la de ella; que ella había torturado a su incompleto amante durante días, durante meses, durante los años que él había permitido cada atropello. Me gusta creer que ella había torturado a su ahora viejo amante, que le había amenazado con el abandono y el olvido, que, incluso, le había mostrado cómo podía amar a cualquier hombre que no fuera él. Me gusta pensar que ella le hizo saber una y otra vez una serie de secretos de cama que había gozado al lado de un sinnúmero de historias pasajeras, pero verdaderamente intensas. Quiero creer que ella le permitió tomar su cuerpo y le mostró desagrado cada vez, repulsión en cada oportunidad e indiferencia ante cada suspiro en que él se vaciaba de sí para llenar la imposibilidad de ella.
A veces me gusta pensar que fueron años en los que él vivió en el infierno y ella en un reino de un solo súbdito o esclavo. A veces cierro los ojos y lo veo llorando, desgarrándose el alma ante la sonrisa plácida de ella, ante la mirada de indiferencia de su todo, de su vida. Algunas veces incluso lo veo esperándola afuera de un bar o una fiesta, esperándola por horas cuando ella le llamó para pedirle que la recogiera; y la veo saliendo -cuando llegaba a salir- ebria, cayéndose, medio desnuda y oliendo a cualquier cantidad de hombres y alcohol; y lo veo cuidándola, esperando, en cada vez, que ésta sea la última, que ella abra los ojos y lo ame. Pero ella ha abierto los ojos hace años: él la ama y ella no necesita amarlo para ello, ella lo tiene y a ella él no le falta. Y cuando pienso en esto me lleno de razones para pensar en el final de la historia como un acto de amor y no como un accidente.
Porque a veces me gusta pensar que esa noche no era una noche en particular, ella no lo había insultado ni herido, ella no se había negado, como otras veces, a besarlo; no había hablado de algún amorío o de cómo le gustaba que tal o cual la tratara en la cama. Me gusta pensar que ese día no era un día tortuoso en particular; es más, quiero creer que ni siquiera él lo planeo, prefiero pensar que esa noche ella no tenía nada mejor que hacer que ir con él (no había otro mejor y él cuidaría de ella) a una fiesta, fiesta que no era trascendental, no era impactante ni excepcional. Me gusta pensar que esa noche platicaron de cualquier cosa durante horas y bebieron poco; pienso que él condujo como siempre durante varios minutos mientras veía las piernas que no podría jamás poseer, los pechos que habían sido de tantos tantas veces y tan poco suyos; veía los labios que nunca habían aceptado un beso suyo con todo el olvido de sí que implicaba cada esfuerzo por entrar en el espíritu seco de una mujer como ella. Miraba el verde de unos ojos a medio cerrar y la madurez comenzando a invadir ese hermoso rostro que él amaba desde la eternidad y para siempre. Y ese día, precisamente ese día, vio en la languidez de su amiga-enemiga amada la imposibilidad de un amor que siempre había sido una interminable promesa... y aceleró.
Y aceleró más. Ella estaba dormida o medio dormida, suficientemente ausente -como siempre- para no saber. Y me gusta pensar que él no planeaba lo que pasó, que él sólo escapaba, que aceleraba para poner distancia entre la asfixiante presencia de la belleza y su insatisfactible carencia. Me gusta pensar que él no buscó el trailer, que este estaba ahí y que podía no haber estado. Me gusta creer que ni siquiera quería que éste fuera el final de la historia, que él no sabía si quería matarla o morir él o que nada pasara, que ella lo odiara, quizá; que el coche no derrapara, que fuera de otro color, que no fuera él quien condujera.
Me gusta pensar que, conciente o inconscientemente él se encontró con la oportunidad y que, conciente o inconscientemente, la oportunidad fue tomada por él y quizá por ella hacía ya un par de décadas.
El resto de la historia ya no me gusta pensarla, esa la conozco: ninguno murió, ella sacó la peor parte, no volvió a ser la misma, perdió el resto de su juventud en un instante y él, miserable como siempre, ahora le debe y le deberá; pero él cobró esa noche y ni él, ni ella, ni nadie lo sabrá jamás.
Pero me gusta pensar que no fue una venganza, que él, ese día no lo sabía; que un segundo antes él no lo sabía. Me gusta pensar que él no quería dañarla, que él la amaba y destruirla o destruirse con ella no era más que una posibilidad más en el amor que ni él ni ella habían podido entregar a nadie más.
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